Buscar

EL DESTRUCTOR NEGRO - A. E. van Vogt

Actualizado: 1 oct 2021


Esta versión ha sido modificada y adaptada en Grimoria. Queremos acentuar que hay mundos mucho más salvajes que el nuestro y que la exploración espacial significa adentrarnos en los terrenos eternos de animales que han reinado por mucho más que cualquier imperio intergaláctico. EL DESTRUCTOR NEGRO es un producto de la ciencia ficción canadiense, del número de julio de la famosa revista de ASOMBROSA CIENCIA FICCIÓN, de 1939. Los invitamos a escuchar esta historia salvaje que se desarrolla en un mundo muy muy lejano.


La fiera andaba de un lado a otro. La noche negra, sin luna y casi sin estrellas retrocedía ante el rojo amanecer que iba emergiendo por su izquierda. Era una luz vaga y difusa, en un paisaje de pesadilla. Una llanura negra y sin vida, salpicada de rocas. Fue entonces cuando la fiera se dio cuenta de que usurparon su territorio conocido.

Se detuvo. La tensión sacudió sus nervios. Sus grandes patas delanteras —dos veces el tamaño de las traseras— se movieron con una sacudida temblorosa, que arqueó sus garras afiladas. Los gruesos tentáculos que brotaban de sus hombros dejaron de ondular y se tensaron en estado de alerta.

Meneó la gran cabeza de gato de un lado a otro, ansioso, mientras los tendones peludos que formaban sus orejas vibraban frenéticamente, comprobando cada movimiento de la brisa, cada latido.

Rugió diabólico, desafiante. El eco repitió su reto en el aire y en las rocas y un escalofrío bajó por sus nervios.



Desde la distancia, una mancha brillante que crecía se convertía en una bola de metal. Pasó por encima de una negra cordillera a la derecha y luego se perdió de vista.


Y entonces, empezó la cacería.


Con la velocidad de un tigre, la criatura corrió entre las rocas. Sus ojos negros y redondos ardían de deseo. Los tentáculos de sus orejas vibraban, su cuerpo sintió los escalofríos de un hambre anormal.


Se ocultó tras una masa rocosa y, desde las sombras, contempló las gigantescas ruinas de la ciudad extendida ante él. El sol era una bola escarlata en el ciclo negro y púrpura. El globo plateado, a pesar de su gran tamaño, parecía minúsculo entre la fantasmal extensión de las ruinas de este planeta abandonado.


A su alrededor había movimiento, signos de vida que después de unos instantes dominaron el panorama.


La fiera observó a los extraños seres de dos patas que se agrupaban en torno a la brillante apertura de la muralla ruinosa. Aquellas criaturas tenían algo encima de sus cuerpos verdaderos, un material transparente y brillante que resplandecía emitiendo extraños destellos bajo los rayos del sol.


Las criaturas advertían su presencia. Se dieron la vuelta y le miraron. Uno, el más pequeño del grupo, sacó una brillante barra de metal que llevaba en una funda y la blandió en la mano.


Los comentarios de los hombres resonaban en sus oídos a través de la radio.


—No me gustaría encontrarme con una cosa así en la noche.

—No parece más que un gato grande, mírale esas piernas, mírale esas mandíbulas.


—Su desarrollo físico sugiere una adaptación animal, no intelectual, al medio ambiente. Este, al ser muy hostil, le ha otorgado habilidades increíbles. Por otro lado, el hecho de que se acerque a nosotros no es un acto animal sino el de una criatura inteligente que es consciente de nuestra posible identidad. Noten que sus movimientos son lentos y cautelosos. Eso demuestra que tiene miedo y que sabe que estamos armados.


La fiera se detuvo a unos pocos metros. Algo en estas criaturas le hacía doler la cabeza, su visión era borrosa. Empezaba a sentir el hambre que todos los carnívoros tienen por instinto. El hambre de la emoción de la caza.


Los hombres se acercaron. Le examinaban con atención y curiosidad. Sus labios se movían y sus voces resonaban en sus oídos. La fiera emitió su nombre por medio de los tendones de sus oídos, levantando uno de los tentáculos curvos.


—Ah —dijo uno-- Los tentáculos terminan en siete fuertes dedos. Si el sistema nervioso es suficientemente complicado, esos dedos podrían manejar cualquier máquina con un poco de entrenamiento.


—Somos idiotas —dijo alguien, viendo el peligro en los profundos ojos de la bestia.


De repente, la cazadora se quedó quieta. El hombre se acercó al monstruo y vio que el brillo salvaje desaparecía de aquellos ojos negros como el carbón, mientras abría y cerraba la puerta con elaborados gestos para mostrarle cómo funcionaba.


