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El Hobbit - Capítulo 1 Una Visita Inesperada

Actualizado: 30 ago 2021

Adaptado al colombiano por Grimoria. Las traducciones que nos llegaron en Colombia del Señor de los Anillos estaban realizadas en España, junto con muchas otras cosas que no se conseguían fácil con una adaptación. Siguiendo la idea de la recursividad del lenguaje de Noam Chomsky , es necesario adaptar las obras literarias constantemente, pues la riqueza del lenguaje está ligada a la complejidad de las relaciones sociales, económicas y ambientales que lo determinan. Aquí tenemos, entonces, una reelaboración, capítulo a capítulo, de la obra magistral de J.R.R. Tolkien, épica, fantástica y eterna. Aquí esperamos revivir el espíritu heróico que cada uno de nosotros debe despertar: el héroe de la obra no es Thorin o Aragorn, que son las figuritas del partido, el verdadero campeón es Frodo, es Bilbo, que pueden encontrar en la perseverancia toda la fuerza para realizar hazañas imposibles. Todos podemos realizarlo, es un mensaje de aliento que quiere dar Grimoria a todos sus lectores.


Ahora, tengamos una aventura.


En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con gusanos y olor a feo, ni tampoco un agujero seco, con tierra y viejo, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit y eso significa comodidad. Tenía una puerta redonda, pintada de verde, con una cerradura dorada y brillante, justo en el medio. Adentro tenía un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes de madera y pisos con alfombras, con sillas finas y montones y montones de ganchitos para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. Le gustaban mucho. El túnel se extendía serpeando y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, baños, bodegas, armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas y comedores. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y las montañas de más allá, hacia donde está el río.


Este hobbit era un hobbit de plata y tenía por apellido Bolsón. Los Bolsón habían vivido aquí desde hacía muchísimo tiempo y la gente los respetaba mucho, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo.


Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de sus vecinos, pero ganó... Bueno, ya ustedes me dirán si al final ganó algo.

La madre de nuestro hobbit particular... primero que todo ¿Qué es un hobbit? Supongo que los hobbits necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos con la Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron) gente bajita de la mitad de nuestra talla, y más pequeños que los enanos barbados. Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna magia en ellos, excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio y rápidamente, cuando gente grande y tonta como vosotros o yo se acerca sin mirar por dónde va, con un ruido de elefantes que puede oírse desde bien lejos. Tienden a ser gruesos de vientre, panzones; visten de colores brillantes (sobre todo verde y amarillo les encanta); no usan zapatos, porque en los pies tienen piel gruesa y mucho pelo castaño y rizado, en bolitas, como el que les crece en las cabezas; los dedos son largos, mañosos y morenos, los rostros amables, y se ríen con profundas y jugosas risas (especialmente después de comer, lo que hacen ocho veces al día, cuando pueden).


Ahora que saben lo suficiente como para continuar el relato. Como iba diciendo, la madre de este hobbit —o sea, Bilbo Bolsón — era la famosa Belladonna Tuk, una de las tres extraordinarias hijas del Viejo Tuk, el papá de los hobbits que vivían al otro lado del río de Delagua. Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era, desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo raro en ellos y de cuando en cuando miembros de la familia Tuk salían a tener aventuras. Salían a viajar muy lejos y regresaban con historias maravillosas de magos y dragones, de reyes muy antiguos y muy valerosos, de princesas guerreras que acababan con el mal del mundo y de niños valientes que no tenían miedo.


Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura después de convertirse en la señora de Bungo Bolsón. Bungo, el papá de Bilbo, le construyó el agujeró, la casa hobbit más lujosa, que pudiera encontrarse bajo La Colina o sobre La Colina o al otro lado de Delagua, y allí se quedaron hasta el fin de sus vidas. Es probable que Bilbo, hijo único, aunque se parecía y se comportaba exactamente como su papá, firme y comodón, tuviese alguna rareza Tuk.


Cuando Bilbo Bolsón fue un adulto de casi cincuenta años y vivía en el hermoso agujero-hobbit era su casa, una mañana de hace mucho mucho tiempo, cuando había menos ruido y más verde y los hobbits eran todavía numerosos y prósperos, Bilbo Bolsón estaba de pie en la puerta de su casa, después del desayuno, fumando una enorme y larga pipa de madera que casi le llegaba a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados y lavados con shampoo), Gandalf apareció de pronto. ¡Gandalf! Si ustedes solo oyeran un cuarto de lo que yo he oído de él, y he oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estarían preparados para cualquier especie de cuento raro Cuentos y aventuras brotaban por donde quiera que pasara, de la forma más extraordinaria. Gandalf no había visitado la casa de los Bolsón desde que murió su amigo el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era. Había estado lejos, más allá de La Colina y del otro lado de Delagua por asuntos particulares, desde el tiempo en que todos ellos eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.


Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón. Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda gris brillante sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras. —¡Buenos días! — dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las cejas largas y espesas—¿Qué quieres decir? — pregunto — ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno?


—Todo eso a la vez —dijo Bilbo—. Y un día estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si llevas una pipa encima, sientate aquí y toma un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos todo el día por delante! —entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo las piernas, y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó en el aire sin romperse, y se alejó flotando sobre La Colina. —¡Muy bonito! —dijo Gandalf— Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de humo. Busco a alguien con quien compartir una aventura que estoy planeando, y es difícil dar con él.


—Pienso lo mismo... En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan el almuerzo No me explico por qué atraen a la gente —dijo nuestro señor Bolsón, y metiendo un pulgar detrás de sus tirantes, pues usaba tirantas de colores, lanzó otro anillo de humo más grande aun. Luego se puso a leer, fingiendo ignorar al viejo, Pero el viejo no se movió. Gandalf permaneció apoyado en el bastón observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se sintió bastante incómodo y aun un poco enfadado.


