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El Hobbit Capítulo 2 - Carnero Asado II


Antes de continuar con nuestra historia Bilbo Bolsón se había encontrado con la capa y los pelos de los pies completamente mojados. En el camino hacia el este, los enanos y el hobbit perdieron la comida y casi a dos de sus compañeros. Ahora Bilbo, con frío y agotado, se dispone a visitar un campamento vecino, en donde resplandece una misteriosa luz roja entre los árboles mojados.


Y allá fue Bilbo, para esto había venido, después de todo. No sabía qué ni cómo lo iba a hacer, pero le tocaba. Los hobbits tienen la habilidad secreta de moverse en silencio por el bosque.


Bilbo llegó a la luz roja y los encontró: había tres criaturas muy grandes sentadas alrededor de una hoguera con troncos como asientos y estaban asando un carnero en largos pinchos de madera y chupándose la salsa de los dedos.


Había un olor delicioso en el aire.


También había un barril de cerveza y bebían de unas jarras, la estaban pasando bien.


Pero eran troles. Troles sin ninguna duda.


Bilbo, a pesar de su vida retirada, podía darse cuenta: las grandes caras feas, la estatura, las piernas gordas y celulosas, las groserías, los eructos. Seres cochinos, grandes, feos y devoradores de toda clase de carne.


—Chivo por hoy, chivo por mañana y por toda la semana—dijo uno de los trolls.


—Ni un poquito de carne humana, ni un poquititico de ron, ni unos cuantos alaridos para alegrarnos el corazón.


Y quién fué el bobo de Guille que nos trajo aquí. Ya no hay casi cerveza y no me quiero ir a dormir— dijo tocando el codo de Guille, que en ese momento bebía un sorbo.


Guille se atragantó:


—¡Cállate! La gente no pasa por aquí solo para ser comida por ustedes dos. Ya se comieron pueblo y medio entre los dos desde que llegamos de la montaña ¿Qué más quieren? Y agradezcan por el chivo gordo que me robé.


Arrancó un pedazo de la pierna del cordero que estaba asando y se limpió la boca con la manga.


Los troles se comportan siempre así, incluso los que tienen una sola cabeza. Luego de haber oído todo esto, Bilbo tendría que haber regresado en silencio y avisar a los demás que había tres troles bien grandes y de mal humor, bastante grandes como para comerse un enano asado con un pony incluído y hobbit de postre.


Un saqueador legendario y realmente de primera clase habría cosquilleado los bolsillos de los troles (algo que siempre vale la pena, si se logra), habría robado el carnero de los pinchos, habría incautado la cerveza, habría dado un calvazo al más bobo de los troles y se habría perdido sin que se dieran cuenta. Otros más prácticos, pero con menos orgullo profesional, quizá habrían herido a cada uno de los troles antes de que se dieran cuenta.


Luego él y los enanos hubieran podido tener una noche feliz.


Bilbo lo sabía. Había leído de muchas buenas cosas que nunca había visto o nunca había hecho. Estaba muy asustado y bravo también; hubiera querido encontrarse muy lejos de aquí y, sin embargo... sin embargo no podía volver a donde estaban Thorin y sus amigos con las manos vacías, era su orgullo en juego. Así que se quedó, escondido en las sombras. De los muchos procedimientos de saqueo que había oído, escarbar en los bolsillos de los trolls le pareció el menos difícil, así que se arrastró hasta un árbol, justo detrás de Guille. Berto y Tom, los otros dos, iban ahora hacia el barril. Guille estaba echando otro trago. Bilbo se armó de coraje e introdujo la manita en el enorme bolsillo maloliente del pantalón del trol. Había un saquito dentro, para Bilbo tan grande como una maleta. "¡Ja!" pensó, emocionándose, mientras extraía la mano poco a poco, "¡y esto es sólo un principio!"


—¡Eh!, ¿quién eres tú? —chilló el saquito.