La bestia, convencida de ser tratada sin respeto y como mascota, entendió. De dos saltos, se desvaneció del monumento. Los hombres observaron la ciudad y se maravillaron de una civilización no humana en ruinas, una alternativa de desarrollo, otra manera de ver las cosas y que, como las hierbas rebeldes, había hecho cultivo en este planeta inerte y desolado.


—Todo está en ruinas. Obviamente, usaban energía atómica, pero en forma de rueda. Eso es un desarrollo peculiar. En nuestro desarrollo tecnológico, la energía atómica proporcionó las máquinas sin ruedas. Espero que sus bibliotecas estén mejor conservadas o no lo sabremos nunca. ¿Qué puede haberle sucedido a una civilización para desaparecer así?


—Psicológica y sociológicamente hablando, la única razón que explica por qué un territorio queda deshabitado es la falta de alimento. Pero siendo tan avanzados científicamente, ¿por qué no desarrollaron el vuelo espacial y buscaron comida en otro sitio? Aún tengo que comprobar todos los datos, pero este planeta desolado es el único que gira en torno a ese miserable sol rojo. No hay nada más. No hay luna. Ni siquiera un planeta menor. Y el sistema estelar más cercano está a novecientos años luz de distancia. Consideremos lo lento que fue nuestro propio desarrollo. Primero, la luna. Luego, Venus. Cada éxito nos condujo al paso siguiente y después de varios siglos llegamos a las estrellas más cercanas...


La bestia les observaba. Una espuma verde llenó su boca, enloqueciendola, por instinto odiaba todo lo que explorara sus tierras sin su permiso. Estos humanos eran más que presa, eran un enemigo. Corrió a grandes saltos y se ocultó entre las sombras de las rocas. En un minuto, el árido terreno escondió a la nave y los seres de dos patas.


La fiera dio un amplio rodeo y luego corrió hacia la ciudad y se internó en las calles desiertas, tomando atajos con la facilidad que da el conocimiento del terreno, atravesando huecos abiertos en los muros ruinosos, siguiendo corredores formados por los edificios destrozados. Corrió mucho más rápido que un hombre, porque tenía un plan claramente preparado. Recorrió la calle siguiente como un fantasma y pasó por delante de un bloque de edificios. Giró la primera esquina a gran velocidad y entonces, arrastrando la panza, saltó al espacio abierto entre el edificio y el gran montón de escombros. La calle formaba una especie de valle de ruinas que terminaba en un estrecho cuello de botella, donde se apostó la fiera.


Una pequeña lluvia de rocas se deslizó bajo él cuando un hombre se colocó debajo, como lo había previsto la bestia.


La fiera asestó un zarpazo al brillante casco del traje espacial del hombre que no percataba su presencia. Durante un momento, sus huesos, piernas y músculos se combinaron para permitirle seguir en pie. Entonces se desplomó con un estrépito metálico.


La fiera saltó hacia atrás y rápidamente aplastó la coraza de metal y redujo a pedazos el cuerpo que había dentro. Grandes trozos de metal y carne salpicaron el suelo. Los huesos se rompieron. La carne se abrió.


Tres minutos más tarde, todo había acabado. la fiera echó a correr como si huyera de un peligro. Se acercó con cautela al globo brillante por el lado contrario del que había marchado. Los hombres aún estaban enfrascados en su labor. Sin hacer ruido, se deslizó sin que nadie se diera cuenta.


—Miren la majestuosa línea del horizonte. Observen el perfil casi gótico de la arquitectura. A pesar de la megalópolis que crearon, esta raza estaba apegada al suelo. Los edificios no están ornamentados, son ornamentales. Si este mundo desolado puede ser considerado como una tierra madre, entonces la tierra tuvo un lugar espiritual en los corazones de esta raza. El efecto se enfatiza por lo tortuoso de las calles. Sus máquinas demuestran que eran matemáticos, pero antes eran artistas. Por eso no crearon las ciudades diseñadas geométricamente, como las metrópolis ultra sofisticadas del mundo. Hay un gen artístico original, una profunda alegría escrita en la curva de las disposiciones de las casas; un sentido de intensidad, de creencia divina en una certidumbre interna. No es una civilización decadente y hastiada, sino una cultura joven y vigorosa, confiada, llena de propósitos.