—¡Buenos días! —dijo al fin—. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué no intenta buscar a alguien en otro lado? —Con esto daba a entender que la conversación había terminado.

—¡Para cuántas cosas usas el Buenos días!, —dijo Gandalf—. Ahora quieres decirme que intentas deshacerte de mí y que no serán buenos hasta que me vaya. —¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor!—. Veamos, no creo conocerte...


—¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor Bilbo Bolsón! Y tú también sabes el mío, aunque no me unas a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy yo! ¡Quién iba a pensar que un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días como si yo fuese vendiendo botones de puerta en puerta!


—¡Gandalf Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No eres tu el mago errante que dio al Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no se desabrochaban hasta que les dabas una orden? ¿No eres tu quien contaba en las reuniones aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y rescates de princesas v la inesperada fortuna de los hijos de madre soltera? ¿No el hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos artificiales y esa pólvora tan excelentes? ¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en navidad. ¡Espléndidos! Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego que quedaban en el aire durante toda la tarde ¿No eres tu el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes se fueran en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos... o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Dios mío!, la vida era bastante pacífica entonces quiero decir, en un tiempo tuviste la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios. Te pido perdón, pero no tenía ni idea de que todavía estés vivo.


—¿Dónde si no iba a estar? —dijo el mago—. De cualquier modo me complace descubrir que aún recuerdas algo de mí. Al menos, parece que recuerdas con cariño mis fuegos artificiales, y eso es reconfortante. Y en verdad, por la memoria de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo que has pedido. —Perdón, ¡yo no he pedido nada!


—¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos como para embarcarte en una aventura. Muy divertida para mi, muy buena para ti... y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo.


—¡Discúlpame! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero para a tomar tinto cuando quieras ¿Por qué no mañana? ¡Sí, ven mañana! ¡Adiós! —Con esto el hobbit se metió en su casa por redonda puerta verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin ser grosero. Al fin y al cabo, un mago es un mago. "¡Para qué diablos le dije que viniera mañana!" se dijo Bilbo cuando iba hacia la cocina. Acababa de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelito o dos y un trago de algo le sentarían bien después del sobresalto.


Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al cabo de un rato subió y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la hermosa puerta verde del hobbit. Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el momento en que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible aventura.

Al día siguiente, Bilbo casi se había olvidado de Gandalf. Él no recordaba muy bien las cosas, pero tenía una libreta en donde anotaba todo y ahí decía; de este modo: Gandalf Té Miércoles.


Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró y puso el agua a hervir, sacó otra taza y un platillo y un pastel o dos más y corrió a la puerta.


—¡Siento de veras haberle hecho esperar! —iba a decir, cuando vio que en realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón dorado, y ojos muy brillantes. Tan pronto como la puerta se abrió, entró deprisa como si le estuviesen esperando.


Colgó la capa encapuchada en el ganchito más cercano y dijo —¡Dwalin a su servicio! — dijo saludando con una reverencia.


—¡Bilbo Bolsón al suyo! —dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para hacer cualquier pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a hacerse incómodo, añadió— Estoy a punto de tomar el té; por favor siga y tome un poco conmigo. —Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué harían ustedes, si un enano llegara de momento y colgara sus cosas en la sala de su casa sin dar explicaciones?


Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer pastelillo, cuando resonó otro campanillazo todavía más estridente y fuerte.


—¡Discúlpame! —dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.


—¡Así que al fin has venido viejo Brujo! —Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf. Pero no era Gandalf. En cambio vio en la puerta a un enano que parecía muy viejo, de barba blanca y capa rojo escarlata y éste también entró de un salto tan pronto como la puerta se abrió, como si fuera un invitado.


—Veo que ya han empezado a llegar —dijo cuando vio el abrigo verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y —¡Balin a su servicio! —dijo con la mano en el pecho.

—¡Gracias! —dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada. Le gustaban las visitas, aunque prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible presentimiento de que los pasteles no le iban a alcanzar y como conocía las obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran penosas, quizá él se quedara sin ninguno. —¡Entre, y sírvase una taza de té! —consiguió decir luego de tomar aliento.


—Un poco de cerveza me iría mejor, si no le importa, mi buen señor —dijo Balin, el de la barba blanca— Pero no me incomodaría un pastelito, un pastelito de pollo y tal vez dos empanadas.


—¡Muchas! —se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y se encontró, también, corriendo a la bodega para echar en una jarra una pinta de cerveza, y después a la despensa a recoger dos sabrosos pastelitos de pollo que había hecho esa tarde para el refrigerio, de después de la comida y el penúltimo de antes de comer.

Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa como viejos amigos (en realidad eran hermanos). Bilbo depositó la cerveza y el pastel delante de ellos, cuando de nuevo se oyó un fuerte campanillazo, y después otro.


"¡Gandalf de seguro esta vez!" pensó mientras resoplaba por el pasillo. Pero no; eran dos enanos más, ambos con capas azules, cinturones de plata y barbas amarillas; y cada uno de ellos llevaba una bolsa de herramientas y una pala. Saltaron adentro, tan pronto la puerta empezó a abrirse. Bilbo ya apenas se sorprendió.


—¿En qué puedo yo servirles, mis queridos enanos? —dijo.


—¡Kili a su servicio! —dijo uno—. ¡Y Fíli! —añadió el otro; y ambos se quitaron a toda prisa las capas azules e hicieron una reverencia.


—¡Al suyo y al de su familia! —replicó Bilbo, recordando esta vez sus buenos modales. —Veo que Dwalin y Balin están ya aquí —dijo Kili— ¡Unámonos al tropel! "¡Tropel!" pensó el señor Bolsón.


