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UN HORROR TROPICAL - William Hope Hodgson


William Hope Hodgson fue uno de los originales del terror. Escribiendo desde antes de Edgar Allan Poe y desde la perspectiva del marino, ha escrito relatos icónicos para la cultura popular contemporánea como La Casa en el Confín del Mundo y Los Piratas Fantasmas. Este es uno de sus relatos, sobre un monstruo voraz, capaz de destruirlo todo a su paso y engullir a las tinieblas. Por supuesto que esta no es la versión original, es una propia, más adaptada a nuestro español castizo.


Estamos a ciento treinta días de Cartagena y durante tres semanas hemos tenido calma. Es medianoche y hoy me toca guardia en cubierta. A las cuatro de la mañana debo ir a sentarme en la escotilla. Un momento más tarde, Javier viene a charlar conmigo. Siempre permanecemos sentados durante muchas horas, conversando. Aunque, a decir verdad, es él quien habla. Yo me contento con fumar y escucharle, gruñendo para demostrarle mi atención.


Javier lleva un tiempo callado, con la cabeza inclinada, en una honda meditación. De pronto, la levanta; pero veo que su rostro se desencaja en una horrible mueca de espanto. Se echa hacia atrás, con los ojos mirando al vacío. Luego, abre la boca. Emite unos sonidos inarticulados y cae de la escotilla, golpeándose la cabeza contra el suelo de cubierta.


¡Dios mío!

Elevándose por encima de las planchas del barco, claramente, a la luz de la luna, hay una inmensa boca a un brazo de distancia. De sus gruesos labios surgen tentáculos.


Entonces, la Cosa se acerca más al barco. Cada vez aparece más alto, más alto, más horrible. No tiene ojos; sólo boca, encima de un cuello como el tronco de un árbol. Y ese cuello se curva hacia dentro como una enorme anguila. Luego, se pliega y se arruga.


El barco sufre una tremenda sacudida a estribor, por el peso del monstruo. Luego, la masa ancha y aplastada, sin forma, se desliza por encima de la borda y cae en cubierta con un choque sordo. Durante unos segundos, el horrible animal se queda ahí, moviendo sus tentáculos babeantes.


La monstruosa cabeza avanza por cubierta. Cerca del mástil están los depósitos de comida. El olor de la carne atrae al monstruo; la huele, la respira, la saborea, abre los labios y deja ver cuatro espantosos colmillos. Un hombre sale a cubierta, curioso y el monstruo se abalanza.


De la boca de la Cosa surge una saliva blanca y reluciente, cubriendo unos dientes amarillos, peligrosos, tóxicos y malolientes. No logro dejar de oír el ruido glotón de aquella boca destrozando el estómago del marino. Un gorjeo detestable que suena a muerte.


El vigía ha presenciado la tragedia y huye a refugiarse al interior del barco, cerrando la puerta de hierro a sus espaldas. El carpintero y el velero también lo han visto y solo corren, chillando de terror. El segundo contramaestre ha cerrado todas las entradas al barco. Estoy solo.


Mis ojos tropiezan con Javier, que sigue insensible allá donde cayó. No puedo abandonarlo. Muy cerca, en cubierta, una garita de acero me puede salvar. La Cosa no sabe que existo, su cabeza si eso es una cabeza y no un ojo protuberando de su viscoso cuerpo, lleno de pus y saliva, lanza un berrido, el ladrido de un perro que suena a través de capas y capas de dientes en su sucia y amarilla garganta. Su lengua avanza y retrocede, siento su mirada. Viene por mí, se arrastra hacia mí.


Sé que no puedo perder ni un segundo y agarrando al inconsciente Javier, corro hacia la puerta abierta. Está a solo unos metros, aquella horrible forma avanza hacia mí por cubierta, moviendo rápidamente sus anillos, untando una viscosa substancia en el suelo con cada movimiento. Llego a la garita y caigo dentro con mi carga. Luego, pienso en cerrar la puerta. En el mismo instante, los blancos anillos rodean la estructura metálica. De un salto estoy dentro y atranco la puerta. Por el ojo de buey, veo cómo la Cosa rodea la habitación elevada, buscándome, oliéndome, leyendo mis pensamientos.


Javier aún no se mueve. Me arrodillo, le aflojo el cuello del abrigo y le rocío la cara con agua. Oigo gritar a Morgan. Instantes después, un chillido de terror y otra vez el espantoso gorjeo de dientes rompiendo costillas y tripas que caen destrozadas en el suelo. Javier se estremece, se frota los ojos y se pone de pie.


Unos golpes me piden abrir la puerta.


—¡Abran!

