NAVES ESTELARES - IVAN EFREMOV

Este relato adapta la idea de la noveleta de Naves de Estrellas de Ivan Efremov. Esperemos que, como a nosotros, les haga soñar en dinosaurios, en mundos extraterrestres y en la singular forma en la que piensa y actúa la ciencia.

— ¡Doctor Satrov! Bienvenido. Muchas personas preguntan por usted.

— No me molesten, he llegado hoy pero estoy para nadie.

Un hombre en bata blanca, con una brillante medalla roja bordada en el pecho, con las veinte estrellas del mundo unido bajo un estado socialista universal, al que todos saludaban y decían Doctor, desfiló por los pasillos del laboratorio. El recién llegado entro en la polvorosa y mal iluminada oficina, dejó una pesada caja de mensajería en el suelo, se quitó un viejo impermeable militar, se secó la cara con un pañuelo y peinó sus finos y claros cabellos, debilitados en la cima de su cráneo. Tomó asiento en una butaca, encendió un cigarrillo y disfrutó un momento a solas, en silencio, mirando las estelas del humo danzando y formando figuras en el aire, nebulosas, estrellas y otras formaciones de luz y materia indeterminada.

— ¿Será posible? —pensó, en voz alta y se levantó de su asiento.

La pesada caja de cartón amarillo llevaba pegada una tira de papel amarillo cubierta de ideogramas chinos. Muchos circulitos de sellos postales cubrían el exterior del paquete.

El hombre acarició el cartón con sus largos y pálidos dedos

El profesor Satrov abrió la caja, levantando una polvareda amarillenta. Después, extrajo un cuaderno mohoso y gris. Moviendo las páginas con mucho cuidado, empezó a examinar con una lupa largas series de cifras, haciendo a veces ciertos cálculos sobre un grueso bloc amarillo.

Un cenicero que había sobre su escritorio, en forma de brontosaurio, se llenó de colillas de cigarrillo y de fósforos quemados. Este, adornaba la oficina junto a un letrero de letras doradas: DOCTOR A. SATROV, PALEONTÓLOGO.

Después de fruncir el ceño durante un par de horas, de recalcular datos y quemar media caja de tabaco, el científico apartó el cuaderno.

—Sí. Setenta millones de años.

Con un gesto brusco, Satrov chasqueó los dedos y miró a su alrededor y dijo, de nuevo y en voz alta:

—Setenta millones...

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El observatorio había sido reconstruido hacía poco, tras la bárbara destrucción de los nuevos nazis en estas tierras.

Durante dos días, Satrov observó todo cuanto le rodeaba, tomó contacto con los instrumentos, los catálogos de las estrellas y los mapas celestes. Al tercer día, los científicos de la base le prestaron uno de los telescopios más potentes, para darle mayor uso a una noche sin luna.

La sala del telescopio era el taller de una gran fábrica, con construcciones metálicas de alta complejidad. En la gran torre circular destacaban algunos paneles con aparatos eléctricos. Un ayudante maniobró con rapidez y habilidad diversos interruptores y botones. Se escuchó un ruido sordo de los motores eléctricos, la torre giró sobre sí misma y el gran telescopio, semejante a un cañón con el tubo tapado, se abatió sobre el horizonte. El rumor de los motores cesó, seguido de un ligero silbido. El movimiento del telescopio se hizo casi imperceptible.

—Este instrumento permite la observación simultánea a dos personas —explicó Belskij, astrónomo líder del observatorio—. Los dos veremos la misma imagen.

Ante Satrov, sobre un fondo intenso, brillaron dos puntos azules y luminosos con visos más puros que el diamante. Junto a estas estrellas, de seguro existían mundos lejanos, agotando su tiempo de vida a cada latido del corazón.

—Este es el centro de la galaxia.

Los motores volvieron a funcionar. En los lentes binoculares apareció un enjambre de luces veloces. Belskij aminoró la marcha del telescopio y la enorme máquina ronroneó. Ante los ojos de Satrov desfiló la Vía Láctea, acercándose, adentrándose en las constelaciones de Sagitario y de Escorpión.

