LOS PERROS DE TÍNDALOS- FRANK BELKNAP LONG

Esta es una versión más corta de Grimoria. En este relato se explora la posibilidad de viajar a otras dimensiones a través de los psicotrópicos, muy populares en nuestro tiempo. LOS PERROS DE TÍNDALOS hace parte de una de las historias que se alían al universo de Lovecraft. A esta versión también le faltan esas explicaciones un tanto largas y se han agregado detalles que la situarían en este tiempo, 2021.


—Me alegra que hayas venido —dijo Chalmers. Estaba sentado junto a la ventana, muy pálido. Junto a uno de sus brazos ardían dos velas casi derretidas que proyectaban una enfermiza luz ambarina sobre su nariz larga y su breve mentón. En el apartamento de Chalmers no había absolutamente nada moderno. Su propietario tenía el alma medieval y prefería los manuscritos iluminados a los automóviles, y las gárgolas de piedra a los aparatos de radio y a las máquinas de calcular.


Retiró, en mi obsequio, los libros y papeles que se amontonaban en un diván y, al atravesar la estancia para sentarme me sorprendió ver en su mesa las fórmulas matemáticas de un célebre físico contemporáneo junto con unas extrañas figuras geométricas que Chalmers había trazado en unos finos papeles amarillos.


—Me sorprende esta coexistencia de Einstein con John Dee —dije al apartar la mirada de las ecuaciones matemáticas y descubrir los extraños volúmenes que constituían la pequeña biblioteca de mi amigo. En las estanterías de ébano convivían Plotino y Emmanuel Mascópoulos, Santo Tomás de Aquino y Frenicle de Bessy. Las butacas, la mesa, el escritorio estaban cubiertos de libros y folletos sobre brujería medieval y magia negra, así como de textos sobre todas las cosas hermosas y audaces que rechaza nuestro mundo moderno.


Chalmers me ofreció, sonriendo, un cigarrillo ruso y dijo: —Estamos llegando ahora a la conclusión que los antiguos alquimistas y brujos tenían razón en un setenta y cinco por ciento, y los biólogos y los materialistas modernos están equivocados en un noventa por ciento.


—Usted siempre se ha tomado un poco a broma la ciencia de hoy —repuse, con un leve gesto de impaciencia. —No —contestó—. Sólo me he burlado de su dogmatismo. Siempre he sido un rebelde, un campeón de la originalidad y de las causas perdidas. No te extrañe, pues, que haya decidido repudiar las conclusiones de los biólogos contemporáneos.


—¿Y qué me dice usted de Einstein? —pregunté. —¡Un sacerdote de las matemáticas trascendentes! —murmuró con respeto—. Un profundo místico, un explorador de reinos inmensos cuya misma existencia sólo ahora se empieza a sospechar. —Entonces no desprecia usted la ciencia por completo.


—¡Claro que no! Lo que no me inspira confianza es el positivismo de estos últimos cincuenta años, ni tampoco las ideas de Haeckel ni de Darwin ni de Bertrand Russell. Creo que la biología ha fracasado lamentablemente cuando ha intentado explicar el origen y el destino del hombre. Deles usted un margen de tiempo.


Los ojos de Chalmers despidieron chispas:


—Amigo mío —murmuró—, estoy persuadido de que las drogas consiguen aumentar el alcance de la conciencia humana. William James está de acuerdo sobre este particular. Además, he descubierto una nueva.


—¿Una nueva droga?


—Fue utilizada hace siglos por los alquimistas chinos, pero apenas se conoce en Occidente. Posee ciertas propiedades ocultas verdaderamente asombrosas. Gracias a esta droga y a mis conocimientos matemáticos, creo que puedo remontar el curso del tiempo.


—No comprendo qué quiere usted decir.


—El tiempo no es más que nuestra percepción imperfecta de una nueva dimensión espacial. El tiempo y el movimiento son otras tantas ilusiones. Todo lo que ha existido desde el origen del universo existe ahora también. Lo que sucedió hace milenios sigue sucediendo en otra dimensión del espacio. Lo que sucederá dentro de milenios sucede ya. Si no lo podemos percibir es porque tampoco podemos penetrar en la dimensión espacial donde sucede. Los seres humanos, tal como los conocemos, no son sino partes infinitesimales de un todo inmenso. Cada uno de nosotros está unido a toda la vida que le ha precedido en nuestro planeta. Todos nuestros antepasados forman parte de nosotros. De ellos sólo nos separa el tiempo, y el tiempo es una ilusión.


—Creo que empiezo a comprender


—Basta con que tengas una vaga idea del asunto para poderme ayudar. Lo que pretendo es arrancar de mis ojos el velo de la ilusión que los cubre y ver el principio y el fin.


—¿Y usted cree que esta nueva droga le serviría de algo?


—Estoy convencido de ello. Y pretendo que me ayudes. Quiero tomarla inmediatamente. No puedo esperar. Tengo que ver...


Sus ojos lanzaron extraños destellos


— Voy a viajar en el tiempo. Voy a retroceder en el tiempo.


