Levana y nuestras Señoras de la Tristeza - Thomas de Quincey

Este es el fragmento de Suspiria de Profundis sobre la que se basa la Trilogía de Las Madres de Darío Argento. Bella obra, realmente lo que menos importa es la trama porque está bellamente compuesta con colores y composiciones increíbles. Sin embargo, la historia toma fuentes de un antiguo culto griego sobre las Eumenides, las Parcas, tres damas sobre las que se traman las facetas de la vida. Las parcas tejen chismes y los pegan al destino. Este poema fue completamente traducido en Grimoria.


A veces veo a Levana en mis sueños. La conozco por sus símbolos romanos. ¿Saben ustedes quién es Levana? Yo no me pongo bravo si me dicen que no saben. Levana era la diosa romana que se encargaba de los recién nacidos. Era tan grande, amable y noble que incluso los paganos creían en ella. En el momento del nacimiento, justo cuando el infante probaba por primera vez la atmósfera gélida de nuestro planeta, era puesto en el suelo, sobre la tierra. Inmediatamente después, el papá o quien estuviera más cercano al padre, como intermediario de la diosa Levana, lo levantaba del suelo y lo elevaba por encima de su cabeza, como rey de todo el mundo y le presentaba su frente recién nacida a las estrellas, diciendo, desde el fondo de su corazón “Contemplen, aquello que es más grande que todas ustedes”. Este acto simbólico era la unción de Levana. Esa dama misteriosa que nunca mostraba su cara, excepto en sueños.


Desde entonces algunas personas han dicho que Levana es la diosa de la enfermería, la diosa niñera. Ella se encargaría de evitar el sufrimiento en el nacimiento. Ella vigilaba la educación humana. Pero en Latín, la palabra Educo, era derivada de Educoo, que a su vez proviene de Educes, la raíz misma de Extraer. Lo que el niño extrae de su mundo es lo que lo educa. Entonces Levana no era simplemente la diosa de los libros y de la gramática, era la diosa de ese sistema mítico de fuerzas potentes, ocultas en la primavera de la vida humana, como la pasión, como la perseverancia, como la tentación, las energías de resistencia, que trabajan para siempre sobre los niños, sin descansar día o noche, nada más que la magnífica rueda eterna del amanecer y el atardecer, esos momentos, como susurros interminables, brillan para siempre, giran para siempre en nuestras vidas.


Son éstos los ministerios sobre los que trabaja Levana. Ahora imaginemos lo mucho que Levana debió relacionarse con las potencias del dolor. Los niños no son propensos al dolor, no tanto como tú o como yo. Déjenme explicarme, hay dos sentidos de la palabra Generalmente: el sentido euclidiano, en donde significa, universalmente, la extensión del Genus y en un sentido coloquial, en donde significa usualmente, de todos los días.


Lo que estoy diciendo es que los niños, universalmente, son capaces de sentir dolor.


Pero hay más significados ocultos en esta oración. Les voy a explicar con un ejemplo común: en los colegios antiguos, como el de Eton, en Inglaterra, había reglas muy antiguas que dicen que un niño, para ser internado, sea de al menos doce años: ya está muy viejo a los dieciocho y, más joven, se sentirá arrancado del cuidado de su madre, de su familia. En la edad media, si un niño sufría esta clase de dolor, moría. Eso pasaba muy frecuentemente. Los archivos que explican este fenómeno nunca dirán explícitamente que esto es dolor, pero lo es. El dolor de esta clase es fatal.


Levana entonces representaba los poderes que mueven el mapa del corazón: la pena y el dolor incluídos; pero estos eran dominios de otras diosas. Hay tristezas y son tres en número, pues las Gracias son tres, que disfrazan la vida de un hombre con belleza: las Parcas son las tres, que tejen la tela oscura de la vida y su lana misteriosa siempre lleva colores tristes en parte, a veces furiosos, con trágico rojo y negro; las Furias son tres, las que visitan con premios traídos del más allá, ofensas que caminan con ellas y es el caso que las Musas también eran tres, que tocaban el harpa, la trompeta o la flauta, que ayudan a mejorar las creaciones desapasionadas del hombre. Pero, mis amigos, estas damas a las que me refiero, son también tres. Ellas son las tristezas, todas las tres que les cuento. Esas horribles hermanas.


