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EL MUNDO SE ACABA MAÑANA

Hola a todos y les damos la bienvenida al blog de Grimoria. Esperamos tengan horribles sueños y horribles miradas hacia el futuro, pues hoy es el día en el que presentamos nuestro evento EL MUNDO SE ACABA MAÑANA, 4 visiones del fin del mundo. Aquí presentaremos, en forma escrita, los relatos que serán leídos. Dos de ellos hacen parte de la bella compilación de PAISAJES DEL APOCALIPSIS, traducida al español por Valdemar. Los relatos han sido editados un poquito para el público colombiano y para ser leídos en vivo.


Freakwave de Brendan McCarthy.

Las imágenes del fin del mundo, del apocalipsis, son así, llenas de ruinas pensantes. Los ancestros, a quienes rezarán los humanos en cien años, somos nosotros.


LA VIRGEN DE LA SABANA

Grimoria


Este es un relato original que hemos escrito para introducir el especial. En este, podemos ver una sabana de Bogotá postapocalíptica, que ha vuelto a ser un pantano. Las criaturas de estos lugares son tétricas y las personas peor.


Anduvimos toda la noche caminando. Los cinco carriles de la autopista norte de Bogotá eran ahora un desierto de concreto. Se murió mucha gente. En una tarde de agosto anunciaron, por todas las redes y todos los noticieros y todo lo que tuviera acceso a Internet, que el mundo se había acabado.

Nosotros llegamos hasta el peaje. No se veía una sola persona. Todos viajábamos en secreto porque ellos vigilaban las vías. Ellos tenían combustible y ellos tenían todo lo que se había acabado. Nos volvimos carne de caza, no muy diferentes de bandadas de gatos que se agrupan para sobrevivir.

Caminamos sobre el monte, mirando la carretera, con cuidado, vigilando para no ser vigilados. Somos felinos sin zarpas y muchísimo más débiles para cazar. Ellos se mueven en carro, nosotros usamos nuestros caminos, secretos, ocultos y públicos. Nadie más se mueve en carro.

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El día del fin del mundo, el cielo se puso de otro color, de mil soles al tiempo y después no volvió a aparecer. Después llovió fuego y en Bogotá cayó una bomba que destruyó todo menos una figura de la virgen. Milagrosa, fue venerada y traída a La Laguna, en donde hoy reina eternamente.

Esa noche estaba clara. Nadie hizo ni un sonido, salvo el de los pies estancándose en el pantano que se ha vuelto la sabana. Los pastos pueden esconder personas enteras. Nosotros le tememos a los animales. Caimanes, deformados por décadas de contaminación han mutado a algo más que masas deformes con dientes que persiguen a la gente. Las terribles jaurías de perros incontables, un mar de perros, arrasando con todo como una nube de sarna y pulgas. Los horribles sonidos de la noche, que entre la bulla tropical se pueden escuchar voces que lloran y se lamentan.

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Se hizo de día y nosotros caminamos entre la húmeda y malsana vegetación. Entre la luz de la mañana nos encontramos con una pequeña casa en uno de los playones de la ahora ciénaga de Bogotá. Una casita con cruces y sin gente, un lugar de peregrinación. Sobre estos lugares milagrosos se construyeron hogares de paso. Hospedajes para viajeros sin nombre, resguardados por el sagrado corazón de Jesús. Alguien me dijo que este lugar es invisible para todo el malintencionado. Ahí dormimos y marcamos el libro negro con nuestro nombre, prometiendo nuestras almas cuando el sufrimiento de esta vida acabe.

La navegación desde este punto es en balsa, la gran laguna de Bogotá. A veces, pueden escucharse las lanchas de los dueños. Toca hundirse en el agua mientras pasan. Están buscando gente. Les gusta hacer asados de gente. En su templo adoran a antiguos jefes de la droga, les ofrecen su propia sangre. Esta es bebida por los perros, que aprendieron a imitar los lamentos de dolor de la gente.

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Hemos subido el camino por el que un culto hace miles de años sacrificaba gente en la laguna, ella siempre existió entre los túneles de aguas subterráneas que cuidan toda la sabana. Secreta y entre el páramo, la laguna sigue siendo milagrosa y hoy, después de que se acabó el mundo, es la única salvación para nosotros los penitentes.

Con suerte mañana haremos el sacrificio, una niña sin una mano. La hemos cargado a cuestas cuando no pudo caminar. Le hemos quitado la lengua para que no pueda negarse al ritual. Ella, de seguro ella sí apaciguará a la santa virgen de la sabana, ella sí regresará la civilización que una vez fue.

Recibe nuestro tributo, demuestra misericordia por nosotros, los últimos humanos en esta parte del mundo.



Imágenes de una prueba nuclear en el desierto de Arizona.


“Now I am become Death, the destroyer of worlds (Ahora soy MUERTE, DESTRUCTORA DE MUNDOS)”. Oppenheimer citando al Baghabad Ghita al presenciar el poder irreversible, antinatural y demoledor de la primera explosión nuclear del mundo.


Nunca te rindas

Jack McDevitt


McDevitt es lo más cercano a Mad Max en la literatura. Este autor tuvo su mayor auge en los años ochenta, en donde fue escrito este relato. Pensemos en un mundo governado por el miedo al invierno nuclear. En el futuro, los fantasmas seguirán existiendo.



