El hombre lobo de París - Guy Endore

Actualizado: 9 sept 2021

Este fragmento es el Capítulo 6 de la obra de Guy Endore. Mientras que el resto de novela es una crítica a la modernidad desde una búsqueda del salvajismo francés, Guy Endore, un estadounidense, escribió este relato, sobre la caza de un hombre lobo. El cazador es el más peligroso de los oficios, el más odiado hoy, pero el más alabado en una época en donde los monstruos vivían junto a los pueblos.


Si algún día visitas el pequeño pueblo de Mont d’Arcy en el Yonne, podrás, tal vez escuchar cuentos de las grandes cacerías de lobos. Algunos habitantes cuentan relatos con detalles horripilantes sobre pelos y dientes. Algunos se contradicen, pero todos están de acuerdo en una sola criatura peligrosa.


Brammond, el Guardia Campestre, fue el primero en seguir el rastro del lobo. Adelante en el camino del bosque, encontró a dos corderos muertos. Las gargantas de los animales habían sido perforadas y la sangre evidentemente había sido succionada, el suelo no tenía manchas. Uno de los cuerpos había sido desmembrado, el otro, apenas tocado. La tierra aún húmeda mostraba huellas grandes e indistinguibles en la tierra.


El último lobo que había sido divisado en la región había sido cazado hace casi veinte años. Cualquier aparición de un lobo en estos lugares era considerada inusual. Brammond, fumando su pipa, frunciendo el ceño y carraspeando la garganta, vino a la conclusión de que el perpetrador de estos crímenes era un lobo. Y posiblemente un alfa, un líder de la manada, perdido de los suyos. Estos tipos de lobos son muy peligrosos, son astutos y son fieros.


Todos los incidentes sucedían junto a la finca del señor Vaubois: un magnífico pedazo de tierra que tenía unos cuantos bosques en su interior. Éste lobo pudo haberse escapado de estos negros matorrales, producto de toda clase de males. El señor Vaubois era un acaudalado pero ermitaño empresario. Nadie le veía seguido y siempre era callado y misterioso.


El viejo Brammond se dirigió al pueblo, temprano en la mañana. Primero se encontró al señor que trabaja en la finca de Vaubois, el señor Cortez. Le saludó y le avisó:


“Bonjour monsieur, tengo malas noticias para los de tu finca.”

“¿Encontraste los corderos?

“Medio comidos”

“Medio comidos?

“Lobos”

“Un lobo?”

“Tal vez uno, tal vez muchos, tal vez algo más”

“Jesús”.


Después se encontró con el señor Galliez, que después de saludarlo, le preguntó cómo estaba la mañana.

“Malas noticias, monsieur”

“¿Qué pasa Brammond?

“Lobos. Encontramos a dos corderos, medio comidos. Las marcas y la forma en la que murieron. Lobos y de la más extraña calidad, monsieur”.

“Debe ser un problema, los lobos están extintos en estos lares. Dicen que los zorros se llevan a las ovejas y corderos bebés”

“¿Te han faltado corderos?

“Puede que. Hemos perdido muchas gallinas y patos este mes. Les hemos puesto trampas, pero no hemos podido dar con el ladrón”.


Otra cuadra más abajo, a Brammond le detuvo el alcalde, un importante vendedor de vino de la región.

“Monsieur le maire, tengo malas noticias para usted” le dijo Brammond.

“Sí” dijo el alcalde “ eres al hombre que buscaba. Me han reportado dos corderos medio comidos y, a juzgar por los cuerpos, parece ser obra de una jauría de lobos. Monsieur Brammond, no te veo olfateando el rastro”.

“Lobos…” Brammond pensó

“Sí monsieur, lobos. Un peligro en estos días y una ofensa para nuestra civilización, que en este día, en pleno siglo diecinueve y con todos los adelantos de la ciencia, un lobo le quite el sustento a un hombre.

"pero, monsieur le maire, yo ya estaba en el−−"

"Esos lobos deben estar muertos en veinticuatro horas y sus restos enviados a la gendarmería para que queden expuestos en un museo: los últimos lobos del Yonne”.

"Oui, monsieur, sólo le quería decir que−−"

Le dio la espalda y le dejó hablando solo.


Entonces, en cuanto el alcalde se fue, una cuadra después salió Le Vellón, el engreído bravucón del pueblo, gritando a los cuatro vientos:

“Brammond, mon vieux! ¿Cómo estás? ¿Sabes que todos te buscan? Dicen que ya estás imaginando lobos ¿Qué no sabes que no se ve uno hace más de veinte años?