No me gusta el sonido de esa palabra. Necesito sentarme un minuto y recapacitar, y echarme un trago. Sólo había alcanzado a mojarse los labios, en un rincón, mientras los cuatro enanos se sentaban en torno a la mesa, y charlaban sobre minas y oro y problemas con los trasgos, y las depredaciones de los dragones, y un montón de otras cosas que él no entendía, y no quería entender, pues parecían demasiado aventureras, cuando, din—don—dan, la campana sonó de nuevo, como si algún travieso niño hobbit intentase arrancar el timbre.


—¡Alguien más a la puerta! —dijo, parpadeando.


—Por el sonido yo diría que unos cuatro —dijo Fíli—. Además, los vimos venir detrás de nosotros a lo lejos.


El pobrecito hobbit se sentó en la sala y apoyando la cabeza en las manos, se preguntó qué había pasado, y qué pasaría ahora, y si todos se quedarían a cenar. En ese momento la campana sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo que correr hacia la puerta. Y no eran cuatro, sino cinco. Otro enano se les había acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué ocurría. Apenas había girado la manija y ya todos estaban dentro, haciendo reverencias y diciendo uno tras otro "a su servicio". Dori, Nori, Ori, Óin, y Glóin eran sus nombres, y al momento dos capas de color púrpura, una gris, una castaño y una blanca, colgaban de los ganchitos y allá fueron los enanos con las manos anchas metidas en los cinturones de oro y plata a reunirse con los otros. Ya casi eran un tropel. Unos pedían cerveza del país, otros cerveza negra, uno café, y todos ellos pastelitos; así que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un rato.


Una gran cafetera había sido puesta en la cocina, los pastelitos de semillas ya se habían acabado, y los enanos empezaban una ronda de panes con mantequilla, cuando de pronto... un fuerte golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc—toc en la preciosa puerta verde del hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!


Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado y compungido; éste era el miércoles más desagradable que pudiera recordar. Abrió la puerta de un bandazo, y todos rodaron dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y detrás Gandalf, apoyado en su vara y riendo. Había hecho una muesca bastante grande en la hermosa puerta; por cierto, también había borrado la marca secreta que había puesto allí la mañana anterior.


—¡Tranquilidad, tranquilidad! —dijo—. ¡No es propio de ti, Bilbo, tener a los amigos esperando y luego abrir la puerta de sopetón! ¡Déjame presentarte a Bifur, Bofur, Bombur, y sobre todo a Thorin!

—¡A tu servicio! —dijeron Bifur, Bofur y Bombur los tres en hilera. En seguida colgaron dos capas amarillas y una verde pálido; y también una celeste con una gran borla de plata. Esta última pertenecía a Thorin, un enorme e importante enano, de hecho nada más y nada menos que el propio Thorin Escudo de Roble, a quien no le gustó nada caerse con Bifur, Bofur y Bombur sobre él. Ante todo, Bombur era enormemente gordo y pesado. Thorin era muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor Bolsón le repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó al fin:


—Le ruego no lo mencione más — y dejó de fruncir el ceño. —¡Vaya, ya estamos todos aquí! —dijo Gandalf, mirando la hilera de trece capas, una muy vistosa colección de capas, y su propio sombrero colgados en los ganchitos. ¡Qué alegre reunión! ¡Espero que quede algo de comer y beber para los que llegaron tarde! ¿Qué es eso? ¡Té! ¡No, gracias! Para mí un poco de vino tinto. —Y también yo —dijo Thorin.


—Y mermelada de fresa y torta de manzana—dijo Bifur.

—Y pasteles de carne y queso —dijo Bofur.

—Y pastel de carne de cerdo y también ensalada—dijo Bombur.

—Y más pasteles, y cerveza, y café, si no te importa—gritaron los otros enanos al otro lado de la puerta.

—Prepara unos huevos con salchicha. ¡Qué gran amigo!—gritó Gandalf mientras el hobbit corría a las despensas. ¡Y saca el pollo frío y unos chorizos!


"¡Parece conocer el interior de mi nevera tanto como yo!" pensó el señor Bolsón, que se sentía del todo desconcertado y empezaba a preguntarse si la más lamentable aventura no había ido a caer justo a su propia casa. Cuando terminó de apilar las botellas y los platos y los cuchillos y los tenedores y los vasos y las fuentes y las cucharas y demás cosas en grandes bandejas, estaba acalorado, rojo como la grana y muy fastidiado. —¡Malditos y condenados enanos! —dijo en voz alta— ¿Por qué no vienen y me echan una mano?——Y he aquí que allí estaban Balin y Dwalin en la puerta de la cocina, y Fíli y Kili tras ellos, y antes de que pudiese decir cuchillo, ya se habían llevado a toda prisa las bandejas y un par de mesas pequeñas al salón, y allí colocaron todo otra vez. Gandalf se puso a la cabecera, con los trece enanos alrededor, y Bilbo se sentó en un taburete junto al fuego, mordisqueando una galleta (había perdido el apetito) e intentando aparentar que todo era normal y de ningún modo una aventura. Los enanos comieron y comieron, charlaron y charlaron, y el tiempo pasó. Por último echaron atrás las sillas, y Bilbo se puso en movimiento, recogiendo platos y vasos.


—Supongo que se van a quedar todos a dormir —dijo en uno de sus más educados y reposados tonos.

—¡Claro que sí! —dijo Thorin— y después también. No nos meteremos en el asunto hasta más tarde, y antes podemos hacer un poco de música. ¡Ahora a levantar las mesas!

