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EL CENTINELA - Arthur C. Clarke -1951


Esta historia inspiró a Kubrik a realizar Odisea del Espacio 2001, la misma que trabajó con Clarke para realizar la maravillosa trilogía. Disfruta de esta versión traducida y adaptada por nosotros. Le hace pensar a uno las posibilidades de realmente estar solitarios en el universo y lo incómodo que se siente compartirlo con otra vida inteligente.



La próxima vez que veas la luna llena en el sur, mira bien sobre el extremo superior derecho. Arriba, en donde marca el reloj a las dos de la tarde, verás un pequeño óvalo oscuro: todo el que tenga una vista medianamente buena puede encontrarlo muy fácil. Es una gran planicie amurallada, una de las partes más bellas de la luna, se llama Mare Crisium, el Mar Caspio. 555 kilómetros de diámetro y casi completamente rodeado de cordilleras de magníficas montañas, nunca ha sido explorado, hasta que entramos en el verano del 2056.


Nuestra expedición fue larga, teníamos dos fuertes acorazados en los que trajimos nuestras raciones y nuestro equipo desde la principal base lunar en el Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros de allí. Había también tres cohetes pequeñísimos que estaban pensados para el transporte en distancias cortas, sobre regiones en donde nuestros vehículos convencionales no podían moverse. Por suerte, la mayoría del Mare Crisium es un valle muy muy plano. No hay agujeros, que son peligrosos en la luna y una que otra montaña aquí y allá. Se puede decir que nuestros tractores espaciales no tuvieron dificultad en llevarnos hasta donde teníamos que ir.


Yo era un geólogo, encargado de explorar la región al sudeste del mar. Habíamos cruzado cientos de kilómetros en una semana, escarbando el piedemonte a lo largo de la playa de lo que alguna vez fue un mar, alguna vez hace miles de millones de años. Cuando la vida estaba comenzando en la tierra, ya se estaba muriendo aquí. Las aguas se habían escondido en profundos y magníficos riscos que llevan al corazón vacío de la luna. Sobre la tierra que estamos cruzando, el océano sin olas una vez tuvo un kilómetro de profundidad. Hoy, el único rastro de humedad es la escarcha que se puede encontrar en las cavernas en donde la luz del sol jamás llegó.


Empezamos nuestro viaje en lento atardecer lunar y se mantuvo así durante casi una semana terrestre, antes de que cayera la noche. Media docena de veces al día bajamos de nuestro vehículo, en trajes espaciales, para cazar minerales curiosos o para colocar marcadores que guiarán futuros exploradores. Era una rutina aburrida. Podríamos vivir muy cómodos por un mes en nuestros tractores presurizados y si nos encontrábamos con algún problema, podíamos siempre pedir ayuda por radio y sentarnos hasta que una de nuestras naves espaciales vinieran a rescatarnos.


Llevábamos cuenta del tiempo terrestre en nuestro tractor y precisamente a las 22 horas enviábamos el último mensaje a la Base y descansábamos por el día. Afuera, las rocas todavía estaban ardiendo bajo el sol directo, pero para nosotros era de noche, hasta que despertáramos de nuevo ocho horas después. Entonces uno de nosotros prepararía el desayuno, entraría el sonido de las máquinas de afeitar y gente arreglándose y alguien prendería el radio que recibía estaciones desde la tierra. Era difícil de creer que no estábamos en nuestro propio planeta, todo era tan normal y hogareño, excepto porque todo pesaba mucho menos y por la lentitud antinatural en la que los objetos se caían al suelo.


Ese día, era mi turno para preparar el desayuno en la esquina de la cabina principal que funcionaba como cocina. Puedo recordar ese momento como si fuera ayer, pues en la radio pusieron una de mis canciones favoritas.


Nuestro conductor ya estaba afuera, en su traje espacial, inspeccionando las llantas de nuestro tractor. Mi asistente, Luís Garnett estaba en la cabina de control, adelantando la bitácora de ayer.


Mientras estaba parado en la estufa esperando a que las salchichas doraran, me puse a contemplar perezosamente las paredes montañosas que cubrían todo el horizonte sureño de la luna, escapando en mi mente al este y al oeste bajo la curva del satélite. En la luna no se pueden medir las distancias a ojo, pues la imperceptible línea del horizonte está suavizada por dunas de arena blanca.


