El Hobbit - Capítulo 1 Una Visita Inesperada

Actualizado: 30 ago 2021

Adaptado al colombiano por Grimoria. Las traducciones que nos llegaron en Colombia del Señor de los Anillos estaban realizadas en España, junto con muchas otras cosas que no se conseguían fácil con una adaptación. Siguiendo la idea de la recursividad del lenguaje de Noam Chomsky , es necesario adaptar las obras literarias constantemente, pues la riqueza del lenguaje está ligada a la complejidad de las relaciones sociales, económicas y ambientales que lo determinan. Aquí tenemos, entonces, una reelaboración, capítulo a capítulo, de la obra magistral de J.R.R. Tolkien, épica, fantástica y eterna. Aquí esperamos revivir el espíritu heróico que cada uno de nosotros debe despertar: el héroe de la obra no es Thorin o Aragorn, que son las figuritas del partido, el verdadero campeón es Frodo, es Bilbo, que pueden encontrar en la perseverancia toda la fuerza para realizar hazañas imposibles. Todos podemos realizarlo, es un mensaje de aliento que quiere dar Grimoria a todos sus lectores.


Ahora, tengamos una aventura.


En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con gusanos y olor a feo, ni tampoco un agujero seco, con tierra y viejo, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit y eso significa comodidad. Tenía una puerta redonda, pintada de verde, con una cerradura dorada y brillante, justo en el medio. Adentro tenía un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes de madera y pisos con alfombras, con sillas finas y montones y montones de ganchitos para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. Le gustaban mucho. El túnel se extendía serpeando y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, baños, bodegas, armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas y comedores. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y las montañas de más allá, hacia donde está el río.


Este hobbit era un hobbit de plata y tenía por apellido Bolsón. Los Bolsón habían vivido aquí desde hacía muchísimo tiempo y la gente los respetaba mucho, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo.


Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de sus vecinos, pero ganó... Bueno, ya ustedes me dirán si al final ganó algo.

La madre de nuestro hobbit particular... primero que todo ¿Qué es un hobbit? Supongo que los hobbits necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos con la Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron) gente bajita de la mitad de nuestra talla, y más pequeños que los enanos barbados. Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna magia en ellos, excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio y rápidamente, cuando gente grande y tonta como vosotros o yo se acerca sin mirar por dónde va, con un ruido de elefantes que puede oírse desde bien lejos. Tienden a ser gruesos de vientre, panzones; visten de colores brillantes (sobre todo verde y amarillo les encanta); no usan zapatos, porque en los pies tienen piel gruesa y mucho pelo castaño y rizado, en bolitas, como el que les crece en las cabezas; los dedos son largos, mañosos y morenos, los rostros amables, y se ríen con profundas y jugosas risas (especialmente después de comer, lo que hacen ocho veces al día, cuando pueden).


Ahora que saben lo suficiente como para continuar el relato. Como iba diciendo, la madre de este hobbit —o sea, Bilbo Bolsón — era la famosa Belladonna Tuk, una de las tres extraordinarias hijas del Viejo Tuk, el papá de los hobbits que vivían al otro lado del río de Delagua. Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era, desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo raro en ellos y de cuando en cuando miembros de la familia Tuk salían a tener aventuras. Salían a viajar muy lejos y regresaban con historias maravillosas de magos y dragones, de reyes muy antiguos y muy valerosos, de princesas guerreras que acababan con el mal del mundo y de niños valientes que no tenían miedo.


Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura después de convertirse en la señora de Bungo Bolsón. Bungo, el papá de Bilbo, le construyó el agujeró, la casa hobbit más lujosa, que pudiera encontrarse bajo La Colina o sobre La Colina o al otro lado de Delagua, y allí se quedaron hasta el fin de sus vidas. Es probable que Bilbo, hijo único, aunque se parecía y se comportaba exactamente como su papá, firme y comodón, tuviese alguna rareza Tuk.