En seguida los doce enanos —no Thorin, él era demasiado importante, y se quedó charlando con Gandalf— se incorporaron de un salto, e hicieron enormes pilas con todas las cosas. Allá se fueron, sin esperar por las bandejas, llevando en equilibrio en una mano las columnas de platos, cada una de ellas con una botella encima, mientras el hobbit corría detrás casi dando chillidos de miedo: —¡Por favor, cuidado! —y— ¡Por favor, no se molesten! Yo me las arreglo —. Pero los enanos no le hicieron caso y se pusieron a cantar:


¡Ohhh, ¿ya oyeron, señores?


Dice que les "quitaremos el filo"


El cubierto arruinó


Moler botellas, quemar corchos


Triza vasos y rompe ollaaaaaas


¡¡LO QUE BILBO BOLSÓN MÁS ODIA!!


En el mesón grasa botar


Los huesos sobre el alfombrao


Al suelo leche derramaaaaaaar


¡¡LO QUE BILBO BOLSÓN MÁS ODIA!!


Vierte todo en un gran cazón


Usa un palo para moler


Y si una entera al final quedooooooo


Va rodando al corredor


Vino en puertas salpicar


¡¡LO QUE BILBO BOLSÓN MÁS ODIA!!


En el mesón grasa botar


Los huesos sobre el alfombrao


Al suelo leche derramaaaaaaar


Vierte todo en un gran cazón


Usa un palo para moler


Y si una entera al final quedooooooo


Vino en puertas salpicar


Va rodando al corredor


Vino en puertas salpicar


¡¡LO QUE BILBO BOLSÓN MÁS ODIA!!


Y desde luego no hicieron ninguna de estas cosas terribles, y todo se limpió y se guardó a la velocidad del rayo, mientras el hobbit daba vueltas y más vueltas en medio de la cocina intentando ver qué hacían. Al fin regresaron, y encontraron a Thorin con los pies en la chimenea fumándose una pipa. Tenía ya toda una nube alrededor, y a la luz indistinta parecía una figura extraña y fantasmagórica. Bilbo permanecía inmóvil y observaba.


—¡Ahora un poco de música! —dijo Thorin—. ¡Saquen los instrumentos! Kili y Fíli se apresuraron a buscar las bolsas y trajeron unos pequeños violines; Dori, Nori y Ori sacaron unas flautas de algún bolsillo; Bombur tamborileó desde el vestíbulo; Bifur y Bofur salieron también, y volvieron con unos clarinetes que habían dejado entre los bastones. Dwalin y Balin dijeron:


—¡Disculpadme, dejé el mío en el porche! —Y Thorin dijo: —¡Trae el mío también! —


Regresaron con unas violas tan grandes como ellos mismos, y con el arpa de Thorin envuelta en una tela verde. Era una hermosa arpa dorada, y cuando Thorin la rasgueó, los otros enanos empezaron juntos a tocar una música, tan súbita y dulcemente que Bilbo olvidó todo lo demás, y fue transportado a unas tierras distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de Delagua y muy lejos del agujero hobbit bajo La Colina.


La oscuridad penetró en la habitación por la ventanita que se abría en la ladera, verde azulado en una noche alunada; el fuego parpadeaba —era abril— y aún seguían tocando, mientras la sombra de la barba de Gandalf danzaba contra la pared.


La oscuridad invadió toda la habitación, y el fuego se extinguió y las sombras se borraron; y todavía seguían tocando. Y de pronto, uno primero y luego otro, mientras tocaban, entonaron el canto grave que antaño cantaran los enanos, en lo más hondo de las viejas moradas, y estas líneas son como un fragmento de esa canción, aunque no hay comparación posible sin la música.


Surcaré, montañas nubladas hoy,

cavernas hay, allá donde voy…

Hay que partir, al sol salir,

y un viejo oro, descubrir.

Rugían pinos, en la altitud,

vientos plañía de noche al sur.

Un fuego vi, cerca de allí,

y ardían bosques, con gran luz.


Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las cosas hermosas hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los corazones de los enanos. Entonces algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón. Miró por la ventana. Las estrellas asomaban fuera en el cielo oscuro, sobre los árboles. Pensó en las joyas de los enanos que brillaban en las cavernas tenebrosas. De repente, en el bosque de más allá de Delagua se alzó un fuego, —quizá alguien encendía una hoguera— y pensó en dragones devastadores que invadían la pacífica Colina envolviendo todo en llamas. Se estremeció; y en seguida volvió a ser el sencillo señor Bolsón, de Bolsón Cerrado, Sotomonte otra vez.


Se incorporó temblando. Tenía muy pocas ganas de traer la lámpara, y apenas un poco más de pretender que iba a buscarla y marcharse y esconderse luego en la bodega detrás de los barriles de cerveza y no salir más hasta que los enanos se fueran. De pronto advirtió que la música y el canto habían cesado y que todos lo miraban con ojos brillantes en la oscuridad.


—¿Adónde vas? —le preguntó Thorin, en un tono que parecía querer mostrar que adivinaba los pensamientos contradictorios del hobbit.


—¿Qué les parece un poco de luz? —dijo Bilbo disculpándose.


—Nos gusta la oscuridad —dijeron todos los enanos—. ¡Oscuridad para asuntos oscuros! Faltan aún muchas horas hasta el alba.


—¡Por supuesto! —dijo Bilbo, y volvió a sentarse a toda prisa. No le acertó al taburete y se sentó en cambio en el guardafuegos, derribando con estrépito el atizador y la pala.


—¡Silencio! —dijo Gandalf—. ¡Que hable Thorin! —Y así fue como Thorin empezó.