"Pero terminó. Bruscamente, como si en este punto la cultura tuviera un final súbito. O como si de un salto hubiera franqueado siglos y entrado en el período de intensa guerra o exploración espacial, porque su crecimiento no se vio más en el mundo. Los europeos occidentales y los americanos fueron devastados por este período en los siglos diecinueve y veinte, salvados por la exploración de otro continente. Estas personas no tuvieron otro continente pues eran el mundo, como nosotros, explorando el espacio.


"Sostengo que esta cultura terminó bruscamente en su época más floreciente. Los efectos sociológicos de tal catástrofe tienen que haber sido la súbita desaparición de la moral, una reversión a la criminalidad bestial, la falta de cualquier tipo de ideales, una total indiferencia ante la muerte. El análisis arqueológico preliminar de nuestros sistemas, observan que esta fue una civilización que se tornó barbárica, pues solo hay glifos tallados en las paredes, contando épicas de caza, de una guerra eterna entre el hombre y un ser asesino, cazador, efectivo.


La fiera observó cómo un hombre entraba a la ciudadela perdida y prohibida. El hombre había cruzado los siete círculos rituales del combate, le desafiaba, le tentaba. Sus creadores le habían inscrito en la sangre el arte gladiadora. Su sangre hirvió y una vez más la baba verde creció en su boca. Observó cómo los científicos de tierras distantes exploraban y descifraban la historia perdida de aquellos muros, los ecos de su existencia.


Entonces los hombres tocaron el centro del círculo concéntrico en el centro del coliseo, habían encendido la llama. Su furia sería bendecida por los mil dioses de su mundo.


La fiera se arrojó sobre los hombres y gritó su nombre, anunciándolo a la eternidad. Imaginó cómo, en otras épocas, los millones de voces resonaban en el espacio, la gloria eterna.


De un golpe, la fiera destajó al hombre por la cintura. No se preocupó por la pistola que colgaba del cinturón, pues este nunca la pudo usar.


Entonces escuchó a los otros hombres apuntar sus armas. Son una manada y protegen a los suyos.


—¡Alto!


Un hombre apuntaba un cilindro plateado al animal.


—Esto no es un animal. Es un demonio surgido del más profundo infierno de este planeta moribundo. En las recámaras que acabamos de analizar se puede ver la continuación de la historia. La civilización se fue del planeta, lograron de alguna manera dominar el viaje astral y dejaron este planeta a merced de la criatura.


Sus labios se abrieron con una mueca de odio al darse cuenta de la función real del lugar en donde se encontraban. Esta no era una iglesia, era un coliseo, diseñado para la muerte. La bestia, teatralmente, de un salto, se escondió en la penumbra. Las puertas se cerraron y la ciudadela, pensada como el laberinto de Minos, devoró a sus intrusos.


-- Esta criatura no es natural, es diseñada. Es un verdugo. Lamento decirles, compañeros, que esta no es una ciudad, es un campo de ejecución.

Luchó contra ellos, acabó uno a uno con todos. Les cazó en lugares oscuros en donde sus gritos no se escuchaban. Todos los músculos de su cuerpo se tensaron mientras rompía trajes espaciales, trayendo gritos de desesperanza. Estas personas habían perdido su vida en su territorio deshabitado y lejano. Lo sentía, la emoción de cazar algo inteligente, la emoción de la superioridad, la perfección de sus movimientos y la crueldad de su precisión, las ganas de acabar con algo que lucha hasta sus últimos suspiros. La gloria.


De pronto, la fiera se sintió satisfecha. Con un rugido de odio y un brillo de triunfo en sus ojos salvajes, sintió el movimiento de la nave espacial. Los hombres escapaban.


Los hombres vestidos con armaduras espaciales se asomaron a la ventana de la nave que se alejaba. Poco a poco iban haciéndose más pequeños. Le señalaban desde el espacio, alejándose. Habían logrado eludirle, de algún modo, pero no le habían ganado. Este era su territorio. Este era su planeta. Lo decían las paredes, lo decía la sangre fluyendo en su cuerpo.


Casi frente a él, la fiera vio una tenue y diminuta luz rojiza. Era su propio sol. El cuerpo le dolía por la agonía de la caza, pero no podía frenar, la noche era la muerte. En la noche, la fiera era indefensa ante otras más fuertes. Miró hacia atrás, temerosa. La nave espacial seguía allí, un puntito de luz en la inmensa negrura del espacio. Súbitamente parpadeó y desapareció.



H.R. Giger hizo los bocetos que se utilizaron en la obra de Riddley Scott ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO. Una adaptación al relato de Van Vogt. Esta escena nos hace preocuparnos sobre el espacio, tal vez, muchas civilizaciones le observan, intentando encontrarnos como otra forma de vida inteligente.

12 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo