HISTORIAS DE AMOR Y VAMPIROS

Actualizado: 9 sept 2021

Para leer algo más en el Club de Romance, buscamos no una, sino tres historias de amor y vampiros: una casi nuestra, adaptación de Whitley Strieber, del primer capítulo de El Ansia; otra, en soneto, escrita por Julio Cortázar sobre un vampiro y otra, una tercera, también por Julio Cortázar, otra historia de vampiros. Nos gusta pensar en la inmortalidad, soñar en que no envejeceremos y que siempre tendremos tiempo para amar como quisiéramos. Por eso soñamos en vampiros, criaturas de la noche.


Acompáñalo con Bowie - Ziggy Stardust



STRIEBER - EL ANSIA, fragmento adaptado


JOHN BLAYLOCK MIRÓ su reloj. Eran las tres de la mañana, tiempo de moverse. El pequeño pueblo estaba tan callado que podía escuchar el cambio de luces del semáforo a tres cuadras. John esperaba en medio de la fría y vacía calle.


Su víctima vivía a media cuadra. John la había vigilado, sabía que nada se movía a esta hora de la mañana. En un mes, ella se volvería otra estadística, una de miles de jóvenes que se escapan de su casa cada año. Camila, la víctima, enfrentaba cargos por posesión de drogas con su novio. Tenían una audiencia final esta semana.


Ambos desaparecerían esta noche.


Dos minutos pasadas las tres de la mañana. Se apagó una luz al final de la cuadra, todo estaba planeado. John corrió, se escabulló entre el primer y el segundo piso y entró a la casa. Los olores de la casa le dijeron a John que este no era un lugar pacífico, que aquí sucedían rabietas familiares. Que los gritos eran de todos los días y también los golpes. Que la felicidad se había agotado de este lugar hace mucho tiempo.


Los Wagner habían caído en desgracia y también el amor a sus hijos. En este momento todos dormían, John podía escuchar la respiración de los padres en su habitación, presintió los cuerpos que no dormían juntos, que se evitaban del desprecio.


Concentrándose, ubicó la habitación de su víctima. Caminó como una sombra en la noche, esquivando al perro guardián y acercándose a la puerta.


“Hola?”

La chica estaba despierta, malas noticias. La chica y su novio debían desaparecer al mismo tiempo.


En cuanto abrió la puerta, él la vio, bella, en pijama, alumbrando con la luz del celular.

John saltó como un gato, hábilmente la agarró por el cuello y le silenció la boca, que medianamente soltó un grito, opacado por su mano. Tumbado sobre ella percibió el olor de perfume y cigarrillos. Ella se resistía, pero los humanos no tienen fuerza.


John soltó su abrazo y la recostó sobre su pecho, bebió de su cuello y disfrutó el suave olor de su perfume. Acarició a su víctima como lo hacen las crueles arañas, acabando con su fugaz amante.


Los siglos le enseñaron la disciplina para no beber más de lo necesario, para no acabar con su vida y saciar su ansia, su hambre. Si cargaban con un cuerpo muerto sería un crimen; si cargaban con un cuerpo medio muerto en el carro, siempre sería una borrachera, más si eran pasadas las tres de la mañana.


Él no podía controlar los escalofríos que recorrían todo su cuerpo, podía controlar las mágicas mariposas y el placer que siente todo ser de la noche cuando se alimenta.


Y desde el fondo de su momento, pudo sentir la imagen de Miriam. Espetándole su mente, John sintió sus labios en el cuello de su víctima. Sintió su cuerpo sudando con deseo.


Perfección. Ella estaba al borde de la muerte.


Entonces se apresuró. Guardó lo suficiente de la chica en una maleta, tenía que fingir su escape. Pasó por el baño y tomó el cepillo de dientes y todos esos frascos, extraños para él, pues en miles de años había aprendido los secretos encantos para estar siempre presentable, siempre irresistible.


Salió, sesenta segundos después, pasó un carro. John guardó a su víctima en el asiento de atrás, no perdieron tiempo, nadie los sintió, ni el perro. Perfección, Miriam nunca se demoraba.


Ella sabía que había sido pensada, imaginada, soñada, deseada la sangre les da esos misterios. Después de varias cuadras, rompió el silencio.


“Fue hermoso, era tan fuerte, tan indomable”.

Ella le contaba cómo le había ido con el novio de la chica. El cuerpo, a media vida, estaba en el baúl.


John sonrió, ocultando sus celos. Y estos los había sentido por milenios, añorando que algún día no se sintieran. Era horrible siempre, imaginarla sentir a su víctima con pasión, pues a Miriam le encanta seducir antes de usar la fuerza.