Estaba en lo mío, cuando capté un brillo metálico en lo alto de un abultado peñasco que sobresalía del mar de arena casi a cincuenta kilómetros de donde estaba. Era un punto de luz, como si una estrella hubiera sido arrancada del cielo por uno de esos picos crueles. Yo pensé que la superficie rocosa y suave había reflejado algo de luz solar y había encandelillado mis ojos. Eso pasa en la luna, muy a menudo. Cuando ella está en su segundo cuarto, desde la tierra se pueden ver las grandes planicies del Oceanus Procellarum quemándose con una luz blancuzca, cuando la luz del sol se concentra sobre sus dunas y es proyectada de planeta en planeta. Pero el reflejo era diferente. Me daba curiosidad de saber qué clase de piedra podría reflejar la luz tan brillantemente. Me subí a la torreta de observación y miré a través del telescopio hacia el punto.


Pude ver lo suficiente como para atormentarme. Clara y aguda en mi rango de visión, los picos montañosos se veían lejos, pero lo que sea que estaba reflejando la luz del sol era demasiado pequeño y brillaba. Y parecía tener una simetría elusiva. Me quedé mirando al objeto por un largo tiempo, esforzando mis ojos hasta que un olor a quemado me dijo que nuestro desayuno se había chamuscado.


Esa mañana discutimos mientras nos trasladamos por el Mare Crisium, mientras que las montañas se veían bien altas en el cielo. Cuando estuvimos en nuestros trajes espaciales, la discusión seguía por radio. Era completamente cierto, mis compañeros decían que nunca ha existido ninguna clase de vida inteligente en la luna. Las únicas cosas vivas que han existido eran algunas plantas y sus ancestros aún más primitivos.


“Escuchen,” dije “voy a ir a ver, por mi propia paz mental. Esa montaña no está tan lejos y puedo ir y volver en menos de veinte horas. Realmente, siempre he querido escalar esas montañas”.

“Si no te haces daño,” dijo Garnett, “todos se van a reir de tí cuando regresemos a la base. Le van a decir a esa montaña algo como La Bobada de Wilson”.


“No voy a demorarme,” le dije. “El primero en escalar el Pico y el Helicón fui yo”.


“Pero cuando eras más joven” dijo Luis riéndose.


“Todavía soy joven”.




Esta maravillosa pintura de Paul Alexander fue realizada para otro de los relatos muy recomendados de Arthur C. Clarke - Wind from the Sun.


Nos fuimos a dormir después de manejar el tractor a casi dos kilómetros hasta la montaña del objeto. Garnett me acompañó en la mañana, el chico sabía escalar y me había acompañado antes. Nuestro conductor sí se quedó a cargo de la máquina.


Es fácil escalar en la luna, pero las caídas igual son peligrosas, pues los abismos son mayores que en cualquier lugar de la tierra.


Nos detuvimos a los primeros cien metros. Me dolían las piernas. Veíamos el tractor como un insecto chiquito de metal, lejos, al pie de la montaña. No sentíamos calor, a pesar del fiero sol que recibíamos en la espalda. Rara vez hablábamos. En silencio, entretenidos, seguimos escalando.


Llegamos a una meseta de unos cien metros cuadrados. La superficie era tan pero tan lisa que no me di cuenta en dónde me encontraba. Estaba frente a una estructura piramidal, brillante, el doble de alta que una persona, construída en piedra, como una joya de muchas caras.


No hay palabras para describir las emociones que sentí en ese momento. Yo amaba la luna y ahora sabía que Aristarco de Samos y Erastótenes estaban en lo cierto, el sueño de los primeros exploradores era verdad. Había existido una civilización lunar y yo era el primero en encontrarla.

Di unos cuantos pasos para examinar la cosa de cerca, pero mi cautela no me permitió acercarme mucho. Sabía un poquito de arqueología y traté de adivinar el tipo de civilización que ahora se revelaba viva en mis ojos.


Entonces me di cuenta de algo que me erizó los pelos y me puso piel de gallina. La meseta no tenía ningún tipo de polvo, ni tierra ni nada. Había una especie de círculo que protegía la estructura con un escudo invisible, contra el viento, contra la tierra, contra el paso del tiempo.