La lluvia comenzó a caer mientras lanzaban las últimas paladas de tierra sobre la tumba. Quait agachó la cabeza y susurró la tradicional despedida. Chaka contempló el poste de madera en el que estaba inscrito el nombre de Flojian, sus fechas de nacimiento y muerte, y la leyenda LEJOS DEL HOGAR.


No le había preocupado mucho Flojian. Era un egocéntrico y se quejaba demasiado, y siempre sabía cuál era la mejor manera de hacer las cosas. Pero se podía contar con él a la hora de arrimar el hombro, y ahora ya sólo quedaban dos.


Quait calló, levantó la mirada y asintió. Era su turno. Le aliviaba que ya hubiera acabado todo. El pobre se había caído de cabeza desde el nivel más alto de unas ruinas, y durante cuatro insoportables días poco pudieron hacer por él. Qué manera más absurda y tonta de morir.


—Flojian —dijo ella—, te echaremos de menos.


Se limitó a eso, porque era lo que sentía de verdad, y además la lluvia iba en aumento.


Se retiraron hacia los caballos. Quait guardó su espada bajo la silla y montó de esa forma tan extraña que siempre daba la sensación a Chaka de que Lightfoot lo iba a dejar caer hacia el otro lado.


Se quedó quieta mirándole.


—¿Qué ocurre? —dijo él limpiándose la mejilla con el dorso de la mano. Tenía el sombrero encasquetado en la cabeza. Chorreaba agua sobre sus hombros.


—Ha llegado el momento de rendirse —dijo Chaka—. Volver a casa. Si podemos…


Retumbó un trueno. Estaba oscureciendo muy rápidamente.


—Éste no es el mejor momento para discutirlo.


Quait esperó a que ella montara en su caballo. La lluvia golpeaba la blanda tierra, se derramaba sobre los árboles.


Ella echó la vista atrás, hacia la tumba. Flojian yacía ahora junto a las ruinas, enterrado como ellas bajo las onduladas colinas y el extenso bosque. Era el tipo de tumba que él hubiera querido, reflexionó. Le gustaban las cosas que llevaban muertas mucho tiempo. Se ciñó con fuerza la chaqueta y montó en su silla. Quait se puso en marcha con un trote enérgico.


Lo habían enterrado en la cima de la elevación más alta de toda la zona. En esos momentos cabalgaban lentamente bordeando la cumbre, avanzando con cuidado entre cascotes de hormigón y vigas de madera petrificada y metal oxidado, el detritus del viejo mundo, hundiéndose lentamente en la tierra. Los escombros estaban erosionados por el tiempo: la tierra y la maleza habían redondeado los escombros, se habían derramado sobre ellos y habían absorbido sus bordes cortantes. Finalmente, pensó Chaka, no quedaría nada y los visitantes pisarían las ruinas y no sabrían ni tan siquiera que estaban sobre ellas.


Quait se inclinó parapetándose de la lluvia, con el sombrero ladeado sobre los ojos y la mano derecha apoyada sobre el costado de Lightfoot. Tenía aspecto de estar exhausto y abatido, y Chaka se dio cuenta por primera vez de que también él se había rendido. Que sólo estaba esperando a que otra persona se responsabilizara de admitir el fracaso.


Descendieron de la cumbre y cabalgaron a través de un estrecho desfiladero repleto de bloques de piedra y losas.


—¿Estás bien? —preguntó él.


Chaka estaba bien. Asustada. Exhausta. Preguntándose qué iba a decirles a las viudas y madres cuando llegaran a casa. Eran seis cuando comenzaron.


—Sí —dijo ella—. Estoy bien.


La gruta se abría frente a ellos, una oscura boca cuadrada con los bordes de yeso y medio oculta tras un helecho. Habían dejado un fuego encendido, y el lugar parecía cálido y acogedor. Desmontaron y metieron los caballos en el interior.


Quait echó un par de troncos en la fogata.


—Hacía frío allí fuera —dijo.


Un relámpago se encendió en la entrada.


Pusieron una tetera en la roca de hervir, dieron de comer y beber a los animales, se pusieron ropas secas y se tumbaron frente al fuego. No hablaron mucho durante un largo rato. Chaka estaba sentada, envuelta en una manta, disfrutando del calor y de estar resguardada de la lluvia. Quait escribió algunas notas en el diario, intentando localizar el lugar de la tumba de Flojian, para que los viajeros futuros, si es que hubiera alguno, pudieran encontrarlo. Después de un rato, Quait suspiró y levantó la mirada, no para mirar a Chaka, sino más allá de su hombro, a media distancia.


—¿Realmente piensas que deberíamos dar la vuelta?


—Sí. Pienso que ya hemos tenido suficiente. Es hora de volver a casa.


Él asintió.


—Odio tener que regresar así.


—Yo también, pero ha llegado el momento.


Era difícil adivinar para qué había servido la gruta. No era una cueva. Las paredes eran artificiales. Cualquiera que fuera el color que tuvieron en otro tiempo, había quedado descolorido. Ahora estaban grises y manchadas, y se curvaban hacia el alto techo. Una composición de líneas inclinadas, probablemente pintadas con fines decorativos, las atravesaban. La gruta era amplia, más amplia que la sala del consejo, que podía dar cabida a unas cien personas, y se prolongaba hasta gran distancia por debajo de la colina. Kilómetros, tal vez.