Calla de repente y lanza un alarido desesperado, ahogado afónico. Le oigo correr hacia delante. A través del mirador, Morgan huye de la puerta y algo le sigue. Algo blanco en la noche. Y ese algo se enrosca a su pierna derecha. Morgan se detiene, saca su navaja y la hunde ferozmente en el pedazo de materia descompuesta que le agarra. Este le suelta; inmediatamente. Morgan se encarama a lo más alto del mástil.


No veo nada. Hay silencio y está amaneciendo. No se oye nada, salvo respiraciones agitadas de un ser que se ha cansado de respirar, como si el aire de la superficie le hiciera daño, inflamara sus pulmones y le hiciera toser, convulsionar morbosamente en su puesto. El horroroso ser se tumba en cubierta, reposa, descansa del calor. Todos la estamos viendo, la cosa informe es solo un bulto de grasa y carne animado. Todos la observamos padecer, casi merece compasión, si no fuera por la repugnancia que genera ver algo así con vida. No se oye nada, nadie mueve un pelo.


Un disparo de pistola a popa y la serpiente levanta su inmensa cabeza. Es así como puedo ver su parte interior. En la boca hay un par de ojos diminutos, que guiñan con inteligencia diabólica. Balancea la cabeza de lado a lado, lentamente. Me ve, me odia, me detesta y carga contra la puerta y el ojo de buey desde el que la veo. Rompe el cristal.


No sé si estoy respirando.


¡Va a romper la puerta!


Estoy petrificado.


Vuelve a cargar y rompe el marco de la puerta. Me estremezco ¡El horrible ser está entrando por una ventana!


Las cierro todas, quedando en tinieblas.


Javier enciende la lámpara.


Estamos seguros, al parecer. El monstruo ha dejado de cargar la puerta. Es un milagro y puedo dormir.


Me duermo una hora antes de medianoche. Me despierta el gorjeo de los dientes rompiendo por lo que solía ser un humano. Esa mezcla entre alaridos apagados y un animal masticando su presa.


Ya no puedo dormir. Escucho a la criatura buscando cómo entrar en la cabina. Escucho su impaciencia en respiraciones más aceleradas. Escucho al aire pasar pesadamente por entre vías respiratorias inflamadas, desgastadas, piel muerta en vez de esófago.


Suena un tremendo golpe contra la puerta. Mientras estamos sentados me pregunto por los otros ¿Seremos los únicos con vida en este barco?


Al mediodía, oigo una detonación seguida de un mugido ensordecedor. Escucho cómo se astilla la madera y gritos de marineros. Eso fue el sonido de un rifle, no de una pistola. Ahora suena otro disparo. La Cosa ha mugido de nuevo, la respiración se agota, es lenta, forzada, incómoda.


Tenemos otro momento de silencio, de calma. Javier está mal, suda, sus ojos están fuera de órbita. Quiere salir, le digo que no, que estamos a salvo. Le da pánico y grita que va a salir. Corre hacia la puerta, forcejeamos, dejándola entreabierta. Un olor nauseabundo se cuela por la abertura. Tras una breve lucha logro cerrar y lo conduzco otra vez a la mesa. El olor nauseabundo ahora inunda la recámara, infestando todo, enfermándonos.


Deben de ser más de las dos de la madrugada; después de un prolongado sopor, el ruido de una multitud me despierta. Los hombres gritan, maldicen, rezan... Mas a pesar del terror expresado, todos parecen en extremo debilitados. Suena otro grito seguido por el gorjeo del monstruo alimentándose.


Ha pasado otro día y no se escucha nada. De repente, no sé exactamente dónde, parece alguien reír salvajemente. El sonido está lejos, apagado. El horror cesa de pronto. No se oye más que el agudo crujido de la garita, alguien forzándola, luchando sobre ella. Un minuto más tarde oigo un grito, seguido casi al momento por otro agudo crujido que estremece al barco.


Los minutos transcurren con lentitud. Suena otro grito, que cesa de repente. El suspenso es espantoso, insoportable. Tengo que asomarme por la puerta. La visión es horrorosa. Con la cola en cubierta y su vasta masa en el palo mayor, el monstruo se mueve al aire. Ondeando como una vela largas pieles de viscosa masa de color blanquecino, traslucido, de venas moradas a la luz del sol. El sonido es peor: el respirar ronco de un ser que no puede vivir fuera del agua, la agonizante resistencia de una enfermedad pulmonar en estado terminal.

