UNA ADVERTENCIA A LOS CURIOSOS - M.R. JAMES

Los Reyes Británicos tienen tradiciones antiguas, largas y misteriosas, llenas de leyendas que cobran vida desde el más allá. M.R. James escribe un fabuloso cuento, de los guardianes místicos de las costas del Anglia Oriental.


El pueblecito costero en el que les pido transportarse es Seaburgh, inglaterra. No es muy distinto hoy de como lo recuerdo cuando era niño: al sur, marismas cortadas por diques; al norte campos que se prolongan en muchos matorrales y árboles nativos. Tiene un largo andén al lado del mar y una calle; detrás, una iglesia de piedra con una sólida torre occidental en la que repican seis campanas. ¡Cómo las recuerdo sonando un domingo de agosto, mientras nuestro grupo subía despacio por el camino blanco y polvoriento que conducía a ellas!


La iglesia se alza en la cima pequeña y empinada. En los días de calor, las campanas sonaban con un golpe seco y apagado, cuando el aire era más suave, los golpes se volvían más blandos. Había una vía de tren y un poco antes de llegar a la estación había un molino de viento blanco. Había casas de campo de ladrillo rojo con tejas de barro. Me acuerdo de ese pueblo pesquero y de un hombre al que le había hecho un favor muy grande.


Desde que él murió no he vuelto por allí. No me gustaría volver a ese pueblo por lo que nos pasó en nuestra última estancia, en un abril de hace muchos años. Éramos casi los únicos clientes que había en el hotel y todos nos conocíamos, menos un joven turista. Era un individuo anémico, nervioso (de pelo y ojos claros), aunque no desagradable.

Cuando tuvo la ocasión, nos saludó:


—Perdonen, ¿es privada esta sala? —no le soltamos un bufido, sino que dije:


—Sí, lo es.


—Entre, por favor.


Tras hacer algunos comentarios y varios tragos de ginebra, el muchacho se mostró confidencial:


—Perdónenme el sobresalto, pero me siento mal. Me pasó algo muy extraño y solo los encuentro a ustedes para contarlo...


Empezó hace más de una semana, en el pueblo de Froston. Visité la iglesia. Me interesa muchísimo la arquitectura y tiene un pórtico precioso con hornacinas y escudos. La fotografié y un viejo que estaba limpiando las lápidas se acercó a preguntarme si quería ver el interior. Le dije que sí; sacó una llave y me abrió. No había mucho que ver, pero me dijo que era una iglesia preciosa y que la mantenía muy cuidada. Me dijo que lo mejor que tiene es el pórtico.


—¡Ah, sí, es una preciosidad de pórtico! ¿sabe qué significa ese escudo de ahí? Ese de tres coronas, sí, ese es el viejo escudo del reino de Anglia Oriental. Son las tres sagradas coronas que fueron enterradas cerca de la costa que los viejos reyes hechizaron para detener a los germanos y vikingos. Una de las santas coronas aún sigue en su lugar, aquí desembarcaron los germanos una y otra vez. Llegaron con sus barcos en la noche y habrían pasado a cuchillo a hombres, mujeres y niños sin darles tiempo a saltar de la cama. Esto que le digo no es ni más ni menos que la verdad. Y si no me cree pregúntele al señor rector. Ahí viene; ande, pregúntele.


Me volví, y allí estaba el rector, un hombre de aspecto simpático y venerable que venía por el sendero.


—¿Qué más, John? Buenos días, señor. ¿Ha visitado ya nuestra pequeña iglesia?


—Nada, nada —dijo el viejo—; sólo le estaba diciendo a este caballero que le preguntase a usted lo de las santas coronas.


—La creencia en las tres santas coronas ha estado siempre presente en esta comarca. Los más viejos dicen que fueron enterradas en diferentes puntos, cerca de la costa, para mantener alejados a los daneses, los francos y los germanos, bárbaros invasores de Europa. Y dicen que una de ellas la desenterraron hace tiempo, otra desapareció a causa del avance del mar, y que la que queda sigue aún cumpliendo su misión de ahuyentar a los invasores. En 1687 una corona, dicen que la de Redwald, rey de Anglia Oriental, de oro macizo y con hermosos engarzados de piedras preciosas, fue desenterrada y fundida antes de que nadie le tomase una fotografía oficial. Después, hubo un palacio sajón que hoy está bajo el mar, ¿verdad? Los nazis lo bombardearon hasta las cenizas. Pues ahí estaba la segunda corona, tengo entendido. Y en estas tierras está la tercera.