—El verdadero centro de la galaxia es invisible para nosotros. No se ha logrado fotografiar ni con rayos infrarrojos el indistinto y vago contorno de este núcleo. A la derecha, esta mancha negra de enormes dimensiones es la masa de materia oscura que cubre el centro de la galaxia. En torno suyo giran todas las estrellas a una velocidad de doscientos cincuenta mil kilómetros por segundo. Si no existiera esa cortina oscura, aquí, la Vía Láctea sería muchísimo más luminosa y por la noche nuestro cielo no parecería negro, sino de color ceniza... Sigamos adelante...

Satrov contemplaba una gran nebulosa: una espira de humo luminosa, surcada con profundos vacíos negros, cerrándose, embestida por un torbellino. En lo alto y a la derecha, copos lúcidos y amarillos danzaban en los infinitos espacios interestelares. – Allí está, ésta es la dirección – Dijo el doctor, apuntando a un punto en el espacio y dictando, número a número, la posición específica en donde debían enfocar el telescopio.

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Horas atrás, en su oficina, Satrov se puso unos auriculares, una suave voz documental empezó a comentar información de un casete oficial del Gobierno.

—El Sikang. Es un nudo montañoso en la extremidad oriental del arco del Himalaya, llegando a los montes de Szechuan...

Satrov abrió un objeto envuelto en algunas hojas de papel fino. Tras librarlo de su envoltura, observó un trozo de hueso fosilizado. Lo que alguna vez fue la vida estructural del cuerpo de un dinosaurio.

—Lo que usted tiene en sus manos en este momento es un fragmento del occipital de un gran dinosaurio.

Satrov examinó otra vez el fósil y de pronto lanzó una sorda exclamación. Colocando el resto sobre la mesa, acercó un microscopio que tenía dispuesto cerca, sacó los brazos del trípode y fijó el tubo. Los ojos del profesor se apoyaron sobre el doble ocular, mientras sus grandes manos ajustaban bajo la lente el hueso de dinosaurio. PIEZA UNO.

—El cráneo de este espécimen se encuentra atravesado de parte a parte en el punto más grueso del hueso. El agujero es tan estrecho que no puede haber sido producido por el cuerno o el diente de un animal. Si se tratase de una enfermedad, necrosis o caries óseas, se deberían hallar en los márgenes trazas de las mutaciones patológicas. No, este agujero ha sido producido por causas externas y cuando el animal aún estaba con vida... No hay duda. Ambas paredes han sido atravesadas por una bala. El enigma se complica: el agujero no es redondo, es una estrecha fisura oval, con los bordes limpios. Tan limpios que, durante el proceso de fosilización se ha llenado de materia porosa.

Satrov guardó el material anterior, puso pausa en el reproductor y colocó otro hueso plano y con los bordes quebrados en el microscopio, que tenía como marca PIEZA DOS.

—La pieza número dos es un fragmento de la pata izquierda de otro dinosaurio. Este es un ejemplar más viejo y mayor...

Satrov aumentó los lentes del microscopio en otra pequeña fisura oval, que también presentaba el segundo fósil.

-- Cuarenta millas al sur de En-ta, en la cuenca de los afluentes del Mekong, se encuentra el hundimiento montañoso recubierto por una capa de lava terciaria. En el punto donde el lecho del río ha erosionado la capa de lava, ésta presenta un espesor máximo de unos diez metros. Debajo, se encuentran areniscas porosas, que contienen numerosos restos de dinosaurios, entre los cuales algunos presentan estas curiosas lesiones.

No todas las lesiones son del mismo tipo. A veces parece como si el hueso hubiese sido cortado con un inmenso cuchillo, sin duda mientras el animal estaba aún con vida, o bien en el momento mismo de su muerte. En el expediente se encuentran más de treinta fósiles con estas lesiones.

Los dinosaurios vivieron en el período Cretáceo, digamos hace setenta millones de años. Todos los datos a nuestra disposición afirman, sin sombra de duda, que la aparición del hombre sobre la Tierra, sucedió hace sesenta y nueve millones de años. La aparición del hombre no pudo suceder antes, mucho menos la de un hombre capaz de construir instrumentos técnicos como cuchillos y mucho menos armas de fuego. La única conclusión posible es que los verdaderos causantes de estas heridas no eran seres humanos, posiblemente sean seres NO TERRESTRES.