¡Debe pesar cien toneladas! En el extremo del mástil, arrinconado, está un marinero. Su rostro es de locura, desencajado por el miedo. La inmensa lengua surge y lame la vela, ascendiendo cada vez más. El hombre ha entendido su horrible final y se lanza desde la cima del mástil. Es mejor terminar con su cabeza rota en mil pedazos que en el vientre del grotesco animal que lo caza. La bestia relame los desperdicios humanos de la cubierta. Yo he tenido suficiente y cierro la puerta desde donde miro.


La luz de la luna llena se cuela por una de las rendijas de las ventanas cerradas. Se mueve algo. Me asomo y veo algo enorme y blanco que se estremece. Está aquí, con nosotros. Ha entrado mientras dormimos. La lámpara la deja ver tímidamente. La lengua se retuerce una y otra vez, gruesa como un árbol, cubierta de baba, con una zarpa como la de una langosta, pero mil veces mayor. Me acurruco en el rincón más lejano. Me escondo, la bestia me busca. Un golpe de sus mandíbulas rompería el cofre en donde me escondo, pero es seguro Javier está escondido debajo de la litera. La Cosa gira hacia mí. Cae una gota de sudor que resbala por mi cara... Sabe a sal. La terrible muerte se está acercando... La Cosa rompe un recipiente con agua y el suelo se inunda. La zarpa se eleva, luego baja. con un movimiento inseguro pero muy veloz, y golpea fuertemente arrojando una jarra de agua el suelo, a un palmo de mi cabeza. Javier jadea horrorizado.


Abro los ojos. La punta de la inmensa lengua se halla enroscada y algo gotea de ella... Luego, se retira velozmente, dejando que los rayos de la luna entren por la ventana medio abierta. Está junto a mí pero no me ha encontrado. Veo un hacha. Salgo lentamente del cofre y me apodero de ella. Es pequeña... Ubico a mi presa, està descansando, durmiendo en el suelo, el ojo sin pàrpado gira indicando la profundidad de su sueño. Me doy cuenta de cómo ha entrado: ha filtrado parte de su cuerpo por la ventana entreabierta. El resto de su masa corporal cubre las cuatro paredes de la garita. Me acerco al ojo, es un vacío infinito rodeado de una aureola color marrón oscuro. Le oigo respirar.


Golpeo salvajemente una vez y otra, jadeando ruidosamente. Una vez más, y la monstruosa masa se retiuerce. Como una lata de cerveza, las paredes de la garita se arrugan, se contraen. El dolor hace que se cierre el cuerpo de la bestia como un puño. A mi no me importa estar en el interior, golpeo más fuerte, siento que su vida se acaba con la mía.


Después, todo se vuelve oscuro.



 

Extracto del diario de a bordo del barco Hispaniola.


Visto un barco a cuatro puntos de proa, mostrando señales de abandono. Vamos hacia él y enviamos un bote. Se trata del golero Gloria, en ruta de Cartagena a Cádiz. Todo se halla en un estado terrible. Las cubiertas están llenas de sangre y de algo viscoso. El puente destruido. Una puerta rota, y en una garita, hecha ruinas por alguna clase de contracción viperina, un joven de diecinueve años, aproximadamente en estado de inanición y los restos de otro de unos catorce. Hay allí gran cantidad de sangre, y una masa de carne blancuzca. enroscada, que pesará media tonelada, uno de cuyos extremos parece haber sido cortado con un instrumento afilado. El puente de mando está destrozado, y su puerta cuelga de un solo gozne. La puerta, además, está abollada, como si hubiesen intentado forzarla. Entramos. Es terrible. Todo está manchado de sangre, con literas, sillas y otros muebles rotos, aunque no hay hombres ni restos humanos.


24 junio: Pasamos nuevamente a la garita; el joven da muestras de recuperación. Cuando vuelve en sí. dice llamarse Thomás y que han sido atacados por una inmensa serpiente, aunque debe tratarse de una serpiente de mar. Está demasiado débil para hablar. pero logra decir que unos hombres están en el palo mayor. Enviamos allí a un marinero, el cual nos informa de que todos están muertos.


Nos dirigimos al camarote de popa. Allí encontramos el mamparo destrozado y la puerta del camarote arrancada de cuajo. Hallamos el cuerpo del capitán, pero ningún otro oficial. Observamos un pequeño cañón con señales de haber sido recientemente disparado. Regresamos a nuestro barco.


Tras enviar allí al segundo contramaestre y a seis marineros, tenemos a Thomás con nosotros. Ha escrito su versión del espantoso caso, y ciertamente, después de ver el estado del barco, refrendamos completamente su historia.


William Norton (capitán).




FIN



Esta es una ilustración realizada por el fabuloso peruanoestadounidense Boris Vallejo, para la portada de agosto de 1971 de la revista Nightmare.

 

Puedes consultar AQUÍ la versión original






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