—¡Maldición, Berto, mira lo que he cazado!

—¿Qué es? —dijeron los otros acercándose.

—¡Pues no sé! ¿Tú, qué eres?

—Bilbo Bolsón, experto saquea... un hobbit —dijo el pobre Bilbo temblando de pies a cabeza, y preguntándose qué tanto iba a chillar antes de que le abrieran el cuello.

—¿Un saquehobbit? —dijeron los otros un poco alarmados. Los trolls son cortos de entendimiento y bastante desconfiados con cualquier cosa que les parezca nueva.

—Y qué hace un saquehobbit en mis bolsillos? Eres contagioso?—dijo Guille.

—Y ¿podemos cocinarlo? —dijo Tom.

—Se puede intentar —propuso Berto alcanzando un pincho quemado.

—Pero eso es el mero mordisco—dijo Guille, que había cenado bien— una vez que le quiten la piel y los huesos, queda un solo mordisco.

—Quizá haya más como él y podamos hacer un pastel —dijo Berto

—Eh, tú, ¿hay otros ratones ladrones por estos bosques, pequeño conejo asqueroso? — dijo mirando las patitas peludas del hobbit y tomándolo por los dedos de los pies lo levantó y sacudió.

—Sí, muchos —dijo Bilbo antes de darse cuenta de que traicionaba a sus compañeros—. No, nadie, ni uno —se corrigió.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Berto, levantándole por el pelo.

—Lo que digo —respondió Bilbo jadeando—. Y por favor, ¡no me cocinen, amables señores! Yo mismo cocino bien y soy mejor cocinero que cocinado, si entienden lo que quiero decir. Les prepararé un hermoso desayuno, un desayuno perfecto si no me comen esta noche.

—Pobrecito bobo—dijo Guille, que estaba satisfecho y había tomado cerveza también—. Pobrecito. ¡Dejalo ir!

—No hasta que diga qué quiso decir con muchos y ninguno —replicó Berto—, no quiero que me rebanen el cuello mientras duermo.

—¡Ponganle los pies a la candela hasta que suelte la muela!

—No lo haré —dijo Guille—, Yo lo ví primero. Eres un gordo estúpido—

—Y tú, un patán.

—Y a tu mama le sudan las axilas más que a mi—dijo Berto y recibió un puñetazo en el ojo.


La pelea que siguió estuvo buenísima. Bilbo se les cayó y gateó mientras los troles peleaban como perros y gritándose nombres feos, verdaderos y perfectamente adecuados y rimados como Roñoso ponzoñoso y perezoso, te faltan dientes para morder o nariz de pera y pelotas de cera. Los troles se abrazaron y tratándo de pegarse rodaron y rodaron hasta el fuego, dándose patadas y aporreándose, mientras el otro trol los perseguía pegándoles con un palo y enfureciéndolos todavía más.


Bilbo hubiera se quedó resoplando y recuperando el aliento, justo fuera del círculo de luz.


De pronto, en plena pelea, apareció Balin. Los enanos habían oído ruidos a lo lejos y luego de esperar un rato a que Bilbo volviera o que gritara como una lechuza, empezaron a arrastrarse hacia la luz tratando de no hacer ruido. Tom vio a Balin a la luz y dió un horrible aullido. Ocurre que los troles no soportan la vista de un enano crudo. Berto y Guille dejaron en seguida de pelear.


—Un saco, rápido —dijeron.


Antes de que Balin se diera cuenta de lo que ocurría lo metieron en un saco sobre la cabeza, y lo tumbaron al suelo.


—Aún vendrán más. Muchos y ninguno, eso es. No más saquehobbits, pero muchos enanos. ¡Eso es lo que quería decir!

—Pienso que tienes razón —dijo Berto—, y convendría que nos escondiéramos. Y así hicieron. Cuando aparecía algún enano y miraba sorprendido el fuego, las jarras rotas y el carnero roído ¡pop! un saco maloliente le caía sobre la cabeza y el enano rodaba por el suelo. Pronto cayó Dwalin y Fíli y Kili también, y Dori, Nori y Ori en un montón y Óin, Glóin, Bifur, Bofur y Bombur, todos incómodamente apilados cerca del fuego.