Cuando Bilbo Bolsón fue un adulto de casi cincuenta años y vivía en el hermoso agujero-hobbit era su casa, una mañana de hace mucho mucho tiempo, cuando había menos ruido y más verde y los hobbits eran todavía numerosos y prósperos, Bilbo Bolsón estaba de pie en la puerta de su casa, después del desayuno, fumando una enorme y larga pipa de madera que casi le llegaba a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados y lavados con shampoo), Gandalf apareció de pronto. ¡Gandalf! Si ustedes solo oyeran un cuarto de lo que yo he oído de él, y he oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estarían preparados para cualquier especie de cuento raro Cuentos y aventuras brotaban por donde quiera que pasara, de la forma más extraordinaria. Gandalf no había visitado la casa de los Bolsón desde que murió su amigo el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era. Había estado lejos, más allá de La Colina y del otro lado de Delagua por asuntos particulares, desde el tiempo en que todos ellos eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.


Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón. Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda gris brillante sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras. —¡Buenos días! — dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las cejas largas y espesas—¿Qué quieres decir? — pregunto — ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno?


—Todo eso a la vez —dijo Bilbo—. Y un día estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si llevas una pipa encima, sientate aquí y toma un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos todo el día por delante! —entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo las piernas, y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó en el aire sin romperse, y se alejó flotando sobre La Colina. —¡Muy bonito! —dijo Gandalf— Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de humo. Busco a alguien con quien compartir una aventura que estoy planeando, y es difícil dar con él.


—Pienso lo mismo... En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan el almuerzo No me explico por qué atraen a la gente —dijo nuestro señor Bolsón, y metiendo un pulgar detrás de sus tirantes, pues usaba tirantas de colores, lanzó otro anillo de humo más grande aun. Luego se puso a leer, fingiendo ignorar al viejo, Pero el viejo no se movió. Gandalf permaneció apoyado en el bastón observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se sintió bastante incómodo y aun un poco enfadado.


—¡Buenos días! —dijo al fin—. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué no intenta buscar a alguien en otro lado? —Con esto daba a entender que la conversación había terminado.

—¡Para cuántas cosas usas el Buenos días!, —dijo Gandalf—. Ahora quieres decirme que intentas deshacerte de mí y que no serán buenos hasta que me vaya. —¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor!—. Veamos, no creo conocerte...


—¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor Bilbo Bolsón! Y tú también sabes el mío, aunque no me unas a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy yo! ¡Quién iba a pensar que un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días como si yo fuese vendiendo botones de puerta en puerta!


—¡Gandalf Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No eres tu el mago errante que dio al Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no se desabrochaban hasta que les dabas una orden? ¿No eres tu quien contaba en las reuniones aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y rescates de princesas v la inesperada fortuna de los hijos de madre soltera? ¿No el hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos artificiales y esa pólvora tan excelentes? ¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en navidad. ¡Espléndidos! Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego que quedaban en el aire durante toda la tarde ¿No eres tu el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes se fueran en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos... o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Dios mío!, la vida era bastante pacífica entonces quiero decir, en un tiempo tuviste la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios. Te pido perdón, pero no tenía ni idea de que todavía estés vivo.


—¿Dónde si no iba a estar? —dijo el mago—. De cualquier modo me complace descubrir que aún recuerdas algo de mí. Al menos, parece que recuerdas con cariño mis fuegos artificiales, y eso es reconfortante. Y en verdad, por la memoria de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo que has pedido. —Perdón, ¡yo no he pedido nada!


—¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos como para embarcarte en una aventura. Muy divertida para mi, muy buena para ti... y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo.


—¡Discúlpame! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero para a tomar tinto cuando quieras ¿Por qué no mañana? ¡Sí, ven mañana! ¡Adiós! —Con esto el hobbit se metió en su casa por redonda puerta verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin ser grosero. Al fin y al cabo, un mago es un mago. "¡Para qué diablos le dije que viniera mañana!" se dijo Bilbo cuando iba hacia la cocina. Acababa de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelito o dos y un trago de algo le sentarían bien después del sobresalto.


Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al cabo de un rato subió y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la hermosa puerta verde del hobbit. Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el momento en que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible aventura.

Al día siguiente, Bilbo casi se había olvidado de Gandalf. Él no recordaba muy bien las cosas, pero tenía una libreta en donde anotaba todo y ahí decía; de este modo: Gandalf Té Miércoles.


Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró y puso el agua a hervir, sacó otra taza y un platillo y un pastel o dos más y corrió a la puerta.


—¡Siento de veras haberle hecho esperar! —iba a decir, cuando vio que en realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón dorado, y ojos muy brillantes. Tan pronto como la puerta se abrió, entró deprisa como si le estuviesen esperando.


Colgó la capa encapuchada en el ganchito más cercano y dijo —¡Dwalin a su servicio! — dijo saludando con una reverencia.


—¡Bilbo Bolsón al suyo! —dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para hacer cualquier pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a hacerse incómodo, añadió— Estoy a punto de tomar el té; por favor siga y tome un poco conmigo. —Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué harían ustedes, si un enano llegara de momento y colgara sus cosas en la sala de su casa sin dar explicaciones?


Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer pastelillo, cuando resonó otro campanillazo todavía más estridente y fuerte.


—¡Discúlpame! —dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.


—¡Así que al fin has venido viejo Brujo! —Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf. Pero no era Gandalf. En cambio vio en la puerta a un enano que parecía muy viejo, de barba blanca y capa rojo escarlata y éste también entró de un salto tan pronto como la puerta se abrió, como si fuera un invitado.


—Veo que ya han empezado a llegar —dijo cuando vio el abrigo verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y —¡Balin a su servicio! —dijo con la mano en el pecho.

—¡Gracias! —dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada. Le gustaban las visitas, aunque prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible presentimiento de que los pasteles no le iban a alcanzar y como conocía las obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran penosas, quizá él se quedara sin ninguno. —¡Entre, y sírvase una taza de té! —consiguió decir luego de tomar aliento.


—Un poco de cerveza me iría mejor, si no le importa, mi buen señor —dijo Balin, el de la barba blanca— Pero no me incomodaría un pastelito, un pastelito de pollo y tal vez dos empanadas.


—¡Muchas! —se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y se encontró, también, corriendo a la bodega para echar en una jarra una pinta de cerveza, y después a la despensa a recoger dos sabrosos pastelitos de pollo que había hecho esa tarde para el refrigerio, de después de la comida y el penúltimo de antes de comer.

Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa como viejos amigos (en realidad eran hermanos). Bilbo depositó la cerveza y el pastel delante de ellos, cuando de nuevo se oyó un fuerte campanillazo, y después otro.


"¡Gandalf de seguro esta vez!" pensó mientras resoplaba por el pasillo. Pero no; eran dos enanos más, ambos con capas azules, cinturones de plata y barbas amarillas; y cada uno de ellos llevaba una bolsa de herramientas y una pala. Saltaron adentro, tan pronto la puerta empezó a abrirse. Bilbo ya apenas se sorprendió.


—¿En qué puedo yo servirles, mis queridos enanos? —dijo.


—¡Kili a su servicio! —dijo uno—. ¡Y Fíli! —añadió el otro; y ambos se quitaron a toda prisa las capas azules e hicieron una reverencia.


—¡Al suyo y al de su familia! —replicó Bilbo, recordando esta vez sus buenos modales. —Veo que Dwalin y Balin están ya aquí —dijo Kili— ¡Unámonos al tropel! "¡Tropel!" pensó el señor Bolsón.


No me gusta el sonido de esa palabra. Necesito sentarme un minuto y recapacitar, y echarme un trago. Sólo había alcanzado a mojarse los labios, en un rincón, mientras los cuatro enanos se sentaban en torno a la mesa, y charlaban sobre minas y oro y problemas con los trasgos, y las depredaciones de los dragones, y un montón de otras cosas que él no entendía, y no quería entender, pues parecían demasiado aventureras, cuando, din—don—dan, la campana sonó de nuevo, como si algún travieso niño hobbit intentase arrancar el timbre.