Chalmers se levantó y tomó de encima de la chimenea un cofre cuadrado.


—Aquí tengo cinco gránulos de la droga Liao. Fue utilizada por el filósofo chino Lao-Tse y, bajo su influencia logró contemplar el Tao. Tao es la fuerza más misteriosa del mundo. Rodea y penetra todas las cosas y contiene en sí la totalidad del universo visible y todo lo que denominamos realidad. El que logre contemplar el misterio del Tao sabrá todo lo que fue y todo lo que será.


—Fantasías


—Tao es como un enorme animal reclinado e inmóvil que contiene en sí todos los mundos, el pasado, el presente, el porvenir. A través de una hendidura que llamamos tiempo percibimos sectores de ese monstruo terrible. Mediante esta droga voy a ensanchar la hendidura. Contemplaré así el rostro mismo de la vida; veré la bestia entera, inmensa y agazapada.


—¿Y cuál será mi misión?


—Escuchar, amigo mío. Escuchar y anotar lo que escuche. Y si me alejo demasiado hacia el pasado, me tendrás que sacudir violentamente para traerme de nuevo a la realidad. Si vieras que estoy sufriendo dolores físicos intensos, me debes hacer regresar al instante.


—Chalmers, este experimento no me gusta nada. Es muy peligroso. No creo en la cuarta dimensión y mucho menos en el Tao. Tampoco apruebo el uso de drogas desconocidas. Y en lo que sí creo, terríblemente, es en el poder destructor de la adicción.


—Para mí no es desconocida. Conozco sus efectos sobre el animal humano y también sus peligros. La droga en sí no es peligrosa. Yo lo único que temo es extraviarme en el abismo del tiempo, porque has de saber que mi intención es colaborar activamente con la droga. Antes de tomarla me concentraré en los símbolos geométricos y algebraicos que he trazado en este papel y así prepararé mi espíritu para el viaje transtemporal. Primero me aproximaré todo lo posible a la cuarta dimensión mediante el solo esfuerzo de mi propio ego, y luego tomaré la droga que me dará el poder oculto de percepción. Antes de penetrar en el mundo onírico del misticismo oriental dispondré de toda la ayuda matemática que pueda ofrecerme la ciencia. La droga abrirá las puertas de la percepción y las matemáticas me permitirán comprender intelectualmente lo que así perciba.


Sus ojos volvieron a despedir un extraño fulgor.


—¡El tiempo ya no existirá para mí! ¿Has traído algo donde y con qué escribir, Frank?

De mala gana saqué una agenda.


Puso los dibujos ante sí y se concentró intensamente en ellos. En el silencio oí cómo el reloj de la chimenea iba desgranando segundos. Una angustia indefinida me oprimía el pecho. De pronto, el reloj se paró. En ese momento, Chalmers introdujo la droga en su boca y la tragó. Rápidamente me aproximé a él, pero con la mirada me advirtió que no le interrumpiera.


—El reloj se ha parado —murmuró. Cerró los párpados y se extendió en el sofá. Su rostro estaba exangüe y respiraba con dificultad. Era evidente que la droga estaba actuando extraordinariamente de prisa.


—Comienzan las tinieblas —murmuró—. Anótalo. Todo se está poniendo oscuro y se van desdibujando los objetos familiares de la habitación. Aún los veo, pero borrosos, y se están desdibujando rápidamente. Sacudí la pluma estilográfica, pues la tinta fluía mal, y seguí tomando veloces notas taquigráficas. —Abandono la habitación. Las paredes se disuelven como niebla. Ya no veo ninguno de los objetos, pero todavía te veo la cara. Supongo que estarás escribiendo. Creo que estoy a punto de dar el gran salto a través del espacio, o acaso del tiempo. No lo sé. Todo es confuso, incierto. Permaneció en silencio durante algún tiempo, con la barbilla apoyada en el pecho. De pronto, se puso rígido y abrió los ojos. —¡Dios mío! —exclamó— Veo...




Mike Kaluta hace increíbles ilustraciones de demonios de otras dimensiones.


Se hallaba todo contraído, tenso, mirando fijamente la pared que había frente a él. Pero yo sabía que su mirada la atravesaba y que los objetos de la habitación no existían para él.