—Eso les enseñará —dijo Tom.


Thorin llegó último y no lo tomaron desprevenido. Llegó esperando encontrar algo malo y no necesitó ver las piernas de sus amigos sobresaliendo de los sacos para darse cuenta de que las cosas no iban del todo bien. Se quedó fuera, algo aparte,

en las sombras, y dijo:

—¿Qué está pasando aquí? ¿Quién está pegándole a los míos?

—Son troles —respondió Bilbo desde atrás del árbol. Lo habían olvidado por completo—. Están escondidos entre los arbustos, con sacos.

—Oh, ¿son troles? —dijo Thorin y saltó hacia el fuego cuando los trolls se lanzaban sobre él. Alzó una rama gruesa y roja de calor en la punta y la ensartó en el ojo de Berto.


Bilbo hizo todo lo que pudo. Se aferró a una pierna de Tom, gruesa como el tronco de un árbol, pero lo enviaron dando vueltas hasta la copa de unos arbustos, mientras Tom pateaba las chispas hacia la cara de Thorin. La rama golpeó y tumbó un diente de Tom. Esto lo hizo aullar. Pero justo en ese momento, Guille salió de su escondite y metió a Thorin en un saco por la cabeza hasta los pies.


Y así acabó la lucha.


Un bonito desorden eran todos, bien amarrados en sacos, con tres troles furiosos, con quemaduras y sin dientes, sentados, discutiendo si los asaban a fuego lento, si los picaban en guiso y luego los cocinaban en sanchocho o bien si se sentarían sobre ellos, haciéndolos puré para fritar con arepas y Bilbo estaba en lo alto de un arbusto, con la piel y la ropa rasgada, en silencio.


Fue entonces cuando volvió Gandalf, pero nadie lo vio. Los troles acababan de decidir que meterían a los enanos en la hoguera y se los comerían más tarde.

—No es buena idea asarlos, nos llevaría toda la noche, hay que pitarlos —dijo una voz.

—No empecemos Guille, no empecemos.

—¿No empecemos qué?

—¡Tú!

—Yo qué?


Y pelearon otra vez y después de discutir y discutir, por fin, decidieron picarlos y hacer un guisado, así que trajeron una gran olla negra y sacaron los cuchillos.


—¡No está bien cocinarlos! No tenemos agua y yo no voy a ir hasta allá, qué pereza! —dijo una voz.

Berto y Guille dijeron al tiempo —¡Callate ya!

—¡Cállate tú!

—Eres un bobo —dijo Guille.

—¡Bobo tú! —respondió Tom.

Y así comenzó otra vez y continuó peor, hasta que por fin decidieron hacerlos puré.

—¿Sobre cuál nos sentaremos primero?

—Mejor sentarnos primero sobre el último tipo.

—¿Cuál es?

—El de las medias amarillas

—Nooo, es el de las medias grises —dijo una voz.

—Era el de las medias amarillas

—Amarillas

—No, grises

-- Azules

-- No, amarillas

-- Grisarillas


—¡Qué el amanecer caiga sobre todos y que sea piedra para ustedes!


En ese preciso instante, la aurora apareció sobre la colina y un terrible sonido de piedras corriendo. Guille ya no dijo nada más, se convirtió en piedra mientras se encorvab, y Berto y Tom se quedaron inmóviles cuando lo miraron.


Y allí están hasta nuestros días, solos, a menos que los pájaros se posen sobre ellos; pues los troles, como seguramente sabrán, tienen que estar bajo tierra antes del amanecer o regresan a la materia montañosa de la que están hechos, y nunca más se mueven. Esto fue lo que les ocurrió a Berto, Tom y Guille.