—¡Gandalf, enanos y señor Bolsón! Nos hemos reunido en casa de nuestro amigo y compañero conspirador, este hobbit de lo más excelente y audaz. ¡Que nunca se le caiga el pelo de los pies! ¡Toda nuestra alabanza al vino y la cerveza de la región! —Se detuvo a tomar un respiro y a esperar una cortés observación del hobbit, pero al pobre Bilbo se le habían agotado las cortesías, y movía la boca tratando de protestar porque lo habían llamado audaz, y peor que eso, compañero conspirador aunque no emitió ningún sonido; se sentía de veras estupefacto. De modo que Thorin continuó:


—Nos hemos reunido aquí para discutir nuestros planes, medios, política y recursos. Emprenderemos ese largo viaje poco antes que rompa el día, un viaje que para algunos de nosotros, o quizá para todos (excepto para nuestro amigo y consejero, el ingenioso mago Gandalf) quizá sea un viaje sin retorno. Este es un momento solemne. Nuestro objetivo, supongo, todos lo conocemos bien. Para el estimable señor Bolsón, y quizá para uno o dos de los enanos más jóvenes (creo que acertaría si nombrara a Kili y a Fíli, por Ejemplo), la situación exacta y actual podría necesitar de una breve explicación... Esté era el estilo de Thorin. Era un enano importante. Si se lo hubieran permitido, quizá habría seguido así hasta quedarse sin aliento, sin dejar de decir a cada uno algo ya sabido. Pero lo interrumpieron de mal modo. El pobre Bilbo no pudo soportarlo más. Cuando oyó quizá sea un viaje sin retomo empezó a sentir que un chillido le subía desde dentro, y muy pronto estalló como el silbido de una locomotora a la salida de un túnel. Todos los enanos se pusieron en pie de un salto derribando la mesa. Gandalf golpeó el extremo de la vara mágica que emitió una luz azul, y en el resplandor se pudo ver al pobre hobbit de rodillas sobre la alfombra junto al hogar, temblando como una gelatina que se derrite. En seguida cayó de bruces al suelo, y se puso a gritar:


—¡Alcanzado por un rayo, alcanzado por un rayo, alcanzado por un rayo, me mataron, ay no!

—una y otra vez, y eso fue todo lo que pudieron sacarle durante largo tiempo. Así que lo levantaron y lo tumbaron en un sofá de la sala, con un trago a mano, y volvieron a sus oscuros asuntos.


—Excitable el compañerito —dijo Gandalf, mientras se sentaban de nuevo—. Tiene extraños y graciosos ataques, pero es uno de los mejores: tan fiero como un dragón en apuros.


Si han visto alguna vez un dragón en apuros, comprenderan que esto sólo podía ser una exageración poética aplicada a cualquier, hobbit, aun a Toro Bramador, el tío bisabuelo del Viejo Tuk, tan enorme (como hobbit) que hasta podía montar a caballo. En la batalla de los Campos Verdes había cargado contra las filas de trasgos del Monte Gram, y blandiendo una porra de madera le arrancó de cuajo la cabeza al rey Golfimbul. La cabeza salió disparada unas cien yardas por el aire y fue a dar a la madriguera de un conejo, y de esta forma, y a la vez, se ganó la batalla y se inventó el juego de golf. Mientras tanto, sin embargo, el más gentil descendiente de Toro Bramador volvía a la vida en la sala de estar. Al cabo de un rato y luego de un trago se arrastró nervioso hacia la puerta. Esto fue lo que oyó; hablaba Glóin: —¡Hum! —o un bufido semejante—. ¿Creéis que servirá? Está muy bien que Gandalf diga que este hobbit es fiero, pero un chillido como ése en un momento de excitación bastaría para despertar al dragón y al resto de la parentela, y matamos a todos. ¡Creo que sonaba más a miedo que a excitación! En verdad, si no fuese por la señal en la puerta, juraría que habíamos venido a una casa equivocada. Tan pronto como eché una ojeada a ese pequeñajo que se sacudía y resoplaba sobre el felpudo, tuve mis dudas. ¡Más parece un tendero que un saqueador!


En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La vena Tuk había ganado. De pronto sintió que si se quedaba sin cama ni desayuno podría parecer realmente fiero. En cuanto al pequeñajo que se sacudía sobre el felpudo casi le hizo perder la cabeza. Más tarde, y a menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo que hizo entonces, y se diría: — Bilbo, fuiste un tonto; te decidiste a entrar y metiste la pata.


—Perdón—dijo—, si por casualidad he oído lo que estaban diciendo. No pretendo entender lo que hablan, ni esa referencia a saqueadores, pero no creo equivocarme si digo que sospechan que no sirvo —esto es lo que él llamaba no perder la dignidad—. Lo demostraré. No hay señal alguna en mi puerta, se pintó la semana anterior, y estoy seguro de que han venido a la casa equivocada. Desde el momento en que vi vuestras extrañas caras en el umbral tuve mis dudas. Pero digamos que es la casa correcta. Diganme lo que quieran que haga y lo intentaré, aunque tuviera que ir desde aquí hasta el Este del Este y luchar con los hombres gusanos del Ultimo Desierto. Tuve, una vez, un tío architatarabuelo, Toro Bramador Tuk, y...


—Sí, sí, pero eso fue hace mucho —dijo Glóin— Estaba hablando de tí. Y te aseguro que hay una marca en esta puerta: la normal en el negocio, o la que hasta hace poco era normal. Saqueador nocturno busca un buen trabajo, con mucha Excitación y Remuneración razonable, así es como todo el mundo la entiende. Puedes decir Buscador Experto de Tesoros en vez de saqueador si lo prefieres. Algunos lo hacen. Para nosotros es lo mismo. Gandalf nos dijo que había un hombre de esas características por estos lugares, que buscaba un trabajo inmediato, y que habían concertado una cita este miércoles, aquí y a la hora del té.