Por lo general, Chaka evitaba las ruinas siempre que podía. No era fácil, porque estaban por todas partes. Pero todo tipo de bichos construían sus guaridas en ellas. Y las construcciones eran peligrosas, como Flojian había podido comprobar. Peligro de derrumbamientos, hundimientos del suelo, de todo. La verdadera razón, sin embargo, era que había escuchado demasiadas historias sobre espectros y demonios que habitaban entre las paredes desmoronadas. No era una mujer supersticiosa, y nunca habría admitido su malestar ante Quait. Y sin embargo, uno nunca sabía.


Habían encontrado la gruta unas horas después de que Flojian tuviera el accidente, y se trasladaron al interior, agradecidos de tener dónde cobijarse. Pero ahora ella ansiaba irse.


Un trueno sacudió las paredes y pudieron oír el ritmo regular de la lluvia derramándose desde la cumbre. Todavía era por la tarde, pero hasta el último resquicio de luz se iba apagando.


—El tinto debería estar listo —dijo Chaka. Quait sacudió la cabeza.


—Odio rendirme. Siempre nos quedará la duda de si podría haber estado en la siguiente colina.


Ella acababa de coger la tetera y comenzaba a servir el tinto cuando un relámpago retumbó justo encima de sus cabezas.


—Ése ha estado cerca —dijo ella, aliviada por la protección de la gruta.


Quait sonrió, cogió su taza y la levantó parodiando un brindis a cualquiera de los poderes que habitara en la zona.


—Quizás tengas razón —dijo él—. Quizás deberíamos hacer caso de las advertencias.


El relámpago había sido atraído por una cruz oxidada, un pedazo informe de metal en descomposición que sobresalía de un lateral de la colina. La mayor parte de energía se dispersó por el suelo. Pero otra parte saltó a un cable enterrado, lo recorrió hasta una caja de conexiones derretida, fluyó a través de una serie de conductos, e iluminó varios cuadros de mando antiguos. Uno de estos cuadros transmitía energía a un sistema auxiliar inactivo desde hacía mucho; otro accionó una variedad de sensores que comenzaron a registrar los sonidos en la gruta. Y un tercero, tras un adecuado retraso, accionó un interruptor y activó el único programa que todavía sobrevivía.


Comieron bien. Chaka se había topado con un desafortunado pavo esa mañana, y Quait añadió unas cuantas frutas . Habían agotado hacía mucho tiempo las reservas de vino, pero un arroyo corría a unos cincuenta metros en la parte trasera de la gruta, y el agua estaba limpia y fría.


—No es que haya alguna razón para pensar que estamos cerca —dijo Chaka—. De todas formas, ya no estoy segura de seguir creyendo en ello. Y aunque realmente estuviera ahí fuera, el precio a pagar es demasiado alto.


La tormenta amainó con la llegada de la noche. La lluvia seguía cayendo, pero era una lluvia ligera, no mucho más que una bruma.


Quait habló profusamente durante toda la velada; sobre sus ambiciones, sobre lo importante que era averiguar quién había construido las grandes ciudades diseminadas por la vegetación, y qué les había ocurrido, y sobre el poder de las antiguas magias. Pero ella estaba en lo cierto, repetía él una y otra vez, lanzándole miradas, y parándose para darle la oportunidad de interrumpirle. Era mejor prevenir que curar.


—Ya lo creo que sí —dijo Chaka.


Hacía calor cerca del fuego, y al cabo de un rato Quait se quedó dormido. Había adelgazado nueve kilos desde que abandonaron Illyria hacía nueve semanas. Había envejecido, y la alegre despreocupación que a ella tanto le había atraído al principio se había esfumado.


Ahora Quait siempre estaba enfrascado en sus asuntos.


Ella intentó sacudirse el sentimiento de desesperación. Estaban muy lejos de casa, solos en una tierra inhóspita plagada de salvajes y demonios y ciudades muertas en las que parpadeaban luces y la música sonaba y los objetos mecánicos se movían. Se acurrucó envuelta en sus mantas y escuchó las gotas de agua escurriéndose de los árboles. Un tronco se rompió y sucumbió en el fuego de la hoguera.


No estaba segura de qué es lo que la había sobresaltado, pero se despertó repentinamente, con los sentidos alerta.


Alguien, cuya silueta se recortaba contra la luna, e iluminada por el fuego del interior, estaba de pie en la entrada de la gruta, mirando hacia fuera.


El pecho de Quait subía y bajaba suavemente al lado de Chaka.


Ella había utilizado su silla de montar como almohada. Sin apenas moverse, sacó la pistola de debajo.


La figura parecía la de un hombre, un tanto grueso por la zona de la cintura, vestido con una extraña indumentaria. Llevaba una chaqueta y pantalones oscuros, un sombrero de copa redonda, y sostenía un bastón. Se veía un fulgor rojizo alrededor de su boca, que disminuía y aumentaba de intensidad intermitentemente. Chaka detectó un olor parecido a hierba quemada.