Si digo simplemente Las Tristezas, puede que confundan el término de Tristeza. puede ser entendido como tristeza singular, casos separados de pesares. Quisiera encontrar un término que abarcara, con ilustraciones míticas, todos los sufrimientos individuales del corazón humano; la mejor manera de hacerlo es a través de la personificación y eso hacían los romanos. Las vestían en atributos humanos de la vida, que se adhieren a la carne. He ahí las Señoras de la Tristeza. He conocido todos sus reinos. Tres hermanas son ellas, una es medio hermana y sus caminos están muy separados; pero su dominio no tiene fin. Ellas, las veo seguido conversando con Levana en mis sueños y algunas veces hablan de mí. ¿Qué hablan entonces? Oh no! Míticos fantasmas como estos desdeñan la infinidad del lenguaje. A veces son voces horribles a través de los órganos que responden al corazón humano, pero no hablan con sonido o voz, el silencio eterno reina en sus dominios. Ellas no hablan, como si hablaran con Levana, ellas no susurran, ellas no cantan; aunque a veces pienso que se esconden en las canciones: ocultan sus misterios y los cifran en el harpa y el timbre y el dulcimer y el órgano y la guitarra. No nos confundamos, ellas sirven a Dios, ellas comunican sus mercedes no por sonidos, sino por símbolos en el cielo, por cambios en la tierra, por pulsos en ríos secretos, heraldrías, pintadas en la oscuridad y jeroglíficos escritos en las tabletas del alma. Ellas atrapadas en laberintos, yo deletree sus pasos. Ellas escribieron de lejos, yo leí las cartas. Ellas conspiraron juntas y en los espejos de la oscuridad mi ojo trazó sus hazañas: suyos fueron los símbolos, mías las palabras.


Brueghel el viejo - El Triunfo de la Muerte. Esta bella imagen nos cuenta un millón de historias de decadencia y finales tristes. El reino interminable de las hermanas.

¿Qué es lo que son estas hermanas? ¿Qué es lo que hacen? Déjame describir su forma y su presencia; en forma ellas todavía son translúcidas y en presencia siempre caminan hacia delante, sin detenerse ante ningún obstáculo o hacia atrás, siempre escondiéndose en las sombras.

La mayor de las tres se llama Mater Lachrymarum, nuestra Señora de las Lágrimas. Ella es todo eso que cruza el día y la noche y gime, llamando rostros que ya no están. Ella estuvo en Ramá, donde una voz de lamento se oye por siempre, Raquel, llorando por sus niños, sin encontrar alivio. Ella estuvo en Belén, la noche en que la espada de Herodes azotó a los recién nacidos y los pequeños piececitos se entumieron para siempre, son los mismos que se escuchan a veces, en los pisos de tabla, caminando y corriendo sin que nadie esté presente, despertando pulsos paranormales de amor en casas que aún deben pagar en el cielo.


Sus ojos son dulces y sutiles, salvajes y dormilones, en turnos; a veces reflejando el cielo, otras veces retándole. Ella siempre usa una diadema sobre su frente. Árida, la conozco en memorias infantiles, ella puede surcar los cielos, llevando susurros de letanías o puede tronar los órganos y ella está también cuando aparecen nubes oscuras en días soleados. Esta hermana, la mayor, lleva siempre unas llaves, que abren cada jardín y cada palacio del mundo. Yo sé que ella se sienta junto a los limosneros en la noche, cuando no han conseguido nada y sus tripas les recuerdan su fatal destino. Esta Mater Lachrymarum también estuvo en el invierno de 1917, junto a la cama del Zar de Rusia, recordando que nada dura para siempre, mucho menos un imperio. Nuestra Señora de la Tristeza, con el poder de sus llaves, se escabulle como un intruso fantasmal en las habitaciones de hombres que no duermen, de mujeres que no duermen, de niños que no duermen, desde el Ganges hasta el Nilo, desde el Nilo hasta el Cauca. A ella, por ser la primogénita y por tener poderes tan vastos, llamémosla “Madonna”, la Señora.