—Claro que hay una marca —dijo Gandalf—. La puse yo mismo. Por muy buenas razones. Me pediste que encontrara al hombre catorceavo para vuestra expedición, y elegí al señor Bilbo. Basta que alguien diga que elegí al hombre o la casa equivocada y podéis quedaros en trece y tener toda la mala suerte que quieras, o volver a picar carbón.


Clavó la mirada con tal ira en Glóin que el enano se acurrucó en la silla; y cuando Bilbo intentó abrir la boca para hacer una pregunta, se volvió hacia él con el ceño fruncido, adelantando las cejas espesas, hasta que el hobbit cerró la boca de golpe. —Está bien —dijo Gandalf—. No discutamos más. He elegido al señor Bolsón y eso tendría que bastar a todos. Si digo que es un saqueador nocturno, lo es de veras, o lo será llegado el momento. Hay mucho más en él de lo que imaginan y mucho más de lo que él mismo se imagina. Tal vez (posiblemente) aun vivan todos para agradecérmelo. Ahora Bilbo, muchacho, ¡vete a buscar la lámpara y pongamos un poco de luz a todo esto! Sobre la mesa, a la luz de una gran lámpara de pantalla roja, Gandalf extendió un trozo de pergamino bastante parecido a un mapa.



Mapa de la película El Hobbit, un viaje inesperado, del genialísimo Peter Jackson y como se puede encontrar en la completísima Tolkienpedia.


—Esto lo hizo Thror, tu abuelo, Thorin —dijo respondiendo a las excitadas preguntas de los enanos— Es un plano de la Montaña.

—No creo que nos sea de gran ayuda —dijo Thorin desilusionado, tras echar un vistazo—. Recuerdo la Montaña muy bien, así como las tierras que hay por allí. Y sé dónde está el Bosque Negro, y el Brezal Marchito, donde se crían los grandes dragones. —Hay un dragón señalado en rojo sobre la Montana —dijo Balin—, pero será bastante fácil encontrarlo sin eso, si alguna vez llegamos allí.


—Hay también un punto del que no se han dado cuenta —dijo el mago—, y es la entrada secreta ¿Ven esa runa en el lado oeste y la mano que apunta hacia ella desde las otras runas? Eso indica un pasadizo oculto a los Salones Inferiores. —Miren el mapa al principio de este libro, y allí verán las runas. —Puede que en otra época fuese secreto —dijo Thorin—, pero ¿Cómo sabremos si todavía lo es? El Viejo Smaug ha vivido allí mucho tiempo y ha de conocer bien esas cuevas.


—Tal vez... pero no pudo haberlo utilizado desde hace años y años.


—¿Por qué?


—Porque es demasiado pequeño. Cinco pies de altura y tres pasan con holgura, dicen las runas, pero Smaug no podría arrastrarse por un agujero de ese tamaño, ni siquiera cuando era un dragón joven, y menos después de haber devorado tantos enanos y hombres de Valle.


—Pues a mí me parece un agujero bastante grande— chilló Bilbo que nada sabía de dragones, y en cuanto a agujeros sólo conocía los de los hobbits. Se sentía otra vez excitado e interesado, y olvidó mantener la boca cerrada. Le encantaban los mapas, y en el vestíbulo colgaba uno enorme del País Redondo con todos sus caminos favoritos marcados en tinta roja—, ¿Cómo una puerta tan grande pudo haber sido un secreto para todo el mundo, aun sin contar al dragón? —preguntó. Recordad que era sólo un pequeño hobbit.


—De muchos modos —dijo Gandalf—. Pero cómo ha quedado oculta, no lo sabremos sin antes ir a mirar. Por lo que dice el mapa me imagino que hay una puerta cerrada que

no se distingue del resto de la ladera. El método común entre los enanos, ¿no es cieno? —Muy cierto—dijo Thorin.


—Además —prosiguió Gandalf—, olvidé mencionar que con el mapa venía una llave, una llave pequeña y rara. ¡Hela aquí! —dijo, y dio a Thorin una llave de plata, larga, de dientes intrincados—. ¡Guárdala bien!

—Así lo haré —dijo Thorin, y la enganchó en una cadenilla que le colgaba del cuello bajo la chaqueta—. Ahora las cosas parecen más prometedoras. Estas noticias les dan mejor aspecto. Hasta hoy no teníamos una idea demasiado clara de lo que podíamos hacer. Pensábamos marchar hacia el Este en silencio y con toda la cautela posible, hasta llegar a Lago Largo. Las dificultades empezarían después...


—Mucho antes, si algo sé de los caminos del Este—interrumpió Gandalf. —Podríamos subir desde allí bordeando el Río Rápido —dijo Thorin sin prestar atención—, y luego hasta las ruinas de Valle, la vieja ciudad a la sombra de la Montaña. Pero a ninguno nos gustaba mucho la idea de la Puerta Principal. El río sale justo ahí atravesando el gran risco al sur de la Montaña, y de ahí sale también el dragón, muy a menudo desde hace tiempo, a menos que haya cambiado de costumbres.


—Eso no sería bueno —dijo el mago—, no sin un guerrero poderoso, o aun un héroe. Intenté conseguir uno; pero los guerreros están todos ocupados luchando entre ellos en tierras lejanas, y en esta vecindad los héroes son escasos, o al menos no se los encuentra. Las espadas están aquí casi todas embotadas, las hachas se utilizan para cortar árboles y los escudos como cunas o cubrefuentes; y para comodidad de todos, los dragones están muy lejos (y de ahí que sean legendarios). Por este motivo me dediqué a merodear de noche, sobre todo desde que recordé la existencia de una puerta lateral. Y aquí tenemos a nuestro pequeño Bilbo Bolsón, el saqueador, electo y selecto. Así que continuemos y hagamos planes.