—No se mueva —dijo en voz baja, incorporándose para enfrentarse a la aparición—. Tengo una pistola.


Él se giró, la miró con curiosidad y una nube de humo se elevó por encima de su cabeza. Sin duda, estaba fumando algo. Y el olor era inmundo.


—En efecto, la tiene —dijo él—. Espero que no la use.


No parecía demasiado impresionado.


—Lo digo en serio —dijo ella.


—Lo siento —dijo él con una sonrisa—. No tenía intención de despertarla.


Llevaba una camisa blanca y una cinta azul oscuro en el cuello. La cinta estaba salpicada de lunares blancos. Su cabello era blanco y sus rasgos toscos, casi fieros. Había algo de bulldog en su aspecto. Avanzó un par de pasos y se quitó el sombrero.


—¿Qué hace aquí? —pregunto ella—. ¿Quién es usted?


—Vivo aquí, jovencita.


—¿Dónde? —echó la mirada alrededor, a las paredes desnudas, que parecían moverse en la parpadeante luz.


—Aquí.


El hombre levantó los brazos para señalar la gruta y avanzó otro paso más. Ella miró rápidamente la pistola y luego a él.


—Ya esta suficientemente cerca —dijo ella—. No se mueva más o disparo.


—Estoy seguro de que no lo hará, jovencita —su semblante adusto se transformó en una amistosa sonrisa—. En realidad no soy peligroso.


—¿Está solo? —preguntó Chaka, echando una rápida mirada a sus espaldas. No se movía nada en las profundidades de la cueva.


—Ahora lo estoy. Antes estaba también Franklin. Y Abraham Lincoln. Y un cantante norteamericano. Un guitarrista, recuerdo. De hecho, antes éramos una gran multitud.


—No intente algún truco —dijo ella—, la primera bala va a usted.


—Es bueno tener visitantes de nuevo. Las últimas veces que he recorrido el lugar, el edificio siempre ha estado vacío.


—¿De verdad? ¿Qué edificio?


—Oh, sí. Antes atraíamos a grandes multitudes. Pero los bancos y la galería han desaparecido —paseó la mirada a su alrededor lentamente—. Me pregunto qué habrá pasado.


—¿Cómo se llama? —preguntó ella.


Él la miró perplejo. Casi como si le hubiera pillado por sorpresa.


—¿No lo sabe? —se apoyó en el bastón y la contempló detenidamente—. Entonces creo que esta conversación no tiene mucho sentido.


—¿Cómo iba a reconocerle? Nunca nos hemos visto —esperó su respuesta, pero cuando no llegó ninguna, continuó hablando—. Soy Chaka de Illyria.


El hombre se inclinó levemente.


—Supongo que en las presentes circunstancias debe llamarme Winston —se ciñó la chaqueta—. Hay corrientes de aire aquí. ¿Por que no nos arrimamos al fuego, Chaka de Illyria?


Si fuera hostil, ella y Quait ya estarían muertos. O peor. Bajó el arma y la enfundó en su cinturón.


—Me sorprende encontrar a alguien por aquí —dijo Chaka—. No se lo tome a mal, pero este lugar parece haber estado deshabitado desde hace mucho tiempo.


—Sí, así es, ¿verdad?


Chaka echó una ojeada a Quait, muerto para el resto del mundo. No le habría servido de mucha ayuda si hubieran sido atacados de noche por Tuks.


—¿De dónde viene? —preguntó ella.


—¿Disculpe?


—Llevamos aquí varios días. ¿Dónde ha estado?


—No estoy seguro —dijo él con expresión vacilante—. Sin duda he estado aquí. Siempre estoy aquí.


Se agachó con dificultad sobre el suelo y mantuvo las manos en alto cerca del fuego.


—Qué bien sienta.


—Hace frío.


—Supongo que no tendrán por casualidad algo de brandy.


¿Qué era brandy?


—No —respondió ella—. No tenemos.


—Lástima. Es bueno para los huesos viejos —se encogió de hombros y miró a su alrededor—. Qué raro. ¿Sabe usted lo que ha pasado?


—No —ella ni siquiera entendía la pregunta—. No tengo ni idea.


Winston colocó el sombrero sobre su regazo.


—El lugar parece bastante desolado —dijo él; de alguna forma, el hecho de la desolación adquirió un nuevo significado en el momento en que el lo mencionó—. Lamento decir que nunca antes había oído el nombre de Illyria. ¿Dónde está, si me permite la pregunta?


—A varias semanas hacia el suroeste. En el valle del Mawagondi.


—Comprendo —su tono de voz dejaba claro que no comprendía nada—. ¿Y quién es Mawagondi?


—Es un río. ¿En serio que no lo conoce?


Escudriñó los ojos de Chaka.


—Me temo que hay muchas cosas que desconozco —su humor pareció ensombrecerse—. ¿Están usted y su amigo de camino a casa? —preguntó.


—No —dijo ella—. Buscamos el Refugio.


—Sean bienvenidos a quedarse aquí —dijo Winston—. Pero no creo que lo encuentren muy acogedor.


—Gracias, no. Me refiero al Refugio, el Santuario. Y sé que suena ridículo.


Winston asintió, y su frente se arrugó. Había un fuego amenazador en sus ojos.


—¿Está cerca de Boston?