La segunda hermana es la llamada Mater Suspiriorum, Nuestra Señora de los Lamentos. Ella nunca sube a las nubes, ni camina entre los vientos, no usa diadema y sus ojos, si pudieran ser vistos, no serían dulces ni lindos; ningún hombre puede entender su historia sin sufrir de sueños fatales, destructivos de delirios perdidos. Ella no alza la mirada, ni su cabeza, que está cubierta por un turbante ruinoso, amarrado por siempre a su rostro. Ella no gime, ella no aúlla, ella no grita. Ella se lamenta inaudíblemente a intervalos. Su hermana Madonna a veces es bullosa y frenética, rabiando en lo más alto del cielo, pidiendo por sus hijos. Pero Nuestra Señora de Los Lamentos nunca habla, nunca llora, nunca sueña con aspiraciones rebeldes. Ella es humilde. Ella es la tranquilidad mansa de los desesperanzados. Ella murmura, pero en sus sueños. Ella susurra, pero a sí misma en las noches. Ella balbucea a veces, pero en lugares solitarios que están tan desolados como ella, en ciudades en ruinas, cuando el sol se ha ido a descansar. Esta hermana es la amiga del Paria, del judío, el boga en el magdalena, el climinal extraditado que se refugia en cartas y en llamadas para recordar a los suyos; en el penitente que se rinde y se prepara para una tumba solitaria, que para él será un altar a viejos sacrificios sangrientos a los que le implora perdón, aquellos que nunca podrá reparar. Cada esclavo que elevó tímidamente la vista al sol tropical, que le señaló y lo sentía libre y que se refugió en la biblia, suya, como él, propiedad de alguien; cada adolescente en la oscuridad, sin amor que le cuide, porque se ha vuelto rebelde al de su madre y sabe que estará incomprendido hasta el día en que cese su vida; toda monja o sacerdote que ha defraudado su juramento de celibato, sin saber si dios le castigará en la muerte; el migrante que sabe que no encontrará la tierra prometida y que, muy a todas luces, estaba mejor en su ya inexistente hogar. Todos ellos han sido traicionados o traidores, todo lo han rechazado; proscritos por ley, niños por desgracia, todos ellos caminan con Nuestra Señora de los Suspiros. Ella también lleva una llave, pero la necesita muy pocas veces, pues su reino es el más lujoso de los cambuches, carpas hechas por los que no tienen casa. Ella les guía por el mundo, como guiando un caballo en una carroza, dejando secretamente una marca en sus frentes y en sus ojos.


Pero la tercera hermana, la más joven ¡Silencio! debemos susurrar cuando hablamos de ella. Su reino no es largo, ni vive en algún cuerpo; pues en toda la tierra tiene poder. Su cabeza tiene muchas caras, como Géminis o Cybel, que se eleva sobre todas las cosas. Ella no llora y su mirada es tan alta que se oculta a la distancia, por el velo de la capa que lleva puesta, por la luz que emana miseria de sus ojos. Ella desafía a dios. Ella es la madre de las locuras, la que sugiere los suicidios. Muy profundo se esconden las raíces de su poder, pero estrecha es la nación que ella lidera. Ella solo se puede acercar a aquellos cuya profunda naturaleza ha sido destruída; en aquellos a quienes les tiembla el corazón y en su mente se tejen conspiraciones; aquellos que son tempestad por dentro y por fuera. La Señora se mueve con pasos inseguros, pero con gracia tráfica. Nuestra Señora de los Suspiros se mueve tímida y secretamente; pero esta hermana menor se mueve con movimientos incalculables, certeros y con la fuerza de un tigre. Ella no lleva ninguna llave, porque, aunque rara vez se muestra entre los hombres, rompe todas las puertas en donde le es permitido entrar. Ella es la Mater Tenebrarum, Nuestra Señora de la Oscuridad.


Estas son las Semnai Theai, o Diosas Sublimes, ellas son las Eumenides o Señoras de la Gracia.

En uno de mis sueños, la Señora habló. Ella habló misteriosamente. Acariciando mi cabeza, ella me encomendó a Nuestra Señora de los Lamentos y lo que habló, traducido al lenguaje común, fue esto:


¡Observen! Aquí yace aquel que rezó ante mis altares en la niñez. Aquel que una vez hice mi amado. Aquel que encaminé, que torcí y que robé del cielo su inocente y joven corazón. A través mío fue que se volvió idólatra y a través de mí fue que escuchó cosas oscuras y tentó a poderes negros. Sagrada era la tumba para él, encantadora la oscuridad, santa su corrupción. Él, este joven idólatra, lo ha guardado para nosotras tres. Querida hermana de los lamentos, toma su corazón ahora y entregado a nuestra terrible hermana. Y tú, Mater Tenebrarum, malvada hermana de la tempestad y el odio, recíbelo. Vigila que tu juicio cargue sobre su frente. No hagas sufrir a nadie que le acompañe, pero apártale. Borra toda esperanza frágil que aún guarde en el amor, enciende sus fuentes de lágrimas, hechízalo como solo tu sabes hechizar. Así, él llegará al horno, así él verá todas las cosas que no deben ser vistas, tormentos que son abominables y secretos que son indecibles. Así, él habrá leído verdades arcaicas, verdades tristes, grandes verdades, temerosas verdades. Así él podrá brillar antes de morir. Y así el mandato que Dios nos dió estará cumplido: plagar su corazón para ampliar la capacidad de su espíritu.

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