—¿Se sabe el lugar?


—Sí, desde luego —dijo—; pero no se dice.


Después de un silencio, pregunté.


—¿Usted conoció a William Ager? ¿Tiene eso algo que ver con las coronas?


—Desde luego —dijo—; ésa es otra historia curiosa. De estos Ager dicen, o decían, que su rama familiar era guardiana de la última corona. Yo conocí a un tal Nathaniel Ager. Este hombre peleó y murió en Francia y su hijo murió en un avión en Londres. William Ager fue el último guardián, nieto de Nathaniel y no dejó herederos, pero desempeñó su deber hasta el último de sus días. De manera que la última de las coronas, si está, carece hoy de guardián.


Más tarde, al pasar por delante del cementerio, me llamó la atención una lápida relativamente nueva con el nombre de William Ager. Como es natural, bajé de la bicicleta y me acerqué a leerla. Ponía:


QEPD, muerto a la edad de 28 años, último en el puesto de guardia, murió al servicio de su real majestad.


—Como comprenderán —dijo—, pregunté a la gente por el señor Ager. Pregunté si este señor había vivido en una casa que había en el Campo Norte, donde murió.


— El señor Ager salía al mar por las noches y un día, murió.


—¿Salía al mar por las noches?


—¡Sí, en ese punto con árboles junto a su casa!


»Y hacia allá me dirigí.


Sabía que si acampaba junto a este punto, la corona que vigilaba estaba en este punto. No se me da mal excavar en esas lomas; la tierra era suelta y arenosa y fácil de cavar. Sabía que había algo oculto. Volví en la noche y, después de muchas aventuras que no les contaré, encontré la corona.





Todos les que escuchamos el relato nos maravillamos e interesamos en su relato. Nadie ha visto nunca una corona anglosajona; o nunca la había visto, al menos. Pero nuestro hombre nos miró con ojos abatidos.


—Sí —dijo—; y lo peor es que no sé cómo dejarla donde estaba.


—¿Dejarla donde estaba? —exclamamos—. Pero mi querido señor, ha hecho uno de los descubrimientos más emocionantes que se han llevado a cabo en este ...


—No sé cómo dejarla donde estaba.


—Perdone si parezco impertinente, pero ¿está totalmente seguro de que la tiene?


—Sí; de eso no hay duda. La tengo aquí en mi habitación, guardada en la maleta. Si quieren pueden venir a verla; no quisiera traerla aquí.


No íbamos a dejar escapar semejante oportunidad. Entramos apresuradamente en su habitación; él nos miró por encima del hombro, encendió la luz y cerró la puerta precavidamente. Entonces abrió su maleta y sacó un envoltorio hecho con pañuelos limpios; lo puso sobre la cama y lo deshizo. Ahora puedo decir que he visto una auténtica corona anglosajona. Era de plata —como siempre se ha dicho que era la de Rendlesham—: tenía engastadas piedras preciosas, la mayoría antiguos camafeos y gemas talladas, de ejecución sencilla, casi tosca.


En realidad era como las que se representan en las monedas y los manuscritos. No vi ningún detalle que hiciera pensar que fuera posterior al siglo IX. Yo estaba fascinado, claro, y quise darle vueltas en mis manos; pero Paxton me lo impidió.


—No la toque —dijo—. Yo lo haré.


Y con un suspiro la cogió y fue girándola para que pudiésemos verla por todos los lados


—¿La han visto bien? —dijo finalmente; y asentimos.


La envolvió, la guardó en su bolsa, y se nos quedó mirando en silencio.



—¿Por qué no averiguamos quién es el dueño del terreno y le informamos...?


—¡Ah, no, ni hablar! —le interrumpió el joven con impaciencia—. Les ruego que me perdonen. Son ustedes muy amables, pero no han comprendido: hay que devolverla. Yo no me atrevo a ir allí de noche y de día es imposible. Aunque quizá no lo entiendan, lo cierto es que desde que la toqué, no me he sentido solo en ningún momento.


Fui a decir alguna estupidez, pero Long me lanzó una mirada, y me callé. Y dijo él:


—Creo que comprendo; pero sería un... alivio... que nos aclarara un poco más la situación.