Chaka echó otro vistazo a Quait y se preguntó si debería despertarlo.


—No lo sé —respondió ella—. ¿Dónde está Boston?


Esto provocó que se le dibujara una amplia sonrisa.


—Bueno —dijo él—, ciertamente parece que uno de los dos está terriblemente perdido, me pregunto quién.


Ella divisó la chispa en sus ojos y le devolvió la sonrisa. Entendió lo que él le decía con su extraño acento: ambos estaban perdidos.


—¿Dónde está Boston? —volvió a preguntar Chaka.


—A unos sesenta y cinco kilómetros hacia el este. En línea recta por la autopista.


—¿Qué autopista? Ya no hay autopistas en ningún sitio. Al menos, yo no he visto ninguna.


La punta del cigarrillo maloliente se encendió y volvió a apagarse.


—Oh, Dios mío. Debe de haber pasado mucho tiempo. Ella dobló las rodillas y pasó los brazos alrededor.


—Winston, en realidad no entiendo la mayor parte de esta conversación.


—Ni yo tampoco —sus ojos miraron profundamente a los de ella—. ¿Y qué es ese Refugio?


Ella estaba impresionada por su ignorancia.


—No puede estar hablando en serio.


—Estoy hablando bastante en serio. Por favor, ilumíneme. Bueno, después de todo lo que él había pasado aquí en las tierras salvajes, ¿cómo podía esperar ella que él supiera tales cosas?


—El Refugio es el hogar de Abraham Polk —dijo esperanzada. Winston sacudió la cabeza tímidamente.


—Empiece de nuevo —dijo él.


—Polk vivió al final de la era de los Fabricantes de carreteras. Sabía que el mundo se hundía, que las ciudades estaban muriendo. Salvó lo que pudo. Los tesoros. El conocimiento. La historia. Todo. Y lo almacenó en una fortaleza con una entrada submarina.


—Una entrada submarina —dijo Winston—. ¿Y cómo se propone entrar?


—No creo que lo hagamos —dijo Chaka—. Creo que vamos a rendirnos en este punto y regresar a casa.


Winston asintió.


—El fuego se está apagando —dijo.


Chaka removió las brasas y añadió un tronco.


—Nadie sabe siquiera si Polk vivió realmente. Podría ser sólo una leyenda.


La luz inundó la entrada de la gruta. Unos segundos más tarde, un trueno retumbó.


—El Refugio suena muy parecido a Camelot —comentó.


¿Qué diablos era Camelot?


—Tú misma has dado a entender —continuó él tras tomarse unos segundos para saborear su hierba— que el mundo ahí fuera está en ruinas.


—Oh, no. El mundo ahí fuera es maravilloso.


—Pero ¿hay ruinas?


—Sí.


—¿Abundantes?


—Llenan los bosques, bloquean ríos, están tiradas en las aguas poco profundas de los puertos. Están por todas partes. Algunas incluso siguen activas, de una forma extraña. Por ejemplo, hay un tren que todavía funciona, y que nadie conduce.


—¿Y qué sabes sobre sus constructores? Chaka se encogió de hombros.


—Muy poco. Casi nada.


—¿Sus secretos están encerrados en ese Refugio?


—Sí.


—A los cuales usted renuncia.


—Estamos agotados, Winston.


—Su capacidad por sentir curiosidad me tiene pasmado, Chaka.


Maldita sea.


—Mire, es muy fácil señalar culpables con el dedo. No tiene ni idea de todo por lo que hemos pasado. Ni idea.


Winston la miró con calma.


—Estoy seguro de que no la tengo. Pero la recompensa es muy grande. Y el mar está cerca.


—Tan sólo quedamos dos —dijo ella.


—Los giros de la historia nunca han sido dirigidos por las multitudes —dijo—. Ni por los cautos. Siempre es el capitán solitario el que marca el rumbo.


—Todo ha terminado. Tendremos suerte si conseguimos llegar a casa vivos.


—Eso también podría ser cierto. Y sin duda perseguir su objetivo conlleva un gran riesgo. Pero usted debe decidir si la recompensa merece tal riesgo.


—Lo tendremos que decidir. Me acompaña un socio en esta misión.


—Él acatará su decisión. Depende de usted.


Ella intentó reprimir unas lágrimas de furia.


—Ya hemos hecho suficiente. Sería poco razonable continuar.


—La razón está con frecuencia sobrevalorada, Chaka. Hubiera sido razonable aceptar la oferta de Hitler en 1940.


—¿Qué?


Desechó el comentario con un gesto de la mano.


—No tiene importancia. Pero la razón, bajo presión, normalmente produce prudencia, cuando lo que se requiere es audacia.


—No soy una cobarde, Winston.


—No he dicho que lo sea.


Mordió con fuerza su palo de hierba. Una nube azul flotó hacia ella. Le hirió los ojos haciéndola retroceder.


—¿Es usted un fantasma? —preguntó ella. La pregunta no parecía en absoluto descabellada.


—Supongo que lo soy. Me he quedado un tanto descolgado por el reflujo de la marea —el fuego brillaba en sus ojos—. Me pregunto si, cuando un suceso ya no es recordado por ninguna persona con vida, este pierde todo su significado. Si es como si nunca hubiera ocurrido.