“Cállate” Gritó Brammond.

"Cortéz trajo los cuerpos aquí, yo los ví… muy extraños.”

“Eso solo explica que el muy tonto que los trajo no sabe nada. No sabe cazar lobos, los cuerpos se dejan en el lugar, los lobos siempre vuelven a comerse la carroña.”

Brammond entonces supo que estaba en juego su prestigio como cazador. Todos esperaban que él hiciera algo. Entonces se colgó su arma y arrancó, camino al monte, a buscar más pistas.


En los días que siguieron, no se supo nada más del lobo o la jauría. Pero el diablo muestra su cola cuando hablan de él y los lobos mostraron la suya, pues volvieron a ser la conversación del pueblo en una semana. Otro cordero había sido encontrado, su garganta abierta de la misma manera y sus tripas, en ningún lugar. Gallinas y patos siguieron desapareciendo.

Varias personas, en diferentes momentos, afirmaron haber visto al lobo. En otoño, un nuevo incidente despertó el misterio de nuevo.


La pequeña Pernette, regresando de la casa de su tía, vió, mientras estaba en el borde de la finca de Vaubois, a un perro enorme, más grande que una vaca. El animal se le lanzó. Ella gritó y corrió. El animal la lanzó al suelo y ella perdió el conocimiento. Cuando se despertó, solo vio la roja luna llena, estaba sola en medio del bosque, ella dijo que estaba en su guarida. El animal adoraba a extraños ídolos del bosque y hablaba con sonidos humanos pero con lenguas extrañas. Ella se escabulló, corrió a casa y contó su historia.

Ella estaba tan traumada que solo decía sí o no a las preguntas que le hacían. Sin embargo una porción de la aldea se armó de antorchas y picas y otras herramientas del campo. Otras personas, pensaron que Pernette había sido atacada por algún migrante. Pero todas, todas las personas se encerraron en las noches en sus fincas, seguros de que el lobo no era un ser ordinario, sino una obra del mismo diablo.



Angus McBride - Werewolves. Este artista de las islas británicas es famoso por sus trabajos en la famosa revista para niños Finding Out. El hombre lobo vigila las casas de los humanos, envidiándoles por cargar con una maldición.


Una noche, justo antes del amanecer, Brammond estaba atravesando la campiña, encharcada por agua posada de las lluvias que no cesaban. La tierra estaba cubierta de lodo y cerca del agua crecía una densa capa de hongos. Él estaba soñando despierto, cuando, en otra colina, se asomó un lobo. Un lobo, no había duda, del tamaño de un oso. Estaba jorobado, alimentándose de una presa, masticando ruidosamente la carroña.


Ignorando los martilleos de su corazón, Brammond observó cuidadosamente y calculó la distancia del tiro. Tras el sonido, se vió, rápido, como una bengala, al animal de cuatro patas y casi una tonelada, huyendo por el pantano. El lobo estaba sumido en un charco de sangre y agua, su panza apenas sobresaliendo de lo rápido que corrió cuando escuchó el disparo. Brammond tenía tiempo para un segundo. Recargó, seguro de que había herido a la bestia, pero no. Ese tiro era casi imposible de fallar, él vió que había dado en el blanco, él escuchó la bala insertarse, él escuchó el gemido de dolor del animal.


Y Brammond siguió la caza y persiguió a su víctima, pero no encontró rastro, salvo la carcasa de animal a medio comer. Pero las huellas no eran de lobo, al menos no una. Había una que era de pie humano.


Él ya sabía a lo que se enfrentaba. Al hombre lobo, castigado por Dios a devorar a los hombres.


Brammond llegó a su casa y tomó un crucifijo que había en la sala. Tomó un hacha de plata y otros armamentos ocultos en una caja bajo su cama.


“Cera” le ordenó a su mujer

“¿Qué haces con mi crucifijo hombre?” le dijo su mujer “Ese es el que está rezado por el arzobispo de Avignon”.

“Mejor aún. Mujer! Ahora dame cabello de tu cabeza”

Y ella muy sorprendida para resistirse, le permitió arrancarle varios pelos. Él puso varios cabellos en una bala de escopeta y los cubrió con cera, después, retiró los cabellos.

“Para que escape el aire” habló para sí mismo.

“Qué aire?”