—¡Alguien más a la puerta! —dijo, parpadeando.


—Por el sonido yo diría que unos cuatro —dijo Fíli—. Además, los vimos venir detrás de nosotros a lo lejos.


El pobrecito hobbit se sentó en la sala y apoyando la cabeza en las manos, se preguntó qué había pasado, y qué pasaría ahora, y si todos se quedarían a cenar. En ese momento la campana sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo que correr hacia la puerta. Y no eran cuatro, sino cinco. Otro enano se les había acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué ocurría. Apenas había girado la manija y ya todos estaban dentro, haciendo reverencias y diciendo uno tras otro "a su servicio". Dori, Nori, Ori, Óin, y Glóin eran sus nombres, y al momento dos capas de color púrpura, una gris, una castaño y una blanca, colgaban de los ganchitos y allá fueron los enanos con las manos anchas metidas en los cinturones de oro y plata a reunirse con los otros. Ya casi eran un tropel. Unos pedían cerveza del país, otros cerveza negra, uno café, y todos ellos pastelitos; así que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un rato.


Una gran cafetera había sido puesta en la cocina, los pastelitos de semillas ya se habían acabado, y los enanos empezaban una ronda de panes con mantequilla, cuando de pronto... un fuerte golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc—toc en la preciosa puerta verde del hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!


Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado y compungido; éste era el miércoles más desagradable que pudiera recordar. Abrió la puerta de un bandazo, y todos rodaron dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y detrás Gandalf, apoyado en su vara y riendo. Había hecho una muesca bastante grande en la hermosa puerta; por cierto, también había borrado la marca secreta que había puesto allí la mañana anterior.


—¡Tranquilidad, tranquilidad! —dijo—. ¡No es propio de ti, Bilbo, tener a los amigos esperando y luego abrir la puerta de sopetón! ¡Déjame presentarte a Bifur, Bofur, Bombur, y sobre todo a Thorin!

—¡A tu servicio! —dijeron Bifur, Bofur y Bombur los tres en hilera. En seguida colgaron dos capas amarillas y una verde pálido; y también una celeste con una gran borla de plata. Esta última pertenecía a Thorin, un enorme e importante enano, de hecho nada más y nada menos que el propio Thorin Escudo de Roble, a quien no le gustó nada caerse con Bifur, Bofur y Bombur sobre él. Ante todo, Bombur era enormemente gordo y pesado. Thorin era muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor Bolsón le repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó al fin:


—Le ruego no lo mencione más — y dejó de fruncir el ceño. —¡Vaya, ya estamos todos aquí! —dijo Gandalf, mirando la hilera de trece capas, una muy vistosa colección de capas, y su propio sombrero colgados en los ganchitos. ¡Qué alegre reunión! ¡Espero que quede algo de comer y beber para los que llegaron tarde! ¿Qué es eso? ¡Té! ¡No, gracias! Para mí un poco de vino tinto. —Y también yo —dijo Thorin.


—Y mermelada de fresa y torta de manzana—dijo Bifur.

—Y pasteles de carne y queso —dijo Bofur.

—Y pastel de carne de cerdo y también ensalada—dijo Bombur.

—Y más pasteles, y cerveza, y café, si no te importa—gritaron los otros enanos al otro lado de la puerta.

—Prepara unos huevos con salchicha. ¡Qué gran amigo!—gritó Gandalf mientras el hobbit corría a las despensas. ¡Y saca el pollo frío y unos chorizos!


"¡Parece conocer el interior de mi nevera tanto como yo!" pensó el señor Bolsón, que se sentía del todo desconcertado y empezaba a preguntarse si la más lamentable aventura no había ido a caer justo a su propia casa. Cuando terminó de apilar las botellas y los platos y los cuchillos y los t