—Muy bien —dijo Thorin—, supongamos entonces que el experto mismo nos da alguna idea o sugerencia. —Se volvió con una cortesía burlona hacia Bilbo. —En primer lugar me gustaría saber un poco más del asunto —dijo Bilbo sintiéndose confuso y un poco agitado por dentro, pero bastante Tuk todavía y decidido a seguir adelante— Me refiero al oro y al dragón, y todo eso, y cómo llegar allí y a quién pertenece, etcétera, etcétera.


—¡Eso es! —dijo Thorin—, ¿no tienes un mapa? ¿Y no has oído nuestro canto? ¿Y acaso no hemos estado hablando de esto durante horas?


—Aun así, me gustaría saberlo todo clara y llanamente —dijo Bilbo con obstinación, adoptando un aire de negocios (por lo común reservado para gente que trataba de pedirle dinero), y tratando por todos los me dios de parecer sabio, prudente, profesional, y estar a la altura de la recomendación de Gandalf— También me gustaría conocer los riesgos, los gastos, el tiempo requerido y la remuneración, etcétera. —Lo que quería decir: "¿Qué sacaré de esto? ¿Y regresaré con vida?"


—Oh, muy bien —dijo Thorin— Hace mucho, en tiempos de mi abuelo Thror, nuestra familia fue expulsada del lejano Norte y vino con todos sus bienes y herramientas a esta Montaña del mapa. La había descubierto mi lejano antepasado, Thrain el Viejo, pero entonces abrieron minas, excavaron túneles y construyeron galerías y talleres más grandes... y creo además que encontraron gran cantidad de oro y también piedras preciosas. De cualquier modo se hicieron inmensamente ricos, y mi abuelo fue de nuevo Rey bajo la Montaña y tratado con gran respeto por los mortales, que vivían al Sur y poco a poco se extendieron río arriba hasta el valle al pie de la Montaña. Allá, en aquellos días, levantaron la alegre ciudad de Valle. Los reyes mandaban buscar a nuestros herreros y recompensar con largueza aun a los menos hábiles. Los padres nos rogaban que tomásemos a sus hijos como aprendices y nos pagaban bien, sobre todo con provisiones, pues nosotros nunca sembrábamos, ni buscábamos comida. Aquellos días sí que eran buenos, y aun el más pobre tenía dinero para gastar y prestar, y ocio para fabricar objetos hermosos sólo por diversión, para no mencionar los más maravillosos juguetes mágicos, que hoy ya no se encuentran en el mundo. Así los salones de mi abuelo se llenaron de armaduras, joyas, grabados y copas, y el mercado de juguetes de Valle fue el asombro de todo el Norte. Sin duda eso fue lo que atrajo al dragón. Los dragones, saben, roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos dondequiera que puedan encontrarlos, y guardan el botín mientras viven (lo que en la práctica es para siempre, a menos que los maten), y ni siquiera disfrutan de un anillo de hojalata. En realidad apenas distinguen una pieza buena de una mala, aunque en general conocen bien el valor que tienen en el mercado; y no son capaces de hacer nada por sí mismos, ni siquiera arreglarse una escamita suelta en la armadura que llevan. Por aquellos días había muchos dragones en el Norte, y es posible que el oro empezara a escasear allá arriba, con enanos que huían al Sur o eran asesinados, y la devastación general y la destrucción que los dragones provocaban y que iba en aumento. Había un dragón que era muy ambicioso, fuerte y malvado, llamado Smaug. Un día echó a volar y llegó al Sur.


-Lo primero que oímos fue un ruido como de un huracán que venía del norte, y los pinos en la Montaña crujían y rechinaban con el viento. Algunos de los enanos que en ese momento estábamos fuera (yo era por fortuna uno de ellos, un muchacho apuesto y aventurero en aquellos días, siempre vagando por los alrededores, y eso me salvó entonces), bien, vimos desde bastante lejos al dragón que se posaba en nuestra montaña en un remolino de fuego. Luego bajó por las laderas, y los bosques empezaron a arder. Ya para entonces todas las campanas repicaban en Valle y los guerreros se armaban. Los enanos salieron corriendo por la puerta grande; pero allí estaba el dragón esperándolos. Nadie escapó por ese lado. El río se transformó en vapor y una niebla cayó sobre ellos y acabó con la mayoría de los guerreros: la triste historia de siempre, sólo que en aquellos días era demasiado común. Luego retrocedió, arrastrándose a través de la Puerta Principal, y destrozó todos los salones, aceras, túneles, callejuelas, bodegas, mansiones y pasadizos. Después de eso no quedó enano vivo dentro, y el dragón se apoderó de todas las riquezas. Quizá, pues es costumbre entre los dragones, haya apilado todo en un gran montón muy adentro y duerma sobre el tesoro utilizándolo como cama. Más tarde empezó a salir de vez en cuando arrastrándose por la puerta grande y llegaba a Valle de noche, y se llevaba gente, especialmente doncellas, para comerlas en la cueva, hasta que Valle quedó arruinada y toda la gente murió o huyó. Lo que pasa allí ahora no lo sé con certeza, pero no creo que nadie viva hoy entre la Montaña y la orilla opuesta del Lago Largo.


Los pocos de nosotros que estábamos fuera, y así nos salvamos, llorábamos a escondidas y maldecíamos a Smaug y allí nos encontramos inesperadamente con mi padre y mi abuelo, que tenían las barbas chamuscadas. Parecían muy preocupados, pero hablaban muy poco. Cuando les pregunté cómo habían huido me dijeron que callase, que algún día a su debido tiempo ya me enteraría. Luego escapamos, y tuvimos que ganarnos la vida lo mejor que pudimos en todas aquellas tierras, y muy a menudo llegamos a trabajar en herrerías o aun en minas de carbón. Pero nunca olvidamos el tesoro robado. E incluso ahora, en que he de admitir que hemos acumulado alguna riqueza y no estamos tan mal —en este momento Thorin acarició la cadena de oro que le colgaba del cuello— todavía pretendemos recuperarlo y hacer que nuestras maldiciones caigan sobre Smaug... si podemos.


