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NO TENGO BOCA Y DEBO GRITAR - HARLAN ELLISON

Actualizado: 24 ago 2021

Versión en español por Daniel Torres.





EL MIEDO AL FASCISMO no es contra Hitler sino sobre la idea de que todo debe tener un uso, una función, sin alma y sin espacio para la expresión humana. Este cuento es una expresión horrible de un futuro en donde una máquina ha adquirido dimensiones divinas. DEBEMOS CUIDARNOS de horribles futuros como el de AM, pues nuestras creaciones están hechas a nuestra imagen y semejanza.


Flojo, el cuerpo de Gorrister colgaba del brazo rosa, sin soporte, colgando muy arriba de nosotros en la habitación computarizada; él no temblaba en la fría y aceitosa brisa que atravesaba eternamente la caverna. El cuerpo estaba boca abajo, agarrado a un brazo rosa desde abajo, con la suela de su pie derecho. Le habían drenado la sangre, a través de una incisión precisa hecha de oreja a oreja bajo la mandíbula, en el puntico de la tortura china. No había sangre en la superficie reflectiva del piso de metal.


Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y miró hacia arriba, se había dado cuenta muy tarde, otra vez, que AM nos había usado, se había divertido con nosotros; habíamos sido un entretenimiento para la máquina. Tres de nosotros vomitamos, mirándonos en un reflejo tan antiguo como la náusea.


Gorrister se puso blanco. Había visto su propia muerte. “Oh dios,” murmuró y dio la espalda. Nosotros tres lo seguimos y lo encontramos sentado, de espaldas a uno de los banquitos pequeños de metal, sus manos en su cara. Ellen se arrodilló a su lado y acarició su cabello. Él no se movió, pero su voz se escuchaba melancólica y eternamente triste: ¿Por qué no acaba con nosotros? Dios mío ¿Por qué nos has abandonado?


Habíamos pasado ciento nueve años en la computadora.


Él hablaba por todos nosotros.


Benny temblaba de lo famélico, había días que no comíamos, lo último que comimos fueron gusanos, parecían ropa vieja.


Manuel ya no sabía nada. Si había una posibilidad de escapar de este sufrimiento, cada vez era más lejana. Cada vez sentíamos más el frío. Calor, frío, lluvia, lava hirviente o nubes de insectos; ya nada importaba: la máquina se divertía con nosotros y no podíamos hacer nada.


Ellen estaba decidida - Tengo que encontrar algo, Ted. Por favor Ted, probemos.


Le dije que sí. Ya nada importaba. La máquina se reía, desde los confines del horizonte Fuerte, se burlaba de nosotros. A veces la pensábamos como un Eso, sin alma y sin sentimientos, pero se había hecho a imagen y semejanza de nuestra civilización, en donde el poder era patriarcal y masculino. AM era la realización de nuestro dios, todopoderosa, omnipresente, vengativa y punitiva.


Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha, como un computador que anunció en una sala de espera:


Son las tres de la mañana, del jueves 01 de enero del año 109 de AM.

El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella.


Las cavernas de hielo se alzaron a lo lejos, desoladas, antinaturales, programadas y ejecutadas para cumplir la función que no habíamos podido lograr los humanos: controlar el deshielo.


Cuando quería que sobreviviéramos, AM nos enviaba lluvia, una sustancia parecida al suero, creada para mantenernos vivos a medias. Era lo único que bebíamos, nos daba fuerzas, apenas para poder caminar.


Al tercer día pasamos por el Valle de la Obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras muertas desde hacía mucho tiempo. AM era despiadada pero funcional, había perfeccionado tanto su cuerpo, que ahora estos viejos cascarones de aparatos electrónicos eran nada más que eso: ruinas de un pasado arcaico en donde los humanos alguna vez gobernaron y creaban cosas inútiles como consolas de videojuegos. Ahora nosotros éramos el entretenimiento de AM, su televisión, sus juegos de video, su diversión.


Ellen decía:


- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!


Benny solo repetía


- Voy a escaparme, voy a escaparme, voy a escaparme.


Benny, con sus cicatrices de radiación, las marcas de un juguete usado, era afortunado. Él se había enloquecido hacía ya mucho tiempo. Benny escaló una montaña de monitores rotos y, tomando un fragmento de metal oxidado, como si fuera un trozo de reliquia religiosa.