—¡Excelente! —dijo Gandalf, mientras aparecía detrás de un árbol y ayudaba a Bilbo a descender de un arbusto espinoso. Entonces Bilbo entendió. Gandalf había entretenido a los troles hasta el amanecer.

Lo siguiente fue desatar los sacos y liberar a los enanos. Estaban casi asfixiados y muy fastidiados: no les había divertido nada estar allí tendidos, oyendo a los ogros que hacían planes para asarlos, picarlos y cocinarlos o fritarlos.


Estamos perdiendo el tiempo - dijo Gandalf - Los troles tienen siempre tesoros en una caverna cercana en donde duermen. Tenemos que investigar. Buscaron alrededor y pronto encontraron las marcas de las botas de piedra entre los árboles. Siguieron las huellas colina arriba hasta que descubrieron una puerta de piedra, escondida detrás de unos arbustos y que llevaba a una caverna.


Pero no pudieron abrirla, ni cuando todos empujaron, ni cuando Gandalf probó varios encantamientos.


—¿Esto servirá? —preguntó Bilbo, sacando una llave bastante gigante que robó del bolsillo del gigante.


—Pero, ¿por qué no lo dijiste antes? —le gritó Gandalf, le arrebató la llave y la introdujo en la cerradura.


Entonces la puerta se abrió hacia atrás con un solo empujón y todos entraron. Había huesos esparcidos por el suelo, y un olor nauseabundo en el aire, pero había también una buena cantidad de comida mezclada al descuido en estantes y sobre el suelo, entre un cúmulo de cosas tiradas en desorden, había montones de vestidos que colgaban de las paredes y entre ellos muchas espadas de diversa factura, forma y finura. Dos les llamaron la atención, por las hermosas vainas y las empuñaduras enjoyadas. Gandalf y Thorin tomaron una cada uno y Bilbo un cuchillo con vaina de cuero. Su primer botín era una espada corta.


—Las hojas parecen buenas — dijo el mago desenvainando una a medias y observándola con curiosidad —No han sido forjadas por ningún troll ni herrero humano de estos lugares y días.

—Salgamos de este hedor horrible —dijo Fíli. Y así sacaron las ollas de monedas y todos los alimentos que parecían limpios y adecuados para comer y un barril de cerveza todavía lleno y varios lujos y cosas robadas.


Desayunaron y luego se durmieron, pues la noche no había sido tranquila y no hicieron nada hasta la tarde. Entonces trajeron los ponys y se llevaron las ollas del oro y las enterraron con mucho secreto no lejos del sendero que bordea el río, echándoles numerosos encantamientos, por sí alguna vez tenían oportunidad de regresar y recuperarlas.


Volvieron a montar y trotaron otra vez por el camino hacia el Este.


—¿Dónde estabas, si puedo preguntarte? —dijo Thorin a Gandalf mientras cabalgaban.

—A mirar adelante —respondió Gandalf.

—¿Y qué te hizo volver en el momento preciso?

—Mirar hacia atrás.

—De acuerdo, pero ¿no podrías ser más explícito?

—Me adelanté a explorar el camino. Pronto se hará peligroso y difícil. No había ido muy lejos cuando me encontré con un par de amigos de Rivendel.

—¿Dónde queda eso? —preguntó Bilbo.

— Llegarás allí en pocos días, si tenemos suerte y lo sabrás todo. Encontré dos de los hombres de Elrond. Huían asustados de los troles. Así que ya lo sabes ahora. Por favor, ten más cuidado la próxima vez.

—¡Gracias! —dijo Thorin.


La compañía se ha enfrentado al primer horrible problema: tres horribles y estúpidos troles que fueron engañados nada más y nada menos que por el increíble Gandalf, que, oculto entre la noche, les confundió y derrotó con la luz de la mañana. Si deseas conocer más acerca de la maravillosa historia de los enanos y el hobbit, te esperamos para el capítulo 3, solo en Grimoria.

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