Satrov sacó un cráneo de una caja que venía dentro del mismo paquete de mensajería. Era de un ser desconocido: de extraño color violeta oscuro, recubierto de huecos y profundas grietas. La sólida caja ósea, habitáculo del cerebro, era muy semejante a la del hombre, así como las enormes ojeras salientes desde el estrecho puente óseo de la raíz nasal. Enteramente humanas eran también la nuca, redonda y rígida, y la breve, casi perpendicular, parte facial, coronada por la enorme frente inclinada hacia delante. Pero en lugar de los huesos nasales, el cráneo presentaba una base triangular, de la que surgía la mandíbula superior en forma de pico.

De debajo del cráneo, el científico extrajo la mandíbula inferior. Esta correspondía con la superior, con solo unos cuantos dientes serrados. De esta mandíbula se articulaban unas extremidades, como tentáculos con osamenta, sobre amplias apófisis replegadas en grandes orificios redondos situados a los lados, bajo las sienes.

Satrov resumió la reproducción de la cinta:

—La estructura de las mandíbulas, de la nariz, del aparato auditivo es bastante primitiva. Estos huecos, toda la osamenta, demuestran que la piel debía adherirse directamente sobre el hueso, sin el estrato subcutáneo de los músculos. Una piel de tal clase difícilmente podría tener pelos. Y los huesos aislados..., naturalmente, hay que estudiarlos. La mandíbula está formada por dos huesos, pero goza de unas extremidades similares que, con el análisis fisonómico, hemos podido establecer que eran tentáculos similares a los de un pulpo, pero que presentan un hueco poroso.

Satrov levantó una hoja del expediente a la luz, porque la tinta estaba muy delgada y no se podía leer bien. Pero decía lo que el científico creyó leer a primera vista: Silicio. La composición de los huesos era de silicio, con propiedades químicas análogas a las del carbono, la de nuestros huesos.

Satrov vio dos pequeños fragmentos metálicos y un disco redondo de casi doce centímetros de diámetro en la caja. Los fragmentos metálicos tenían caras de iguales dimensiones; parecían pequeños heptaedros.

La voz de la cinta seguía hablando —Afnio, este curioso y raro metal fue encontrado en inmediaciones al yacimiento del cráneo. El Afnio es semejante por sus propiedades físicas al cobre, pero más pesado e incomparablemente más refractario. Sólo tiene una propiedad interesante: la de emitir electrones a alta temperatura. Es decir, se calienta.

Satrov tomó el disco metálico, también muy pesado. El borde estaba redondeado y presentaba once profundas hendiduras, a igual distancia. Bajo un estrato transparente como el cristal se adivinaba un círculo de metal puro, blanco plateado, corroído en un punto que aparecía cubierto de una pátina gris. El diámetro del círculo no superaba los seis centímetros. A su alrededor habían numerosas estrellitas grabadas con diverso número de puntas: desde dos hasta once. Las estrellitas estaban dispuestas sin orden aparente, aunque quedaban comprendidas dentro de dos líneas en espiral dibujadas una en la otra.

—El disco está hecho de tantalio, un metal duro, extraordinariamente estable —explicó la voz en los auriculares— La película transparente es de un compuesto desconocido. El simple análisis cualitativo no ha dado resultados y aún no se ha conseguido efectuar una investigación más completa. Pero el metal que hay bajo la película es Indio, un metal extraordinario.

Este metal, que también se emplea en nuestras gloriosas armas de defensa nuclear, es el mejor indicador de la presencia de radiaciones neutrónicas.

Satrov cerró la vacía caja de mensajería. El viejo científico se revolcó la cabellera, vació el cenicero en forma de brontosaurio, prendió otro cigarrillo y se dispuso a trabajar en el disco. Lo pulió con una mezcla de betún y otros componentes químicos. Después, lo puso sobre el microscopio, tomando nota paciente de cada uno de los puntos, redibujando el mapa del cosmos revelado en este trozo de tantalio.

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Unas horas más tarde, en el observatorio, las estrellas siguieron aumentando en la dirección indicada por Satrov. Los científicos del observatorio se habían reunido en la sala. Uno de ellos había conseguido lograr una reproducción en grandes pantallas de cine ubicadas en la zona común de la fábrica.

Pronto, todos se amontonaron para mirar. Las pantallas reflejaban un planeta púrpura, muy similar en geografía al planeta tierra, pero con un agua rosa. Pero lo que más les fascinaba era que, en la oscuridad del cosmos, este negro punto en el horizonte ocultara lo más próximo a vida inteligente: luces nocturnas plagaban el cielo de la superficie y, rodeándolo, una estación espacial.

Nunca estuvimos solos.