Entonces me di cuenta que Garnett me había estado llamando por el intercomunicador. Caminé lentamente hasta el borde de la montaña y le dije que me siguiera. Entonces, tomé una piedra y la coloqué suavemente sobre el círculo protector. La piedra se deslizó, suavemente, sobre el tallado y liso suelo.


Me di cuenta que estaba mirando algo que no se podía igualar, más antiguo que mi propia especie. No era una construcción, era una máquina, protegiéndose a sí misma con fuerzas que desafiaban la eternidad. Esas fuerzas, lo que sea que fueran, estaban todavía operando y tal vez me acerqué mucho. Pensé en radiación, pensé en energía atómica. Podía estar irremediablemente condenado por la exposición a algún elemento desconocido por el hombre y tóxico por naturaleza.


Entonces me giré hacia Luis, que estaba también parado, mirando la estructura junto a mí. En veinte años no habíamos encontrado más rastro de vida que algunas plantas petrificadas. Ninguna civilización lunar, sin importar su final, pudo haberse desaparecido por completo sin dejar ninguna huella de su existencia. Esto era extranjero, era como si su mera existencia nos hablara y nos dijera:


“Perdónenme, también soy extraño en estas tierras”.

El misterio nos asusta aún más ahora que hemos llegado a otros planetas y nos hemos dado cuenta que, después de todo, la tierra sí es el único lugar con vida inteligente en nuestro universo. Y es más misterioso cuando aparece esta máquina, demostrándonos que nada ni nadie relacionado a nosotros la ha construido.


Cuando nuestro planeta tenía la mitad de su edad, algo de las estrellas atravesó el sistema solar, dejando esta máquina como un signo de su paso y siguió en su camino. Hasta que llegamos, esa máquina había cumplido el propósito original de sus constructores.


Yo creo que, casi cien millones de años atrás, antes de que existieran las estrellas que hacen parte de nuestra vía láctea, otras especies y otros planetas y otros soles debieron haber crecido muy por encima de nosotros. Pensemos en esas civilizaciones, más lejanas en el tiempo, más cercanas al momento de la creación, maestros de un universo tan joven en donde la vida apenas molestaba. Estas civilizaciones pudieron ser más solitarias de lo que podemos imaginar, la soledad de dioses mirando a través del infinito sin encontrar a nadie con quien compartir sus pensamientos.


Debieron haber buscado en las constelaciones de estrellas, así como nosotros exploramos planetas. Debieron existir muchos planetas, pero vacíos, poblados con seres que no saben más que caminar y sobrevivir. Nuestra tierra todavía debió estar cubierta de ceniza de volcanes que estallaban eternamente, manchando el cielo de humo negro, cuando esta civilización posiblemente cruzaba sus primeras naves espaciales sobre algún lugar más allá de Plutón. Habrían cruzado otros mundos congelados, con la certeza de que la vida no hacía parte de su destino, cocinándose a fuego lento por el sol y esperando que sus leyendas dieran inicio.


Aquellos exploradores debieron haber visto al planeta tierra, debieron haber adivinado que éste era posiblemente el favorito de los hijos del sol. Aquí, en un futuro distante, habría inteligencia, pero muchas estrellas debieron morir para quemar el tiempo necesario.

Entonces dejaron un centinela, uno de millones, esparcidos a través del universo, observando todos los mundos que prometieron vida. Era un faro que había estado iluminando, pacientemente, a través del tiempo, emitiendo señales que nadie leería.


Tal vez entiendan ahora por qué esa pirámide de cristal fue construida en la luna, en vez de la tierra. Sus constructores debieron estar interesados en nosotros, en que tal vez sobreviviéramos lo suficiente como para explorar nuestro satélite más cercano. Confiaban en que saliéramos de nuestra cuna. Ese es el reto que todas las especies deben lograr, tarde o temprano. Es un doble reto porque es dominar la tecnología para hacerlo o arriesgarse a morir por falta de recursos.


Nunca volveré a ver igual la vía láctea sin antes preguntarme sobre esos emisarios que dejaron al centinela. Encendimos una alarma, un dispositivo únicamente diseñado para enviar un mensaje a una civilización muy desconocida y muy pero muy antigua. Solo nos queda esperar.

No creo que se demoren mucho en responder.


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