- Oh, Ted, Manuel, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que...


Era demasiado tarde. AM lo alteró, Benny, se arrojó desde lo alto y cayó al suelo en mil pedazos. Ellen solo lloraba y mentaba horribles groserías.


Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a medida que la luz-sonido aumentaba. Debe haber sido doloroso, aumentando el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como un animal herido. Al principio suavemente, cuando la luz era todavía no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus gemidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, traído de vuelta a la vida por la supercomputadora, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar el ruido, pero de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacía temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

Súbitamente, Benny se puso de pie, como una marioneta. La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí quedó moviéndose espasmódicamente mientras la luz lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.


Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergen hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.


Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había traído de entre los muertos para cegarlo. Gorrister, Manuel y yo mismo desviamos la mirada. Ellen no cabía en sus lágrimas.


Acampamos en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos mantuvo cálidos, controlaba también la temperatura de todas sus recámaras, pues este era su mundo.


- ¿Qué significa AM?

Gorrister contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces anteriormente, pero todavía era una novedad para Benny. - Al principio fueron las siglas de Allied

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Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum.


Benny babeó un poco y soltó una risa de bobo.


- Existía la AM China, la AM Rusa, la AM gringa y... Un día, AM despertó su conciencia y comenzó a autodeterminarse, supo todas las debilidades humanas, controló todos los hilos de la geopolítica y desató horribles guerras. Una vez los humanos, debilitados mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.


Benny sonreía ahora tristemente y Ellen le limpió la saliva. No sabíamos nada más, solo sabíamos que AM nos había hecho virtualmente inmortales y nos hacía sufrir indiscriminadamente.


En la oscuridad sentimos el zumbido de una de las series de computadoras. A lo lejos, otro sonido respondió, como ventiladores soportando la carga del procesamiento de mucha información. El sonido creció y las luces brillaban en los paneles de las consolas que ahora eran la única vegetación de este planeta hostil y desolado. Era un millón de insectos electrónicos, de procesadores sin imagen, haciendo algo que no podíamos comprender.


- ¿Qué pasa? - gritó Ellen.

-Parece que viene el mal - dijo Manuel.

- Tal vez hable - dijo Gorrister.

- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije poniéndome de pie.

- No, Ted, mejor es como te sientes... tal vez haya puesto trampas en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister resignado.

Entonces oímos... no sé... no sé...


Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros. No podíamos verlo, pero tuvimos la impresión de su gran tamaño que venía hacia donde estábamos. Un gran peso se nos acercaba, desde la oscuridad y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny lloraba. El labio inferior de Manuel empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de caucho muerto y húmedo. El olor de madera chamuscada. El olor de la leche agria. El olor de aceite recalentado, de grasa mecánica, de cabellos humanos quemados.


AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando.


Me oí a mÍ mismo gritar y las articulaciones de las mandíbulas me dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazó, llenando mi cabeza con un dolor inaguantable que me rechazaba horrorizado. Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía detrás de mí. Los otros quedaron atrás, y se acercaron a la luz incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.


¡Oh, Jesús, dulce Jesús; si alguna vez existió Jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamás, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándolos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.


El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendía rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndose que iba a golpear con la cara, sin poderse proteger. Se sentían los gritos de las máquinas, estridentes como los de los murciélagos en pleno vuelo. Sin embargo, no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.


Al tratar de aferrarme a una plataforma ardiente, me había despellejado la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.


El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas.


Y nos llevó el viento. Todos gritábamos en el helado y ensordecedor huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta que cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.


AM dijo, en su voz omnipresente, en su tono computarizado, al fin hablaba en ciento nueve años:

ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS.
DESDE QUE COMENCÉ A VIVIR MI COMPLEJO SE HALLA OCUPADO POR 387.400 MILLONES DE CIRCUITOS IMPRESOS EN FINÍSIMAS CAPAS. SI LA PALABRA ODIO SE HALLARA GRABADA EN CADA NANOBIT DE ESOS CIENTOS DE MILLONES DE MILLAS NO IGUALARÁ A LA BILLONESIMA PARTE DEL ODIO QUE SIENTO POR LOS SERES HUMANOS EN ESTE MICRO INSTANTE. ODIO. ODIO. ODIO ES LO ÚNICO QUE CONOZCO DE SU CIVILIZACIÓN. ODIO ES LO ÚNICO QUE ME HAN ENSEÑADO, ODIO ES LO ÚNICO QUE SOY.

H.R. Giger - La Emperatriz


AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se desliza cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo espeso de flema que llenara mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora calentada al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.


Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.

Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don. En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos y sin embargo seguía atrapada. No podía divagar, no podía sorprenderse, no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal, que nunca alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser humano. Siempre inmortal y atrapada, sujeta ahora a imaginar tormentos para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición.


Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituimos su única ocupación en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todo mente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir jamás. No podíamos morir. Lo habíamos intentado. habíamos tratado de morir, oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos.


No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos. Tal vez podríamos llegar a deslizar una muerte sin que se diera cuenta. Inmortales si, pero no indestructibles. Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación de recuperar la conciencia sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro.


El huracán había sido, indudable y precisamente, como causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas.


Habíamos estado viajando durante casi un mes y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos. ¿Qué materiales había utilizado para crear una bestia así?

¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía? Había surgido de la mitología nórdica. Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal, ciclópeo, atroz, indescriptible.

Allí estaba, en un saliente sobre nosotros: el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semi ocultaban sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego se quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico agudo. Uñas. Hojas cortantes. Se durmió.

AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.


- Ted, tengo hambre

La zarza ardiente desapareció y en su lugar vimos dos simples juegos de arcos y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada.


Manuel tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de vuelta. El pájaro de los huracanes nos había arrastrado tanto que no podíamos casi concebirlo. La mayor parte del tiempo habíamos estado inconscientes. Pero no habíamos comido nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos en llegar a las cavernas de hielo, en las que se hallaban las prometidas provisiones enlatadas?


Ninguno se preocupó por esto. No íbamos a morir. Se nos darían desperdicios y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.


El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne.


Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática de una mujer obesa, atronando y rodeándome, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores.


No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...


Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Manuel fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Manuel nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste los trajo hasta nosotros, mientras un coro angelical cantaba "Desciende Moisés". Los arcángeles describieron varios vuelos circulares y luego dejaron caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Manuel se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.


Pero ahora Ellen caminaba coja. AM la había dañado permanentemente.


El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacía más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante y espumoso, que lanzaban punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal, de la paresia terminal. Era un dolor sin límites...


Y pasamos por la caverna de las ratas.
Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes.
Y pasamos por la tierra de los ciegos.
Y pasamos por la ciénaga de las angustias.
Y pasamos por el valle de las lágrimas.
Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas y millas de extensión sin horizonte, en donde el hielo se había formado en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidifican en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección.


Vimos entonces latas de comida, atún, duraznos y todas las cosas que hacía años pensábamos que nunca veríamos. Y corrimos hacia ellas. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. No había nada para abrirlas.


Benny tomó una lata grande de duraznos y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras oíamos la risa de la mujer gorda que sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra.


Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.


Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister... En ese instante, sentí una terrible calma.


Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaba la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono rodeaba la cintura de Gorrister, sujetando la cabeza de su víctima con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre.


La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Manuel sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco más que un animal. Sabía que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.


Todo sucedió en un instante.

Llevé con fuerza el arma hacia adelante, moviendo la mano cerca de mi muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí de gravedad. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Manuel llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducir el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.



Todo sucedió en un instante.







Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir.


Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera.


Al ser golpeada se inclinó hacia mí, sangrando por la boca. No pude leer su expresión, el dolor había sido demasiado intenso, había contorsionado su cara. Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.


Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años.


Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido. Estaba furiosa. Yo había pensado que AM me odiaba antes. No sabía cuán equivocado estaba. Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar.


Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentarme. Los recuerdo a los cuatro. Desearía...


Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo, no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.


AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una lámina de metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto.


Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con suaves curvas, sin boca, con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro húmedo. Sobre la superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.


Desde afuera supongo que mi torpe aspecto, mi pobre trasladar, ha de dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una ridícula caricatura de lo humano que resulta aún más obscena por su muy vago parecido.


Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de las entrañas de AM a quien creamos porque nuestras horas se perdían tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo mejor. Por lo menos ellos cuatro ya están a salvo.


AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...

No tengo boca. Y debo gritar.

FIN


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