Entonces Paxton, el joven, miró por encima del hombro, nos hizo seña de que nos acercásemos más, y comenzó a hablar en voz baja:

—Empezó cuando me puse a explorar, interrumpiéndome una y otra vez. Siempre había alguien: un hombre de pie junto a un árbol. Nunca lo tenía delante. Siempre lo veía a la derecha o a la izquierda por el rabillo del ojo. Y cuando me volvía a mirar, desaparecía. Me parecía verlo tumbado, vigilándome mientras dormía y cuando estaba cavando la tumba, empezó a hacerme advertencias. Varias veces encontraba la biblia, en parajes amenazadores, puesta sobre la mesa de noche cuando me despertaba en la mañana.


»El hombre que veo es flaco y endeble; pero no me atrevo a encararle. Cuando cavaba, le sentía muy cerca, como si tuviese a alguien rozándome la espalda sin parar: durante bastante tiempo pensé que era tierra que me caía encima; pero cuando me acerqué a... a la corona, la sensación fue inequívoca. Y al descubrirla, y meter los dedos por dentro del aro y tirar para sacarla, oí una especie de grito detrás de mí. ¡Un grito desolador y horriblemente amenazador!


Y desde ese momento ha sido espantoso. Primero me dediqué a rellenar el túnel y a borrar mis huellas, con él, tratando de estorbarme. Unas veces le veía y otras no, tiene algún poder sobre los ojos de uno. En fin, dejé el lugar no mucho antes de que saliera el sol, y después me dirigí a la estación de tren, de regreso.


Alguien venía conmigo, la gente le miraba. Y el jefe de tren mantuvo abierta la puerta después de subir yo, como si viniese alguien más.


Se hundió en la silla, y creo que se echó a llorar.


No sabíamos qué decir, pero comprendimos que debíamos ayudarle como fuera; así que le dijimos —en realidad parecía que era lo único que podíamos hacer— que si estaba decidido a devolver la corona a su sitio.


Salimos, pues, dispuestos a cumplir esta extraña misión sin pararnos a pensar en lo insólita que era.


—El camino más corto es subiendo la colina y cruzando el cementerio —dijo Paxton, cuando nos detuvimos un momento delante del hotel a mirar a un lado y a otro del paseo. No había nadie; nadie en absoluto.


Echamos a andar cuesta arriba hacia la iglesia, y nos metimos por el cementerio. Cruzamos un portillo o dos, torcimos a la izquierda a continuación, y subimos a la loma que terminaba en ese pequeño cerro.


Al acercarnos, Henry Long tuvo la sensación, y yo también, de que había esperándonos lo que sólo puedo llamar Oscuras Presencias, así como que nos acompañaba una bastante más definida. El nerviosismo de Paxton respiraba como un animal acosado y ni Henry ni yo éramos capaces de mirarle a la cara. No nos habíamos parado a pensar qué haríamos cuando llegásemos al lugar.


Nosotros nos quedamos de pie, sosteniendo el abrigo con el envoltorio de pañuelos debajo, sin parar de mirar a nuestro alrededor, muy asustados debo reconocer. No se veía a nadie: una fila de abetos oscuros formaba el horizonte detrás de nosotros; a la derecha teníamos más árboles y la torre de la iglesia; casas aisladas y un molino de viento a media milla, a la izquierda; el mar en completa calma, enfrente; los ladridos débiles de un perro en una casa sobre un dique reluciente, entre él y nosotros; la luna llena trazando ese camino que todos conocemos sobre el mar; el susurro eterno de los abetos encima de nosotros, y el del mar. Y en medio de toda esta quietud, muy cerca, la aguda, la intensa conciencia de una hostilidad contenida, como un perro sujeto con una correa que en cualquier momento se puede soltar.


Paxton emergió del agujero y tendió la mano.


—Dénmela —susurró—, desenvuelta.


Abrimos los pañuelos, y cogió la corona.


La luna la iluminó justo en el instante en que la tomaba. No llegamos a tocar el metal, y desde entonces he pensado que fue una suerte. Poco después estaba Paxton de nuevo fuera del agujero y cavaba afanoso con unas manos que ya le sangraban. Sin embargo, rechazó toda ayuda. Y una vez que quedó definitivamente satisfecho, emprendimos el regreso.