“Cómo te fue a ti?”


Silencio, el silencio incómodo que comunica que algo está mal pero que nadie puede decir nada.


“Había un perro, creo que sintió mi olor.”


“Nunca hay crimen perfecto.”


Las luces de los pueblos vinieron y se fueron. John aún estaba enamorado, después de todo este tiempo, se sentía cómodo junto a ella. Siempre, deseaba poder no alimentarse, solo encerrarse en su refugio por miles de vidas. Quisiera desafiar el tiempo, como lo hicieron antes, cuando, entre cortes renacentistas coqueteaban sutilmente por meses hasta que, recreando su primer amor, se volvieran a encontrar.


Quisiera muchas cosas, pero se dio cuenta que estaba soñando, que el viento que soplaba sobre su frente olía a bruma, a amanecer. Entonces, desecharon sus víctimas al borde del abismo y condujeron hasta un oscuro túnel, en donde durmieron hasta su destino.




La Pesadilla de Fuselli nos muestra que, aunque oscuros y negros, todos los sueños son bellos.



Soneto gótico

Esta vernácula excepción nocturna,

este arquetipo de candente frío,

quién sino tú merece el desafío

que urde una dentadura taciturna.

Semen luna y posesión vulturna

el moho de tu aliento, escalofrío

cuando abra tu garganta el cortafrío

de una sed que te vuelve vino y urna,

Todo sucede en un silencio ucrónico,

ceremonia de araña y de falena

danzando su inmovilidad sin mácula,

su recurrente espacio catatónico

en un horror final de luna llena.

Siempre serás Ligeia. Yo soy Drácula.

- Julio Cortázar.


Algo tiene que ver el amor con la sumisión. Bello cuadro de Edvard Munch que se llama Vampiro.




Reunión con un círculo rojo

Julio Cortázar


A mí me parece, Jacobo, que esa noche usted debía tener mucho frío, y que la lluvia empecinada de Wiesbaden se fue sumando para decidirlo a entrar en el Zagreb. Quizá el apetito fue la razón dominante, usted había trabajado todo el día y ya era tiempo de cenar en algún lugar tranquilo y callado; si al Zagreb le faltaban otras cualidades, reunía en todo caso esas dos y usted, pienso que encogiéndose de hombros como si se tomara un poco el pelo, decidió cenar ahí. En todo caso las mesas sobraban en la penumbra del salón vagamente balcánico, y fue una buena cosa poder colgar el impermeable empapado en el viejo perchero y buscar ese rincón donde la vela verde de la mesa removía blandamente las sombras y dejaba entrever antiguos cubiertos y una copa muy alta donde la luz se refugiaba como un pájaro.


Primero fue esa sensación de siempre en un restaurante vacío, algo entre molestia y alivio; por su aspecto no debía ser malo, pero la ausencia de clientes a esa hora daba que pensar. En una ciudad extranjera esas meditaciones no duran mucho, qué sabe uno de costumbres y horarios, lo que cuenta es el calor, el menú donde se proponen sorpresas o reencuentros, la diminuta mujer de grandes ojos y pelo negro que llegó como desde la nada, dibujándose de golpe junto al mantel blanco, una leve sonrisa fija a la espera. Pensó que acaso ya era demasiado tarde dentro de la rutina de la ciudad pero casi no tuvo tiempo de alzar una mirada de interrogación turística; una mano pequeña y pálida depositaba una servilleta y ponía en orden el salero fuera de ritmo. Como era lógico usted eligió pinchitos de carne con cebolla y pimientos rojos, y un vino espeso y fragante que nada tenía de occidental; como a mí en otros tiempos, le gustaba escapar a las comidas del hotel donde el temor a lo demasiado típico o exótico se resuelve en insipidez, e incluso pidió el pan negro que acaso no convenía a los pinchitos pero que la mujer le trajo inmediatamente. Sólo entonces, fumando un primer cigarrillo, miró con algún detalle el enclave transilvánico que lo protegía de la lluvia y de una ciudad alemana no excesivamente interesante. El silencio, las ausencias y la vaga luz de las bujías eran ya casi sus amigos, en todo caso lo distanciaban del resto y lo dejaban hermosamente solo con su cigarrillo y su cansancio.