— ¡Veo todo! Ante mí veo los miles de millones de vidas que me han precedido en este planeta. Veo hombres de todas las épocas, de todas las razas, de todos los colores. Luchan, se matan, construyen, danzan, cantan. Se sientan en torno a la hoguera primitiva, en desiertos grises, e intentan elevarse en el aire a bordo de monoplanos. Cruzan los mares en toscas barcas de troncos y en enormes buques de vapor. Pintan bisontes y elefantes en las paredes de cuevas lúgubres y cubren lienzos enormes con formas y colores del futuro. Veo a los emigrantes procedentes de Atlántida y Lemuria. Veo a las razas ancestrales: a los enanos negros que invaden Asia y a los hombres de Neanderthal, de cabeza inclinada y piernas torcidas, que se extienden por Europa. Veo a los aqueos colonizando las islas griegas y contemplo los rudimentos de la naciente cultura helénica. Estoy en Atenas y Pericles es joven. Me hallo en tierra italiana. Participo en el rapto de las sabinas. Camino con las legiones imperiales. Paso en una litera de oro y marfil arrastrada por negros toros de Tebas y ante mí se prosternan mil esclavos y las mujeres, cubiertas de flores, exclaman: «¡Ave César!». Yo les sonrío y saludo a la multitud. Soy esclavo en una galera berberisca. Veo cómo, piedra a piedra, se va levantando una catedral. Contemplo durante meses, durante años, cómo van colocando en su sitio cada uno de los sillares. Estoy crucificado, cabeza abajo, en los perfumados jardines de Nerón y veo, con ironía y desprecio, cómo funcionan las cámaras de tortura de la Inquisición. ¡Es un espectáculo divertido! »Penetro en los más sagrados santuarios. Entro en el Templo de Venus y veo a las sacerdotisas más hermosas de la humanidad. Penetro en un teatro inglés de la época isabelina y, en medio de una multitud maloliente, aplaudo una excelente interpretación del Mercader de Venecia. Paseo con Dante y bebemos vino barato por las estrechas callejuelas de Florencia. Estoy en españa y conozco el nuevo mundo. Soy visitante en la corte de Moctezuma y un amigo del último de los Tupac. Me rebelo junto a Pancho Villa y batallo con españoles fascistas junto a Durruti. Desembarco en normandía y veo la bomba en Hiroshima. Voy de fiesta con Dalí e improviso con Jim Morrison y Jimmy Hendrix. Todo lo percibo simultáneamente. Todo lo percibo a la vez y desde todos los ángulos posibles. Formo parte de los miles de millones de vidas que me han precedido. Existo en todos los seres humanos y todos los seres humanos existen en mí. En un instante veo a la vez toda la historia del hombre, el pasado y el presente.


Veo más atrás. De la Tierra ya ha desaparecido el hombre. Veo reptiles gigantescos agazapados bajo enormes palmeras y nadando en pútridas aguas negras. Ya han desaparecido los reptiles. Ya no hay animales terrestres, pero veo perfectamente bajo las aguas formas sombrías que se mueven lentamente entre las algas… veo… algo más.


Veo ángulos perfectos, veo una caverna oscura. Tengo un miedo horrible. En la creación existen abismos en los que nunca ha penetrado el hombre. Atravieso dimensiones ajenas al espacio terrestre. Me aproximo al horror supremo.


—¡Chalmers! —exclamé—. ¿Llamo a una ambulancia?


—¡Todavía no! Quiero seguir adelante... Quiero ver..., lo que hay..., aún más allá...


Tenía la frente cubierta de sudor frío y movía los hombros de modo espasmódico. Su rostro espantado era de color gris ceniciento.


—Más allá de la vida existen cosas que no logro distinguir. Pero se mueven lentamente a través de ángulos alucinantes.


En ese momento percibí por primera vez en la estancia un olor bestial e indescriptible, nauseabundo, insoportable. Me lancé a la ventana y la abrí. Cuando volví al lado de Chalmers y vi su expresión, estuve a punto de desmayarme.


—¡Me han olido! —lanzó un alarido—. ¡Lentamente se dan la vuelta hacia mí!


Todo el cuerpo le temblaba horriblemente. Durante un momento agitó los brazos en el aire, como buscando un asidero, y luego le cedieron las piernas. Cayó al suelo, donde permaneció boca abajo, sollozando, gimiendo. En silencio contemplé cómo se arrastraba por el suelo. En aquellos momentos, mi amigo no era un ser humano. Enseñaba los dientes y en las comisuras de la boca se le formó una espuma blanquecina.


—¡Chalmers! ¿me oye?


Como en respuesta de mi llamada, comenzó a emitir unos sonidos roncos y convulsivos, semejantes a ladridos, y a caminar en círculo a cuatro patas por el suelo. Me incliné y le tomé por los hombros. Le sacudí violentamente, desesperadamente, y él intentó morderme la muñeca. Me sentía enfermo de horror, pero no le solté, pues temía que se destruyese a sí mismo en un paroxismo de rabia. Su rostro estaba contraído de dolor y me di cuenta que seguía luchando sordamente contra recuerdos espantosos.


—Whisky —murmuró y le acerqué un vaso.


-Casi me atrapan —dijo con la voz entrecortada.


Bebió el estimulante a grandes tragos irregulares y poco a poco le fue volviendo el color a la cara.


—Me han olido a través del tiempo —susurró—. He llegado demasiado lejos.


—¿Cómo eran? —pregunté para seguirle la corriente. Se inclinó hacia mí y me agarró el brazo hasta hacerme daño. Otra vez fue dominado por horribles temblores.


—¡No hay palabras para describirlos! —murmuró roncamente. Los griegos le daban un nombre que ocultaba la impureza esencial de esos seres. La manzana, el árbol y la serpiente son símbolos del misterio más atroz. Al cabo de unos momentos su voz se convirtió en un aullido:


—¡Frank! ¡Frank! ¡Tienen hambre y sed! ¡Los Perros de Tíndalos!