Quait se revolvió en sueños, pero no se despertó.


—Estoy segura de que no tengo ni idea —afirmó Chaka.


Durante un largo rato ninguno de los dos habló.


Winston se puso en pie.


—No me siento cómodo aquí —dijo.


Ella pensó que estaba expresando desagrado por ella.


—El suelo destroza a un hombre viejo. Y por supuesto tiene razón: debe decidir si piensa continuar. Camelot fue una tierra de nunca jamás. Su principal valor residía en el hecho de que tan sólo existía como idea. Quizás ocurre lo mismo con el Refugio.


—No —dijo ella—. Existe.


—¿Y hay alguien más que busque ese lugar?


—Nadie. Nosotros éramos la segunda misión que fracasó. Creo que ya no habrá más.


—Entonces, por todos los santos, Chaka de Illyria, debe preguntarse a sí misma por qué ha llegado hasta aquí. Por qué murieron sus compañeros. Qué es lo que busca.


—Dinero. Simple y llanamente. Los manuscritos antiguos tienen un valor incalculable. Nos habríamos hecho famosos en la Liga. Por eso vinimos.


Los ojos de Winston la miraban pensativos.


—Entonces, regresen —dijo—. Si se trata simplemente de una aventura comercial, denlo por perdido e inviertan su dinero en bienes inmuebles.


—¿Disculpe?


—Pero yo me apostaría lo que fuera a que esas no son las razones por las que se ha arriesgado tanto. Y que desea regresar porque ha olvidado por qué vino.


—Eso no es así —respondió ella.


—Por supuesto que es así. ¿Debo recordarle por qué decidió partir para viajar a un mundo desconocido con la esperanza de que quizás, sólo quizás, pudiera encontrar un lugar medio legendario?


Por unos instantes él pareció difuminarse, perder definición.


—El Refugio no tiene nada que ver con la fama o la riqueza. Si llega allí, si pudiera leer sus secretos, tendría todo eso, siempre que pudiera regresar a casa con ello. Pero usted habría adquirido algo infinitamente más valioso, y creo que usted lo sabe: habría descubierto quién es realmente. Hubiera sabido que es hija de las gentes que diseñaron la Acrópolis, que escribieron Hamlet, que viajaron hasta las lunas de Neptuno. ¿Sabe algo sobre Neptuno?


—No —dijo ella—. No lo creo.


—Entonces lo hemos perdido todo, Chaka. Pero usted puede recuperarlo. Si está dispuesta a cogerlo. Y si no es usted, entonces alguna otra persona. Pero vale la pena hacerlo, cueste lo que cueste.


Durante unos instantes, su imagen se fundió en la oscuridad.


—Winston —dijo ella—, no puedo verle. ¿Está todavía aquí?


—Estoy aquí. El sistema es viejo, y no se recarga —ella veía a través de él.


—Realmente es un fantasma —dijo ella.


—Es posible que no lo logren. Nada es seguro, a excepción de la dificultad y la penuria. Pero tenga coraje. Nunca se den por vencidos.


Ella lo miró.


—Nunca desfallezcan —dijo él.


Una gélida ráfaga recorrió el cuerpo de Chaka como un susurro, una sensación de que ya había estado allí, de que ya había conocido a ese hombre en otra vida.


—Usted me resulta vagamente familiar. ¿He visto su fotografía en algún sitio?


—Sin duda lo ignoro.


—Quizás sean esas palabras. Me suenan de algo.


Él la miró directamente a los ojos.


—Posiblemente —ella podía ver la entrada de la cueva y unas cuantas estrellas a través de la silueta del hombre—. Acuérdese, no importa lo que ocurra, pertenece a un grupo selecto. Un orgulloso grupo de hermanos. Y hermanas. Nunca estará sola.


Mientras lo observaba, él se esfumó hasta que sólo quedó el fulgor del puro.


Quait echó un vistazo al sol naciente. El cielo estaba claro.


—... Así es como ocurre en estos lugares. Parte es un espejismo, y parte es algo más. Pero hubiera deseado que me despertases.


—Y yo —montó y dio unas palmaditas a la grupa de su caballo—. Dijo que el mar está a tan sólo sesenta y cinco kilómetros.


Un cálido aire primaveral sopló a su alrededor.


—¿Quieres continuar?


—Quait, ¿alguna vez has oído hablar de Neptuno?


Él sacudió la cabeza.


—Quizás —dijo ella— podemos intentarlo después.



Fotografía real de Hiroshima en 1945.


El hecho de tener naciones con ojivas nucleares activas, hoy día, no es un peligro. Es un recordatorio, una carta de notificación, de la señora muerte, para toda la civilización humana. Ya tenemos fecha de vencimiento.


INTERLUDIO
Fragmento de TODOS LOS HERMOSOS CABALLOS de CORMAC MCARTHY. Si no lo has leído, corre a buscarlo. Es el mejor de todos.

“Su abuelo era el mayor de ocho chicos y el único que vivió más de veinticinco. Se ahogaron, les dispararon, les cocearon caballos. Perecieron en incendios. Solo parecía darles miedo morir en la cama.
Mataron a los dos últimos en Puerto Rico en 1898 y, aquel año, él se casó y llevó a su novia al rancho. Se retiró a contemplar sus posesiones y reflexionar largo rato sobre los designios de Dios y las leyes de la primogenitura.
Doce años más tarde, cuando su esposa murió en la epidemia de gripe, aún no tenían hijos. Un año después se casó con la hermana mayor de su difunta esposa y al año siguiente nació la madre del muchacho y ya no hubo más nacimientos.
El nombre de Grady fue enterrado con aquel anciano el día en que el viento del norte arrastró las sillas del prado por la hierba muerta del cementerio.
El nombre del muchacho era Cole. John Grady Cole”

Naturaleza muerta con Apocalipsis

Richard Kadrey


Richard Kadrey es un autor de éxito reciente. Su estilo es de descripciones profundas y escenarios deprimentes del futuro. Muy bueno para pensar paisajes posteriores al fin de la civilización.


Están sacando otro caballo del canal, su pelaje castaño reluce con un brillo rosa chicle producido por el freón. Cada noche, nuevos pozos brotan en la superficie desde las profundidades del subsuelo. Freón. Viejo aceite de motor. Agua pesada de misiles nucleares olvidados. Todos los días, unas cuantas docenas más de animales hambrientos se ahogan en las charcas estancadas.


Muerto y descoyuntado, el caballo se balancea como un muñeco de trapo cuando la pequeña grúa a diésel lo levanta ruidosamente de la porquería y lo deja en el muelle junto a los otros cuerpos. Bajo los focos industriales azulados, dividimos los cadáveres en Humanos y Animales, subdividimos los Animales en Mamíferos y Otros, luego subdividimos Otros en Vertebrados e Invertebrados, etc.


Comencé en Recuperación de Información, buscando documentos en oficinas del gobierno sumergidas, viejas bibliotecas y librerías. En una ocasión, entré en los archivos de la policía y me vi rodeado de fichas policiales y fotos de escenas de asesinatos y violaciones flotando. Entré en una oficina de Hacienda, donde un ciudadano insatisfecho había destripado a un inspector y luego había colocado las vísceras del burócrata en la fotocopiadora. Nadé a través de cientos de granulosos duplicados impresos de su hígado e intestinos. Entré en una librería de adultos y me llevé unos cuantos juguetes sexuales empapados y antiguos números de Carrusel. Tráete cualquier cosa útil, me dijeron, así que ¿por qué no? Todo lo que recuperaba iba a una enorme pila que debía ser organizada por los de Clasificación de Información.


Ojalá hubiera habido una guerra, una plaga o un nuevo y gigantesco Chernóbil. Algo que pudiéramos señalar y decir: «Eso es. Eso es lo que acabó con el Mundo». Pero no fue así.


Comenzó en Nueva York. O Londres. Bombay, posiblemente. Un accidente de tráfico sin importancia, sólo un rasguño, y alguien no llegó a una reunión, lo que significó que alguien no pudo enviar un fax, lo que a su vez provocó que alguien perdiera un avión. Ese alguien se enzarzó en una discusión con un taxista y recibió un tiro. Nadie sabe quién lo hizo. En todo caso, el disparo desató una revuelta. Las cámaras de televisión retransmitieron la revuelta callejera en directo en un país tan ahogado por la furia y la tensión que se reprodujeron revueltas desde Maine hasta Hawái. Cuando la cobertura mediática llegó a los satélites, estallaron revueltas espontáneas por todo el mundo.


En el aeropuerto de Helsinki, un grupo de portamaletas y trabajadoras del sexo en huelga lanzaron máquinas desde las ventanas del tercer piso sobre el parqueadero, matando a un diplomático español que estaba de visita. En Shanghái, los granjeros y los estudiantes comenzaron a arrasarlo todo, destruyendo a su paso los casinos en primera línea del océano recientemente construidos, quemaron los edificios y lanzaron billones de yuanes al mar. En Nueva Orleans, los niños asaltaron los cementerios a ras de tierra y arrastraron los muertos por las calles.


Volvieron a surgir antiguas rivalidades entre naciones, y envidias recientes. En todo el mundo, los gobiernos convocaron reuniones de emergencia. Muchos políticos consideraban la repentina erupción de violencia como un ataque contra sus ciudadanos por células terroristas. Otros clamaban que se trataba de una plaga bíblica, Ragnarök o el temprano advenimiento de los Rudras.


No sabría decir cuánto tiempo ha pasado desde que el mundo se rompió en pedazos. Todos los relojes parecen haberse parado. Un par de críos construyeron un reloj de sol, pero la mitad de las ciudades del mundo todavía arden y el cielo es una sopa de torbellinos de cenizas. Nos procuramos calor saqueando las bibliotecas por las que solía pasearme; quemamos primero los viejos periódicos, luego los catálogos de fichas, los best sellers y los libros de autoayuda, hasta finalmente llegar a las primeras ediciones.


Algunos días, el cielo se abre y llueven peces. En ocasiones piedras, o muñecas Barbie. Ayer noche cociné un salmón aéreo con una copia firmada de El gran Gatsby. Compartí el pescado con Natasha, una chica muda que maneja una de las grúas para levantar cadáveres de las charcas de freón. Ha estado viviendo conmigo en los muelles, en el barco contenedor que expropié. Maté a un hombre para hacerme con el contenedor y todavía tengo que descuartizar y cortar en trocitos en ocasiones a algún que otro allanador de moradas. Natasha no le tiene miedo a un cuchillo o a una barra de hierro y ella misma se ha encargado de varios intrusos. O al menos supongo que eran intrusos. En todo caso, nos aseguramos el suministro de carne.


No estoy seguro de que se le pueda llamar una relación romántica típica. Vivo con una chica que sabe hacer guantes con la piel de un caniche y hurga la basura buscando botas y ropa para mí, y siempre son de mi talla. Cultiva hierbas en una bañera en el tejado y decora nuestra casa con juguetes de cuerda y pedazos de estatuas rotas de museos saqueados. Echo de menos los helados, los descapotables e ir al cine. No soy tan idiota para pensar que soy más feliz desde que el mundo desapareció, pero, a excepción de las lluvias de piedras, tampoco soy más desgraciado.


Encontraron una capa de animales del zoo bajo la carretera desmoronada del puente de Williamsburg. Las gentes de allá han estado alimentándose principalmente de filetes de elefante y hamburguesas de jirafa. El gobierno local quiere que les ayudemos a recoger el resto de cadáveres, así que eso hacemos. Nadie pregunta por qué. Es algo que hacer. Además, los funcionarios se niegan a que el mundo acabe hasta que todos los impresos sean entregados, sellados con fecha y debidamente firmados. El Apocalipsis es el último estertor de la burocracia.


Tras la cena, Natasha y yo nos sentamos en la cubierta del carguero contemplando un campo lleno de coches de policía que se hunden lentamente en un pozo de alquitrán que acaba de brotar. Todos los del puerto están allí. Lanzamos un poderoso aullido cuando desaparece el último coche, borboteando, de la superficie.


¿Podría apagar las luces el último en irse del planeta, por favor?




La única compañía que tendremos después del final, seremos nosotros mismos.




EL JUICIO FINAL

Grimoria


Tal vez el apocalipsis sí sucederá, tal y como lo cuenta la biblia. Tal vez es solo cuestión de esperar. Tal vez es una ficción tan popular y entretenida como una saga de los Avengers.


Sí padre, muchas gracias. Sígame, por esta puerta.


Está muy oscuro aquí abajo. Se me olvidaba que en el derrumbe se ha llevado todo.


Dos caminantes, en completo traje de batalla entran en la nave de lo que solía ser la Catedral de Sal, la enorme cruz de sal tallada en la piedra emana una luz roja, el fuego de los últimos días llegó para quedarse. Bajo ella, hay un agujero que ilumina las tinieblas con luz verde.


Padre, ellos salieron por esta abertura.


Criaturas paganas. En verdad son engendros malévolos.


Tenga cuidado padre, aquí viene saliendo uno.


El guardia desenvainó su muy santificada pistola dorada y en forma de cruz, con la bendición del arzobispo, rezó el gloria tres veces para la protección.


La criatura alada, de piel escamada, del tamaño de un niño y de un hedor infernal se lanzó de lo alto del techo cavernoso. Como un caza Nazi silbó en el viento, peligrosa y mortífera. Con un pequeño paso hacia el lado, el guardia evadió el ataque e inmediatamente, como un reflejo muy entrenado, disparó contundente al animal. Un chillido parecido a una risa hizo eco en las paredes de cristales de sal, pero se silenció. El monje había puesto, amablemente su mano en la cabeza del monstruo, recitando en secreto rezos ocultos de alto poder.


Como si nunca hubiera existido, el animal se esparció en el aire, estallando en mil pedazos. Ambos se dieron la bendición y continuaron su camino.


Padre, los infiernos ascendieron de las tinieblas. Mírelo usted mismo.


El cura miró por el agujero que le señalaba su guía. En efecto, aquí había estado la pila bautismal. Los abismos infinitos desconocidos para todos se iluminaban con luces de llamas eternas.


En lo profundo, visiones de ejércitos infinitos, de criaturas deformes y perversidades se preparaban a la batalla. Los cantos paganos de las criaturas pedían por la caída del trono del rey de los judíos.


Era un aviso de guerra total por el control de la creación entera. En ese mundo, Satanás observaba como la enorme y horrible figura más grande de todos los infiernos. Una titánica visión del tirano dictador del inframundo.


Ésto era lo que quería ver. Los infiernos iniciaron su ataque, la guerra ya ha iniciado.


Cuando salieron de la caverna el combate estaba encarnecido. Bellas figuras andróginas, de alas de plumas impecables y de facciones perfectas, portaban las más brillantes y ornadas armaduras. Ellos luchaban a muerte con jinétes oscuros, liderando escuadrones de experimentados aviones caza de todas las naciones, que silbaban en el cielo, poblándolo de explosiones.


Las explosiones de bombas nucleares retumbaban en toda la tierra, levantando nubes en forma de hongo, marcadas con la santa cruz. Del cielo, como una lluvia de asteroides, caían los satélites desde el espacio.


La trompeta de Gabriel sonaba eterna en el firmamento, cubierto de fuego, liderando los ejércitos del bien.


Así fue el apocalipsis.



Georg Lemberger, c.1523

Y así será, el final de los tiempos, con Gabriel como una premonición y una constante en el caos destructivo del JUICIO FINAL.




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