La mano que vertía el vino en la alta copa estaba cubierta de pelos, y a usted le llevó un sobresaltado segundo romper la absurda cadena lógica y comprender que la mujer pálida ya no estaba a su lado y que en su lugar un camarero atezado y silencioso lo invitaba a probar el vino con un gesto en el que sólo parecía haber una espera automática. Es raro que alguien encuentre malo el vino, y el camarero terminó de llenar la copa como si la interrupción no fuera más que una mínima parte de la ceremonia. Casi al mismo tiempo otro camarero curiosamente parecido al primero (pero los trajes típicos, las patillas negras, los uniformaban) puso en la mesa la bandeja humeante y retiró con un rápido gesto la carne de los pinchitos. Las escasas palabras necesarias habían sido cambiadas en el mal alemán previsible en el comensal y en quienes lo servían; nuevamente lo rodeaba la calma en la penumbra de la sala y del cansancio, pero ahora se oía con más fuerza el golpear de la lluvia en la calle. También eso cesó casi enseguida y usted, volviéndose apenas, comprendió que la puerta de entrada se había abierto para dejar paso a otro comensal, una mujer que debía ser miope no solamente por el grosor de los anteojos sino por la seguridad insensata con que avanzó entre las mesas hasta sentarse en el rincón opuesto de la sala, apenas iluminado por una o dos velas que temblaron a su paso y mezclaron su figura incierta con los muebles y las paredes y el espeso cortinado rojo del fondo, allí donde el restaurante parecía adosarse al resto de una casa imprevisible.


Mientras comía, le divirtió vagamente que la turista inglesa (no se podía ser otra cosa con ese impermeable y un asomo de blusa entre solferino y tomate) se concentrara con toda su miopía en un menú que debía escapársele totalmente, y que la mujer de los grandes ojos negros se quedara en el tercer ángulo de la sala, donde había un mostrador con espejos y guirnaldas de flores secas, esperando que la turista terminara de no entender para acercarse. Los camareros se habían situado detrás del mostrador, a los lados de la mujer, y esperaban también con los brazos cruzados, tan parecidos entre ellos que el reflejo de sus espaldas en el azogue envejecido tenía algo de falso, como una cuadruplicación difícil o engañosa. Todos ellos miraban a la turista inglesa que no parecía darse cuenta del paso del tiempo y seguía con la cara pegada al menú. Hubo todavía una espera mientras usted sacaba otro cigarrillo, y la mujer terminó por acercarse a su mesa y preguntarle si deseaba alguna sopa, tal vez queso de oveja a la griega, avanzaba en las preguntas a cada cortés negativa, los quesos eran muy buenos, pero entonces tal vez algunos dulces regionales. Usted solamente quería un café a la turca porque el plato había sido abundante y empezaba a tener sueño. La mujer pareció indecisa, como dándole la oportunidad de que cambiara de opinión y se decidiera a pedir la bandeja de quesos, y cuando no lo hizo repitió mecánicamente café a la turca y usted dijo que sí, café a la turca, y la mujer tuvo como una respiración corta y rápida, alzó la mano hacia los camareros y siguió a la mesa de la turista inglesa.


El café tardó en llegar, contrariamente al rápido principio de la cena, y usted tuvo tiempo de fumar otro cigarrillo y terminar lentamente la botella de vino, mientras se divertía viendo a la turista inglesa pasear una mirada de gruesos vidrios por toda la sala, sin detenerse especialmente en nada. Había en ella algo de torpe o de tímido, le llevó un buen rato de vagos movimientos hasta que se decidió a quitarse el impermeable brillante de lluvia y colgarlo en el perchero más próximo; desde luego que al volver a sentarse debió mojarse el trasero, pero eso no parecía preocuparla mientras terminaba su incierta observación de la sala y se quedaba muy quieta mirando el mantel. Los camareros habían vuelto a ocupar sus puestos detrás del mostrador, y la mujer aguardaba junto a la ventanilla de la cocina; los tres miraban a la turista inglesa, la miraban como esperando algo, que llamara para completar un pedido o acaso cambiarlo o irse, la miraban de una manera que a usted le pareció demasiado intensa, en todo caso injustificada. De usted habían dejado de ocuparse, los dos camareros estaban otra vez cruzados de brazos, y la mujer tenía la cabeza un poco gacha y el largo pelo lacio le tapaba los ojos, pero acaso era la que miraba más fijamente a la turista y a usted eso le pareció desagradable y descortés aunque el pobre topo miope no pudiera enterarse de nada ahora que revolvía en su bolso y sacaba algo que no se podía ver en la penumbra pero que se identificó con el ruido que hizo el topo al sonarse.


Uno de los camareros le llevó el plato (parecía gulasch) y volvió inmediatamente a su puesto de centinela; la doble manía de cruzarse de brazos apenas terminaban su trabajo hubiera sido divertida pero de alguna manera no lo era, ni tampoco que la mujer se pusiera en el ángulo más alejado del mostrador y desde ahí siguiera con una atención concentrada la operación de beber el café que usted llevaba a cabo con toda la lentitud que exigía