Entonces Brammond prendió la estufa. Retiró con cuidado la cera, que ahora era un molde y lo puso a secar en la ventana. Entonces, tomó el crucifijo, lo fundió y resistió los chillidos de su esposa ante la destrucción de su valiosa reliquia. Entonces vertió la plata líquida en el molde. La pulió para hacerla perfecta y, entrecerrando un ojo dijo:


“Escapa de esta, cochina artimaña de Lucifer”


El mismo Belcebú moriría de un tiro de una bala de plata santificada por un arzobispo. Entonces, tomando su mente de cazador, se preparó para la eterna espera y vigilancia. Se sentó en el monte, a la mejor vista y se quedó quieto como una roca.


Pasaron semanas y llegó el invierno y el lobo no pasó frente a sus ojos. No se había ido, los reportes de aves perdidas y corderos muertos eran cada vez mayores. Y el animal seguía escapando de Brammond.


Una noche lluviosa, con la tierra cubierta de nieve y el cielo nublado, él encontró a su presa. El animal no se había percatado de su presencia, pero estaba con el viento en contra, dificultando un tiro.


Brammond rezó, lenta y silenciosamente mientras avanzaba tan cautelosamente como le era posible. A veinte pasos, tan cerca que podía ver cada detalle del monstruoso animal, su pelaje sucio y gris, sus orejas puntiagudas apuntando al cielo, sus ojos grandes, brillando en la oscuridad, como el ser del inframundo que era. El animal, consciente de su peligro, le miró y olisqueó el viento. Se preparó para correr, pero Brammond disparó.


La bestia colapsó.


“Muerde esta!”


Reino el silencio y Brammond se acercó muy lentamente al cuerpo. Tomó una piedra del suelo y apuntó.


La lanzó.


Era una trampa, la bestia se levantó y corrió.


Y empezó la parte final de la caza. Brammond corrió tras el lobo, las huellas eran fáciles de seguir. La Sangre y la nieve eran como letreros que anunciaban a la muerte, presta a trabajar. Entonces las manchas de sangre empezaron a verse cada vez menos y a intervalos más largos. Entonces la sangre dejó de verse sobre la nieve, pero las huellas estaban muy frescas. El animal cojeaba, más fácil para Brammond.


Cuando el Guardia Campestre llegó y miró sobre los campos y no había nada qué mirar. El camino principal cruzaba por aquí y las huellas se habían entremezclado con las de los viajeros. Un animal no cruzaría por un camino humano ¿Se perdió en los arbustos? ¿Qué pasó con la criatura?


Brammond se detuvo en la mitad del camino y observó. Nada, no se veía nada salvo la silenciosa noche que lo rodeaba. Él no pudo escuchar nada salvo su propia profunda y pesada respiración. Asustado por el silencio y por la poca naturalidad de lo que estaba presenciando, pensó y pensó.


Entonces un miedo se apoderó de él y comenzó a rezar y a correr y a escuchar pasos de suaves patas sobre la dura nieve. Y se acordó de una historia, del sabueso del infierno y de los terribles perros negros que guían a cazadores a las puertas del averno, esos que viven en los cementerios abandonados.


Él era un hombre ordinario, de nervios fuertes, pero de músculos débiles. El cansancio le impidió trotar. Su arma ya pesaba mucho y la lanzó hacia un lado para correr mejor y, entonces, lo vió, un lobo del tamaño de un oso corría por el bosque, negro como la noche, con ojos vigilantes fijados en él, le cazaba, le guiaba hacia una segura emboscada. El cazador fue cazado.


Entonces Brammond se detuvo en seco y corrió a toda velocidad por su arma que había caído al suelo. Él la tomó y corrió de vuelta.


El lobo no se veía, estaba oculto, pero Brammond le olía, instinto de maestro cazador. Levantó su arma y disparó. La bestia se detuvo, había fallado el tiro. Se dio la vuelta y se lanzó hacia Brammond, que, a su vez, gritando fuertemente tomó su arma como un bate y la estalló sobre la cabeza del lobo. Los huesos crujieron como papel y la sangre, sesos y dientes volaron en todas las direcciones.


Jadeando, Brammond recogió los trozos de su arma y sacó la bala de plata de las entrañas del animal. Lo pateó y agradeció a dios.


De inmediato, se dio cuenta que en el cuello, la bestia, llevaba un collar, uno de hombre, un crucifijo de oro, puesto al revés. Finalmente, se recostó sobre el suelo, tomaría una siesta sobre el cadáver de su trofeo de caza, la figura monstruosa del señor Veaubois como hombre lobo.


Cuando lo encontraron más tarde no había cuerpo de ningún monstruo a su lado.