Con frecuencia me pregunté sobre la fuga de mi padre y mi abuelo. Pienso ahora que tenia que haber una puerta lateral secreta que sólo ellos conocían. Pero por lo visto hicieron un mapa, y me gustaría saber cómo Gandalf se apoderó de él, y por qué no llegó a mí, el legítimo heredero.


—Yo no me apoderé de él, me lo dieron —dijo el mago—. Quizá recuerdes que tu abuelo Thror fue asesinado en las minas de Moria por Azog el Trasgo, —Maldito sea su nombre, sí —dijo Thorin.

—Y Thrain, tu padre, se marchó un veintiuno dé abril, se cumplieron cien años el jueves pasado; y desde entonces nunca se lo ha vuelto a ver... —Cierto, cierto —dijo Thorin.


—Bien, tu padre me dio esto para que te lo diera; y si elegí el momento y el modo de entregarlo, no puedes culparme, teniendo en cuenta las dificultades que tuve para dar contigo. Tu padre no recordaba ni su propio nombre cuando me pasó el papel, y nunca me dijo el tuyo; de modo que en última instancia tendrías que alabarme y agradecérmelo. Toma, aquí está —dijo entregando el mapa a Thorin.


—No lo entiendo —dijo Thorin, y Bilbo sintió que le gustaría decir lo mismo. La explicación no parecía explicar nada.


—Tu abuelo —dijo el mago pausada y seriamente— le dio el mapa a su hijo para mayor seguridad antes de marcharse a las minas de Moria. Cuando mataron a tu abuelo, tu padre salió a probar fortuna con el mapa; y tuvo muchas desagradables aventuras, pero nunca se acercó a la Montana. Cómo llegó allí, no lo sé, pero lo encontré prisionero en las mazmorras del Nigromante.


—¿Qué demonios estabas haciendo allí? —preguntó Thorin con un escalofrío, y todos los enanos se estremecieron.


—No te importa. Estaba averiguando cosas, como siempre; y resultó ser un asunto sórdido y peligroso. Hasta yo, Gandalf, apenas conseguí escapar. Intenté salvar a tu padre, pero era demasiado tarde. Había perdido el juicio e iba de un lado para otro, y había olvidado casi todo excepto el mapa y la llave. —Hace tiempo que dimos su merecido a los trasgos de Moria —dijo Thorin—. Ahora tendremos que ocuparnos del Nigromante.


—¡No seas absurdo! El Nigromante es un enemigo a quien no alcanzan los poderes de todos los enanos juntos, si desde las cuatro esquinas del mundo se reuniesen otra vez. Lo único que deseaba tu padre era que tú leyeras el mapa y usaras la llave. ¡El dragón y la Montaña son empresas más que grandes para ti! —¡oigan, oigan! —dijo Bilbo, y sin querer habló en voz alta.


—¡Oímos oímos! —dijeron todos mirándolo, y Bilbo se puso tan nervioso que respondió: —¡Oigan lo que tengo que decir!


—¿Qué es? —preguntaron.


—Bien, les diré que van a tener que ir hacía el Este y echar allí un vistazo. Al fin y al cabo allí está la Puerta lateral, y los dragones tienen que dormir alguna vez, supongo. Si se sientan a la entrada durante un tiempo, creo que algo se les ocurrirá. Y bien, ¿no les parece que hemos charlado bastante para una noche, eh? ¿Qué opinan de irse a la cama, para empezar mañana temprano y todo eso? Les daré un buen desayuno antes de que se vayan.


—Antes de que nos vayamos, supongo que querrás decir —dijo Thorin—. ¿No eres tú el saqueador? ¿Y tu oficio no es esperar a la entrada, y aún cruzar la puerta? Pero estoy de acuerdo en lo de la cama y el desayuno— Me gusta tomar seis huevos con jamón cuando empiezo un viaje: fritos, no escalfados, y cuida de no romperlos.


Luego de que los otros hubieran pedido sus desayunos sin ningún por favor (lo que molestó sobremanera a Bilbo), todos se levantaron. El hobbit tuvo que buscarles sitio, y preparó los cuartos vacíos, e hizo camas en sillas y sofás antes de instalarlos e irse a su propia camita muy cansado y nada feliz. Lo que sí decidió fue no molestarse en madrugar y preparar el maldito desayuno para lodo el mundo. La vena Tuk empezaba a desaparecer, y ahora ya no estaba tan seguro de que fuese a hacer algún viaje por la mañana.


Mientras estaba en cama pudo oír a Thorin en la habitación de al lado, la mejor de todas, todavía tarareando entre dientes:



Surcaré, montañas nubladas hoy,

cavernas hay, allá donde voy…

Hay que partir, al sol salir,

y un viejo oro, descubrir.

Rugían pinos, en la altitud,

vientos plañía de noche al sur.

Un fuego vi, cerca de allí,

y ardían bosques, con gran luz.


Bilbo se durmió con ese canto en los oídos, y tuvo unos sueños intranquilos. Despertó mucho después de que naciera el día.



¿IRÁ BILBO A LA AVENTURA? ¿Enviará a su primo tocayo para que no se den cuenta los enanos? ¿Por qué Gandalf ha elegido a un hobbit miedoso para este trabajo tan peligroso? VENGAN A GRIMORIA porque ya casi se nos acaban los pastelitos y las canciones, escuchen, la próxima semana, otra sensacional lectura del siguiente capítulo de EL HOBBIT.

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